El resentimiento social y el Das Volk
Mucho se ha investigado acerca de cuáles fueron las razones por las que el Das Volk apoyó casi en su totalidad al nazismo y a Adolfo Hitler. Sobre este tema, los historiadores contemplan acontecimientos diversos tales como el de las enormes cargas financieras que desde el Tratado de Versalles se impusieron a Alemania, después del cese de las hostilidades de la Gran Guerra en 1918
Otros investigadores han afirmado que si bien el aspecto financiero de este tratado era decisorio, también lo fue la pérdida de una parte del territorio germánico, los efectos de la crisis económica mundial y, desde luego, el deterioro de las condiciones de vida de la gente.
Sin embargo, historiadores más benévolos con el pueblo alemán, han subrayado que la “humillación a que fue sometida Alemania en Versalles habría de tener, tarde que temprano, consecuencias funestas”. Así se ha pretendido justificar el ascenso del nazismo y el apoyo de los electores al partido de Hitler, que de obtener un 2% en 1928, alcanzaron —apenas cinco años después— el 44% y, con ello, el número suficiente de escaños y de fuerza política para declarar que Hitler asumiría los poderes políticos de manera absoluta, dictatorial.
El Tratado de Versalles, la República de Weimar, la crisis económica mundial, la recesión, la inflación, el fracaso del gobierno, el debilitamiento del sistema de partidos, la división entre los socialistas y los comunistas, etcétera, etcétera, fueron factores que, de alguna u otra manera, influyeron en la toma del poder por parte de los fascistas en Alemania. Pero todo esto —nunca debiera olvidarse— fue acompañado de la rabia, de la irritación, de la ira, de ese sentimiento que, exacerbado, se suele identificar ahora como rencor social.
Y, ciertamente, el rencor social puede presentarse como una de las consecuencias del fracaso de los gobiernos, sea cual fuese su signo ideológico. Lo delicado y peligroso es que el rencor social —igual que en el siglo pasado— continúa siendo utilizado tanto por historiadores, analistas de los hechos cotidianos y por políticos astutos como una justificación a ciertos comportamientos del pueblo —que bien pueden identificarse como irracionales—, tales como la aceptación consciente a los tiranos y a los autócratas, y ello como alternativa frente a los sistemas democráticos. Hay encuestas realizadas en países de Latinoamérica en donde una amplia mayoría del pueblo preferiría una dictadura, una autocracia “que sepa poner orden” antes que a una República democrática, de derecho y de vigencia de las libertades.
Este sentimiento irracional, este resentimiento social es el que explota electoralmente AMLO y, por ello, en amplios y diversos sectores del pueblo, aun sabiendo de lo descabellado e incoherente de sus propuestas, las admiten bajo la hipótesis de que ya no puede haber algo peor a lo que ahora viven. Pero el pueblo o alguna de sus partes se equivocan con frecuencia, porque... siempre hay algo peor, y eso se ha demostrado en todas las sociedades y durante todo el tiempo del desarrollo de la humanidad.
Y, desde luego, no se trata de mantener el actual establecimiento de las cosas, pues, en sentido diametralmente opuesto, ahora hay que cambiar de régimen, hay que transformar la economía, hay que hacer cambios sustantivos y verdaderos, pero estos deben ser para mejorar y no para empeorar (como les sucedió a los alemanes, a los italianos en el siglo pasado, a los ingleses o a los estadunidenses en los años recientes).
Trump, apoyado en el rencor social de una parte de los estadunidenses, representó un cambio, ciertamente, pero lo fue para atrás; Trump, ahora lo saben todos, significó un retroceso y un regreso al pasado.
En nuestro país requerimos con urgencia de un cambio. Pero éste debe significar mejoría en las condiciones de vida de la población, y cuando hablo de condiciones de vida lo hago haciendo referencia a mejor salario, a empleo digno, a bienestar económico y social, y también para ampliar derechos, libertades, a vivir y convivir en democracia.
“Yo me hinco donde el pueblo se hinca” es una expresión de AMLO que refleja con nitidez la demagogia populista y que generalmente se utiliza para obtener votos, para asentarse en el poder, para, después de ello, someter a los ciudadanos, reducirlos, humillarlos y degradarlos.
