El poder desde el priismo y el neopriismo
Cuando México se independiza, las ideas de la Ilustración influyen de manera determinante en la configuración de un nuevo Estado-nación. Los pensamientos de Rousseau, Voltaire, Descartes, Locke y otros impactaron en algunos de los principales líderes de nuestra revolución de Independencia
Las ideas de la Revolución Francesa, las de la lucha de independencia en Estados Unidos de Norteamérica y aquellas contenidas en su Constitución política se trasladan, por diversas vías, a nuestra nación, que emerge tratando de adoptar principios republicanos, especialmente el de la división y equilibrio entre los poderes.
Después del derrocamiento del Primer Imperio Mexicano, la Constitución de 1824 retoma la forma presidencial del sistema republicano estadunidense y se establece el naciente régimen político presidencialista, el mismo que hoy persiste, degenerado y causando estragos.
La gran diferencia radicó en que en Estados Unidos de América el poder presidencial se mantenía acotado por una efectiva división de poderes y por un genuino y eficaz sistema federal.
En México adoptamos formalmente principios republicanos, pero el peso, la influencia cultural de los monarcas hispanos y la de los caudillos nativos se impuso para crear un sistema político en el que predominó la concentración de los poderes en un solo individuo.
Esta herencia decimonónica continúa vigente. De hecho, fue retomada y resignificada por el régimen de la Revolución de los inicios del siglo XX, que colocó al Presidente de la República como un concentrador de todo el poder y como eje, alrededor del cual giraba el conjunto de la vida política y social del país.
Ahora, a principios del siglo XXI, la concentración de poder en el presidente es vista, por el oficialismo priista y por el neopriismo obradorista, como una virtud y, más aún: como una garantía de gobernabilidad. En un país que ha experimentado múltiples etapas de inestabilidad en los gobiernos, que ha vivido diversas crisis económicas y políticas, una presidencia cuasi absoluta en el ejercicio del poder, se observa, por estos dos partidos y sus respectivos candidatos, como la única posibilidad para mantener el orden social.
Se equivocan rotundamente: el presidencialismo autoritario es la causa de las crisis recurrentes que busca resolver, dice el propio Lorenzo Meyer.
Un ejemplo: el presidente Felipe Calderón ordenó llevar a cabo una guerra en contra de los capos del narcotráfico. Esta decisión fue sólo suya, y ni por asomo consultó al Congreso.
La guerra de Calderón derivó en un fracaso. Aumentó la violencia y el tráfico de estupefacientes. El poder de los jefes de los cárteles se acrecentó, así como la delincuencia común y, con el Ejército en las calles, se desató una espiral de sangre y de violación a los derechos humanos. Ahora, a principios de 2018, el propio presidente Peña Nieto culmina el procedimiento legislativo con la aprobación de una Ley de Seguridad Interior que, en los hechos, es la formalización de la militarización de las tareas de seguridad pública.
Esto sucede porque en los regímenes autoritarios el depositario del poder se encuentra en una permanente zozobra para conservarlo. Ésta es la causa principal de los grandes problemas del país.
Por lo anterior, el cambio de régimen debe ser el objetivo estratégico del próximo gobierno y la única fuerza que lo impulsa es el Frente y su candidato, Ricardo Anaya.
