La trampa de lo pueril

Se han iniciado las campañas electorales para renovar al poder Ejecutivo y al Congreso de la Unión. Tendremos que coincidir, estimado lector, en que la acción de los candidatos en los próximos tres meses tendrá que proveerse de propuestas serias, objetivas, posibles y transformadoras. Ahora sí: esperamos propuestas, porque lo que hemos observado hasta ahora ha sido un penoso espectáculo de acusaciones, insultos y señalamientos personales.

Esto, lo de las descalificaciones personales, no sólo propicia abstencionismo, sino más grave aún: alienta —entre los electores— rechazo a todo aquello que tenga que ver con los asuntos públicos, con los temas que competen al gobierno. Y el repudio hacia la política y hacia lo público, sabemos, es el primer paso de ese penoso proceso —que siempre resulta tan corto— que conduce a los países a ser dirigidos, gobernados por autócratas.

Pero no son sólo las descalificaciones personales las que dominan la competencia electoral, pues, además, lo que prevalece es lo fútil, lo vano, lo superficial:

¿El aeropuerto en Texcoco o en Santa Lucía?

¿Con dos o con tres pistas?

¿La residencia presidencial, un complejo cultural?

¿Vender el avión presidencial para que el próximo presidente viaje siempre por carretera?

¿Que el próximo presidente se reduzca el salario?

Todo esto que AMLO pone como lo principal es en la realidad de la enorme complejidad nacional, superfluo, pueril y por ello mismo, irresponsable.

Por ejemplo, para lograr un crecimiento sostenido y sustentable de la economía nacional, y con ello crear los suficientes empleos dignos y bien remunerados, ¿sirve de algo el hecho de que el presidente recorra el país en autobús o que resida en la colonia del Valle, en el centro de la ciudad, o duerma en una de las oficinas de Palacio Nacional?

¿Para terminar con la violencia que sangra a las familias mexicanas, sirve, es útil, que AMLO utilice o no tarjetas de crédito?

¡De nada sirven estas engañifas que son recurrentes en la estrategia del candidato de Morena!

Por ello es que Ricardo Anaya debiera salirse de esta farsa que pretende que lo nimio y lo superfluo se convierta en lo determinante de la elección presidencial.

En sentido diferente, Anaya y el Frente debieran poner en el centro del debate político los asuntos que son los verdaderamente sustantivos para los cambios profundos que la gente demanda y exige.

Se debe insistir, por ejemplo, en la urgencia de establecer nuevas reglas que hagan funcionar al gobierno de manera eficiente y pulcra, y que garanticen —en un contexto de amplia pluralidad política y gobierno dividido— la vigencia de un Estado de derecho, de un régimen político democrático y de la vigencia de los derechos humanos para todas y todos.

Anaya debe insistir en que se desprenderá, definitivamente, del mito del presidente omnipotente y todopoderoso como la única alternativa para el país.

Esto es herencia del priismo anacrónico al cual debemos liquidar.

En sentido contrario, los problemas de nuestra nación: su gobernabilidad y la estabilidad democrática; la igualdad y el bienestar para todas y todos, no deben depender de la voluntad de un nuevo caudillo, sea este priista, panista, perredista, sino de un nuevo marco institucional plenamente democrático, de la participación corresponsable de los actores políticos y sociales, y del conjunto de la sociedad.

La argumentación de Anaya y del Frente debe ampliarse para dejar a un lado lo frívolo y en sentido diferente, plantearle a los electores la necesidad de un nuevo sistema político que impida la existencia de un poder supremo y predominante; proponer la urgencia de reformas que hagan realidad la independencia y el equilibrio entre los poderes; plantear un verdadero federalismo; fortalecer al Congreso federal; apoyar formas novedosas de acción política de la sociedad civil; establecer lazos con las distintas expresiones de la sociedad organizada para el pleno ejercicio de las libertades ciudadanas.

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