AMLO, el autoritario

Hace ya algunos años que, para un sector mayoritario de la población, las identidades ideológicas, tal y como se conocían en buena parte del siglo pasado, han dejado de ser una referencia para adoptar posiciones que tengan que ver con los asuntos públicos y los temas políticos. No es que vivamos “el fin de la historia”, como predecía Fukuyama, pero dividir a la humanidad entre buenos y malos, entre burgueses y proletarios, fieles e infieles, izquierda y derecha, nunca ha sido acertado. Lo es menos ahora, en los inicios del siglo XXI

Aquella idea, por ejemplo, de que todo pensamiento y toda acción de cualquier persona tenía que ver con su “identidad de clase” fue tan errónea, que en la antigua Unión Soviética o en otros países del “socialismo realmente existente”, grandes científicos, artistas, filósofos, podían ser de izquierda o de derecha, dependiendo de cómo fuesen clasificados por el “amado líder del partido, del movimiento”. Renombrados músicos, por ejemplo, fueron estigmatizados, desterrados, asesinados, porque algunas de sus sinfonías tenían “contenido de clase burguesa”.

Pero, del otro lado, sucedía lo mismo en EU: se persiguieron a miles de creadores por ser “liberales”. El FBI investigaba no sólo la vida privada o las afecciones políticas de los académicos, cineastas, intelectuales, artistas, sino también el contenido estético de su obra. Muchos fueron censurados, encarcelados, desterrados e incluso desaparecidos por hacer cine, literatura, escultura “liberal con inclinaciones comunistas”, tal y como decía el inefable senador McCarthy, con sus miles de delatores esparcidos a lo largo del territorio estadunidense.

Esto mismo sucedía en nuestro país. Apenas en los años 60 y 70, los jóvenes no podían expresarse con libertad en los asuntos de la academia, de la política, del arte, de la música. El gobierno, por ejemplo, prohibía los conciertos de rock, los coloquios sobre literatura y clausuraba galerías de arte por exponer la obra de creadores proscritos y, desde luego, reprimía toda manifestación política que se opusiera a la ideología del régimen. Por ello mismo es que el priismo persiguió a todo aquel ciudadano que se identificara opositor, contrario, disidente del sistema autoritario. La izquierda, aún la marxista, fue perseguida por luchar por la igualdad social, pero, sobre todo, fue acosada y hostigada por luchar en favor de derechos civiles, democráticos, libertarios.

El PRD nació, especialmente, para establecer en México la democracia y las libertades. No olvidamos (ni olvidaremos) nuestra lucha por la justicia social, pero el contenido esencial de la lucha perredista lo fue la lucha por la democracia, la libertad, los derechos ciudadanos y civiles. Y en ello llevamos, la izquierda perredista, varias décadas bregando.

Por ello, resulta aberrante que algunos dirigentes de la izquierda perredista, luchadores por los derechos civiles, por la democracia, la libertad, ahora cierren filas y apoyen incondicional, sumisa, amorosa y devotamente a López Obrador, personaje que, al margen de su origen político-partidista, se caracteriza —desde que militaba en el PRD— por su autoritarismo, su afán totalitario, su permanente antagonismo con la democracia, su hostilidad contra todos aquellos que simplemente difieren de sus ideas.

Resulta insensato que algunos de los más afamados representantes de la izquierda democrática, que durante toda su vida lucharon en contra del régimen priista, ahora se encuentren cruzando abrazos con Elba Esther Gordillo, Napoleón Gómez Urrutia, Manuel Bartlett, Marcelo Ebrard, para terminar con las libertades democráticas conquistadas por el PRD y, penosamente, ahora estén llamando a votar por quien pretende restaurar el viejo régimen priista.

López Obrador es el restaurador, en lo sustantivo, de ese sistema autoritario, autocrático, presidencialista, antidemocrático, corrupto y corruptor, al que la izquierda democrática combatió de manera constante, permanente.

El PRD, por todas las vías, con todas las formas, sigue combatiendo a quien representa el priismo autoritario y antidemocrático: al que lo representa oficialmente y al que lo representa —de manera más genuina— extraoficialmente.

Expresidente del PRD

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