Los melones de Mao

Los militantes de la izquierda de mayor edad sabrán de la existencia —en las décadas de los setenta y ochenta— de una peculiar revista que llevaba por nombre Pekín Informa. Esta publicación se encargaba de divulgar —esencialmente— las hazañas militares, políticas, ideológicas, atléticas, laborales, intelectuales, productivas y artísticas de Mao Tse Tung.

Fue quizá en 1977. Yo militaba en un comité de base en Culhuacán, en Iztapalapa. Ahí, en la casa de un compañero, situada en las faldas del cerro, nos reuníamos un grupo de jóvenes en un círculo de estudios en donde leíamos textos de lo que genéricamente identificábamos como marxismo. Entre otros textos, leíamos el libro rojo y los ejemplares de Pekín informa, los mismos que un compañero se encargaba puntualmente de llevar. En uno de esos ejemplares pudimos observar un artículo acerca de la influencia de lo que llamaban pensamiento Mao Tse Tung. Veíamos en la portada la fotografía de un campesino que, gran sonrisa de por medio, enseñaba sobre una mesa dos melones y al fondo un idílico paisaje rural. Uno de los melones apenas del tamaño de una toronja, y el otro sobrepasaba con facilidad las dimensiones de una enorme sandía. El primer melón —explicaba el agricultor— era resultado de aplicar las malignas orientaciones del capitalismo. El segundo melón —el gigantesco— era resultado de sembrar, cultivar, regar y cosechar la tierra siguiendo los sabios pensamientos del presidente Mao Tse Tung.

¡Así la devoción! ¡Así, tan absolutamente depositada la fe en un individuo, en un personaje, al que se le atribuían semejantes aptitudes hasta convertirlo en deidad!

Mao no era sólo el líder del partido, sino mucho más que ello: encarnaba la visión totalitaria sobre el pensamiento.

Como Stalin, Hitler y Mussolini, Mao pensaba el todo en la política, pero también en la ciencia, arte, economía, industria y, como se desprende de esta anécdota, en la agricultura. Si los campesinos pensaban como Mao, entonces tendrían buenas cosechas, si pensaban de manera diferente, serían malos agricultores.

Traigo a estas páginas ese recuerdo porque leo la entrevista que un diario de circulación nacional hizo al senador Manuel Bartlett. Ello a propósito de la adhesión de un grupo de senadores que eran del PRD, al grupo parlamentario del Partido del Trabajo (PT) y cuyo presidente es Alberto Anaya.

La entrevista en referencia reafirma —pienso— la idea acerca de que en nuestro país estamos viviendo un fenómeno de regresión cultural en la política; un proceso de desilustración en todos los ámbitos de la vida social, pero, especialmente en la política. Veamos partes de la entrevista:

—¡Vamos a ser escuetos!, dice con fuerza el senador Bartlett.

—¡Los senadores (los que se adhieren al grupo parlamentario del PT) van a seguir una línea de izquierda, pero en lo particular es la línea de AMLO!, advierte sin ambages.

—Él no es una persona que esté dando señales todos los días (¡faltaba más!). A él hay que interpretarlo; pero siempre la línea política es Andrés Manuel López Obrador.

—¿Es la bancada de López Obrador?, le pregunta el reportero.

—¡Así es!, responde escuetamente el senador Bartlett.

—¡Le tengo una fe total!, remata.

Esto es expresión de la fe como reafirmación de dependencia, tal y como Kant la identifica. El filósofo alemán decía que “la ilustración es la salida del hombre de su culpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía del otro”.

Atreverse a no ser individuos con eterna minoría de edad, también puede aplicarse a las sociedades que se asumen incapaces de decidir para sí mismas, porque admiten que desde el poder o desde la religión siempre habrá alguien que piense por ellos, que decide por ellos y que determina (sin ellos) su vida y su existencia.

Eso, lamentablemente, le ha sucedido a nuestra nación y, a pesar de tristes episodios en la historia, algunos insisten en mantener al país en esa condición de minoría de edad, de dependencia en el pensamiento, en el entendimiento.

Pero contrario a ello, de lo que se trata ahora es de recuperar la razón política y la democracia para acceder, entonces, al estado de vigencia de las instituciones republicanas; se trata de superar la fe por la ley, la creencia por el derecho, la bondad o la maldad por la justicia.

Twitter: @jesusortegam   

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