Un libro para recordar: memorias de mis libros de texto

En especial del libro de Ciencias Naturales tengo dos recuerdos que aprecio: la diferencia de fenotipo entre el lóbulo separado o unido de la oreja; y la sorprendente posibilidad de hacer la lengua “taquito”. Llevar a cabo esta “hazaña” hacía que me sintiera genial por mera fortuna

La mejor forma que tengo de expresar mi gratitud por los libros de texto gratuitos que recibí en la primaria es honrar su memoria. Recuerdo que en primer grado no había suficientes y nos prestaron los del ciclo escolar anterior; una generación de libros de texto creados en su origen por verdaderos intelectuales: Jaime Torres Bodet, Martín Luis Guzmán y hasta José Gorostiza (generación de 1962). Estos libros llevaban el sello del amor por el saber.

En especial del libro de Ciencias Naturales tengo dos recuerdos que aprecio: la diferencia de fenotipo entre el lóbulo separado o unido de la oreja; y la sorprendente posibilidad de hacer la lengua “taquito”. Llevar a cabo esta “hazaña” hacía que me sintiera genial por mera fortuna, porque en realidad no había nada que yo pudiera hacer que cambiara eso. El otro experimento que me asombró fue el proceso de la caries a través de un diente que habían dejado varios días en un refresco de cola y comprobar cómo se había deteriorado por completo. En aquel entonces, en la casa de mis padres los refrescos estaban prohibidos, así como tal.

Pero las verdaderas joyas eran los libros de cuarto, quinto y sexto de primaria de Ciencias Sociales. En especial en quinto de primaria, mi libro de texto me abrió el mundo a las antiguas civilizaciones: el antiguo Egipto, Mesopotamia; los hititas, los fenicios, China, los griegos y los romanos. Recuerdo contarle emocionada a mis padres acerca del antiguo Egipto y compartir el asombro por las pirámides y la ingeniería de hace miles de años que hizo posible esas monumentales construcciones. Mi recuerdo más notable ocurrió hace muchos años en una visita a ese inmenso e interminable museo que es el Louvre, en Francia, cuando en las salas más o menos vacías de los asirios y la vieja Mesopotamia me encontré con una efigie que explicaba qué era el Código de Hammurabi. No cabía de emoción al estar frente a esa magnífica pieza considerada como el primer código de leyes escrito, y de la que nadie me había hablado jamás, salvo que venía integrada en los contenidos del libro de texto de cuarto año de primaria. Además, incluía entre las grandes culturas a Mesopotamia y a la cultura inca, así que inscribía nuestra historia en la memoria global, como parte de ese todo que es la historia de la civilización.

Para sexto de primaria, el año comenzaba estudiando la Ilustración y la Revolución Francesa, las conquistas de África y Asia; las guerras mundiales y la Guerra Fría como consecuencia de aquéllas. Sí, tenían cierta ideología, pero a cambio entregaban la maravilla que era el mundo.

CULTURA EMPOBRECIDA

El contenido de los libros de texto se ha ido reduciendo dramáticamente desde hace décadas. Esto es, los libros de texto tienen décadas empobreciendo el contenido a favor de un método. Los resultados están a la vista: el constructivismo no movió suficiente la curiosidad para que los niños adquirieran los conocimientos indispensables.

Con pesar, la llamada Generación Z recibió libros de texto con contenidos pobres. Reiterativos en la historia de México, desde primero hasta sexto de primaria, como si no pudiéramos mirar más allá de nuestro ombligo. Cabe señalar que la historia de Mesoamérica es digna de estudiarse con mucho cuidado, pues el nivel de ciencia y técnica logrado en ese periodo fue magnífico. Sin embargo, no es necesario repetirlo en cada grado por seis años, apenas agregando alguna información más. Como si fuera un Bolero de Ravel que dura seis ciclos escolares. Seis años de la infancia.

Esta generación que recibe empobrecida la cultura que nosotros tuvimos el privilegio de conocer y comprender (como si fuera posible reducir aún más el saber transmitido a los niños), ahora recibe desde hace ya algunos años propaganda a favor del gobierno federal, en detrimento de los contenidos de matemáticas, que están llenos de errores, por citar un caso.

Innovar es un concepto muy positivista. A veces recuperar los tesoros con que contábamos también debería ser un deber. No se requieren nuevos libros, quizá con imprimir los que se usaban en aquella generación histórica sería suficiente y dejar en el olvido (que no llevar al fuego) la basura propagandística que se gestó en este gobierno. Si tienen un momento para la añoranza, y quizá quieren recordar lo que algún día supieron desde muy pequeños, aquí tienen unas horas de nostalgia para compartir con los suyos.

https://historico.conaliteg.gob.mx/H1982P5CI390.htm?#page/1

https://historico.conaliteg.gob.mx/H1982P6CI396.htm#page/1

Quizá sólo debemos imprimir estos libros. Sí, el mundo ha cambiado y la mirada que tenemos para él. Pero el mundo también se ha enriquecido, no empobrecido, que es lo que sucede con el saber que se dicta actualmente a la infancia de México.

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