La presidencia autoasignada
¡Incertidumbre! ¡Incertidumbre! Es lo que existe durante las campañas electorales en los sistemas políticos que son más o menos democráticos. En México, a pesar de fallas e insuficiencias en la aplicación de las reglas electivas, la incertidumbre debiera ser la constante que cubriera ahora mismo al país.
La incertidumbre en las elecciones es un elemento de alto valor democrático, pues, entre otras cosas, es lo que sustantivamente contribuye a que la ciudadanía asista a las urnas a depositar su voto; sin incertidumbre respecto al resultado de las elecciones, la democracia se vacía.
La incertidumbre no existía cuando el sistema priista autoritario era hegemónico. Existían votaciones, pero no había incertidumbre y no había, elementalmente, democracia. López Portillo, por ejemplo, fue candidato único, y como él mismo lo decía, sería Presidente con cuando menos dos votos: el de su antecesor y el suyo propio. Eso cambió y ahora, felizmente, existe la incertidumbre como sustento de los procesos político-electorales que vivimos. Sin embargo, después de tantas décadas desde esos tiempos infaustos del priismo autoritario, ahora, con renovados bríos totalitarios, se hacen presentes fuerzas y personajes que intentan recuperar aquel sistema político en donde un individuo, en la soledad de su absolutismo, resolvía quién sería el presidente.
En el priismo ortodoxo, el presidente saliente nombra a su sucesor; en el neopriismo, el candidato se nombra, se escoge, se designa a sí mismo presidente y lo hace al margen de lo que, en su momento, las y los electores resuelvan en las urnas. ¡Así aconteció en las dos elecciones anteriores en las que López Obrador contendió como candidato presidencial, y ahora de nueva cuenta, en contra de la democrática incertidumbre, el candidato presidencial de Morena renueva la desenfrenada creencia de que el único voto que cuenta es el suyo, y nada más!
Y si al abrir las urnas el voto de la ciudadanía no empata con el suyo, entonces tiene el remedio de la presidencia legítima, y si tampoco eso funciona —como sucedió en el 2006—, entonces tiene el recurso de la “presidencia anunciada”, es decir, aquella que se asume antes del día de las elecciones.
López Obrador, para evitar cualquier sorpresa (la sorpresa es otra virtud de la democracia), ya asumió la Presidencia de la República, y no esperará a saber, mediante “el engorroso” conteo de los votos, qué opina o qué decide el universo de los electores. En realidad, eso del escrutinio de los votos le tiene sin cuidado y, por lo tanto, como presidente anunciado, se encuentra con sus colaboradores más cercanos, tomando ya las decisiones.
Decidió “suspender”, de facto, sin procedimiento legislativo, reformas estratégicas como la educativa, la de telecomunicaciones y otras. Decidió que el fiscal general seguirá dependiendo del presidente y por lo que respecta a la Fiscalía Anticorrupción, ha considerado que no es necesaria, pues con él en la Presidencia la corrupción desaparece por ósmosis.
Ha determinado, el presidente anunciado, que —aun en contra de la Constitución y de resoluciones de tribunales internacionales que México está obligado a respetar— dará amnistía a los criminales. López Obrador ha decidido no esperar las elecciones para asumirse como Ayatolá y, por ello, como en la declaración de una yihad, ha llamado a los feligreses a acabar con los infieles.
Y ay de aquel que, con su opinión o con su voto, se oponga a AMLO en su autodesignación como presidente, porque se atendrá a las violentas dentelladas de su tigre: ¡O me aceptan desde ya como presidente o desato el caos! Nos dice permanentemente al conjunto de los ciudadanos: o aceptan lo que yo diga o les suelto a Paco Ignacio Taibo II, a Martí Batres, a René Bejarano, a Clara Brugada, a Claudia Sheinbaum, para que, al mando de dos o tres millones de feligreses, manden a “chingar a su madre” a todo aquel que disienta.
Sí que se decidirán asuntos trascendentes para el país en las próximas semanas, pero quizá lo más importante consistirá en ver si lo que vale es la perturbada autoproclamación de López Obrador como presidente o lo que verdaderamente cuenta es el voto libre e informado de las y los ciudadanos.
