Hay datos sobre el suicidio que deberían obligarnos a analizar con atención lo que está ocurriendo en nuestro continente. Entre 2000 y 2021, la tasa mundial de suicidio disminuyó alrededor de 35%: cerca de 48% en Europa, 50% en el Pacífico Occidental y 26% en el sudeste asiático. Sin embargo, las Américas fueron la única región del mundo donde la tasa aumentó alrededor de 17 por ciento.
¿Qué está pasando en esta parte del mundo que no está ocurriendo, al menos con la misma intensidad, en otras regiones? La Organización Mundial de la Salud advierte que el suicidio es un fenómeno multifactorial en el que pueden intervenir problemas de salud mental como la depresión y otros padecimientos, pero también factores como el aislamiento, el desempleo, las dificultades económicas, el consumo de alcohol y drogas, la violencia, las pérdidas familiares o personales y, en general, la dificultad para enfrentar momentos de crisis.
En las Américas hay elementos que permiten formular la hipótesis. Estudios de la Organización Panamericana de la Salud han encontrado relaciones entre mortalidad por suicidio, desempleo, homicidios, consumo de alcohol y drogas y ciertas formas de desigualdad. A ello se suma que, en las Américas, apenas 2.1% del presupuesto de salud se destina a salud mental y parte importante de esos recursos se ejerce en hospitales psiquiátricos, más que en servicios comunitarios y de atención temprana.
México forma parte de ese contexto regional. Aquí, la tasa de suicidio pasó de alrededor de 5.1 por cada 100 mil habitantes en 2015 a 6.7 en 2025, año en que se registraron 8 mil 709 muertes por esa causa. Prácticamente, cada hora una persona se quitó la vida en nuestro país.
Pero vale la pena aclarar que ese aumento no se ha dado de la misma manera ni al mismo ritmo en todo el país, hay entidades con tasas altas, otras con tasas bajas y variaciones importantes entre un año y otro. Es la tendencia de largo plazo la que debería llevarnos a observar qué factores sociales, económicos y emocionales pueden estar influyendo.
Por ejemplo: las redes sociales muestran con frecuencia conflictos cotidianos que terminan en gritos, amenazas y hasta en golpes o agresiones más severas, lo cual no basta para afirmar que seamos una sociedad más agresiva, pero ¿será que estamos teniendo más dificultades para gestionar el enojo, la frustración o la impotencia? El estrés, la presión económica, la inseguridad, las complicaciones en los trayectos o la violencia cotidiana son factores que podrían estar influyendo.
La Ciudad de México ofrece un dato que vuelve todavía más pertinente esa reflexión. Su tasa estandarizada de suicidio pasó de 3.4 por cada 100 mil habitantes en 2023 a 6.1 en 2024 y, si bien no está entre las entidades con las tasas más altas del país, un cambio de esa magnitud merece seguimiento.
Quizá este Día Mundial para la Prevención del Suicidio es necesario hablar no sólo de quienes llegan a una situación límite, sino también de todo aquello que ocurre mucho antes. La prevención también radica en preguntarnos cómo estamos enfrentando la presión, el enojo, la pérdida, la frustración, el aislamiento y la incertidumbre; en identificar a quien comienza a desconectarse de los demás, por aprender a pedir ayuda y por construir entornos donde hablar de lo que sentimos no sea visto como una debilidad.
Porque la salud mental no empieza en el consultorio ni la prevención comienza con la emergencia; se construye, o se deteriora, todos los días, dentro de la familia, en el trabajo, la escuela, el transporte, la calle y en la manera en que reaccionamos cuando la vida, incluso en sus situaciones más cotidianas, ya no nos motiva y/o no ocurre como la esperábamos.
