Sin ley sólo queda el horror

La furia, la indignación, la impotencia ante la injusticia crece como espuma y genera una reacción con la misma violencia. Y, ante esto, las autoridades agazapadas (policía, Guardia Nacional, gobernadores, regidores) sugiriendo que la ley como función organizadora ha desaparecido.

Nunca pensamos que el horror nos va a alcanzar. Es cierto que pueden existir pensamientos catastróficos y que algunas personas siempre están imaginando los peores escenarios. Y aunque se les teme, no se piensa que van a ocurrir.

Así de inverosímil es la justicia por la propia mano. Los linchamientos son, sin duda, un fenómeno horrible. La barbarie recientemente acontecida en Taxco es inenarrable y no la recrearé. Lo que me interesa enfatizar es el problema de la falta de ley en un sentido psíquico, y cómo la ausencia de ésta se instaura como eje regidor en la mente.

No se trata de hablar de constituciones ni de cartas magnas o de si la ley está bien o mal escrita. El tema es el ejercicio de esa ley. Podríamos hacer una analogía entre la ley pensada como conjunto de normas que se instauran en la mente y el superyó de Freud, y, aunque no la llamó así, sí podemos afirmar que esta ley organiza la mente y, por tanto, la manera de ver y de relacionarse con el mundo.

La psicoanalista Cristina Daneri escribió en 2015 en su blog que: “para Lacan, la ley no es una parte de la legislación particular, sino los principios fundamentales que subyacen en todas las relaciones sociales. Es el conjunto de principios universales que hacen posible la vida social y las estructuras que gobiernan las formas de intercambio social, sea el hecho de regalar, la prohibición del incesto, las relaciones de parentesco, o el modo de conformación de pactos”. Lo que nos horroriza sobre el linchamiento en Taxco –y de otras barbaries ocurridas– es la ausencia de ley, de esta Ley del Padre; es decir, no hay nada que regule a los individuos ni los frene de cometer actos barbáricos ni los detenga para reflexionar que al horror le sigue más horror. Una cadena de brutalidades. Al horror del abuso de confianza, le sigue la extorsión a la familia, luego el asesinato de una menor y, de remate, el linchamiento como castigo al crimen. La furia, la indignación, la impotencia ante la injusticia crece como espuma y genera una reacción con la misma violencia. Y, ante esto, las autoridades agazapadas (policía, Guardia Nacional, gobernadores, regidores) sugiriendo que la ley como función organizadora ha desaparecido.

Para entender un poco más es necesario recurrir al psicoanalista Philippe Julien, quien en el libro Manto de Noé escribe que “la patria es la descendencia social y jurídica que proviene de los padres fundadores y ser ciudadano es formar parte del linaje de los padres.  Asimismo, en la ciudad romana el emperador (Pater patriae), los senadores (Patres), los patricios (Patricii) encarnan esta paternidad instauradora de un lazo social, en tanto que éste es determinado no por la sangre, sino por la palabra, palabra justamente llamada paterna”. En este momento en México no tiene un Pater patriae ni unos Patres que se hagan cargo. No hay límite a la violencia ni al horror. Ensimismados en otra agenda, se ha olvidado la importancia de hacer valer la ley, de poner límites, de no dejar crecer al monstruo de la Hidra de Lerna; hay que recordar que no por no cortar cabezas se calma la fiera. No necesitamos semidioses como Hércules, sino hacer valer la ley.

Hay una imagen, que también comenta Julien, que me parece importante evocar: “En el origen de nuestra cultura europea (occidental), la paternidad era adoptiva y voluntaria, después del nacimiento, el niño era depositado en el suelo, delante del padre y éste lo reconocía levantándolo, era como un segundo nacimiento. Es en ese momento que el hombre se hace padre y el bebé se hace su hijo”.

El problema es que durante los últimos dos sexenios no ha existido un padre que se haga cargo del hijo. No ha habido un Presidente que diga “yo soy Presidente de ustedes ciudadanos”, sino que se ha enfocado en los grupos que les son cercanos, relevantes, en un sentido consanguíneos, como si fueran de su estirpe. La próxima presidenta tiene muchos temas pendientes, pero sin duda el más importante es encarnar la ley, encarnar la responsabilidad y simbólicamente poner límite al horror de la violencia y del crimen organizado; al mismo tiempo que cuidar el tejido social y no vituperar por las mañanas contra sus hijos-ciudadanos. El horror que vivimos nos recuerda el desamparo en el que estamos cayendo. La ley no es a nuestra conveniencia, es para nuestra convivencia… Y sin ley estamos cayendo en un abismo que nos horroriza y nos duele.

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