¡Que vivan nuestros muertos!
Durante mis años de escolaridad básica pusimos altar de muertos. A veces me tocaba el pan de muerto, otras, flores de cempasúchil o papel picado. Cuando tocaba llevar copalera mucho más difícil, ya que no se encontraba fácilmente en los mercados cercanos a la casa. Casi siempre terminaba llevando madera de ocote, que olía a resina cuando lo quemabas.
Hay cosas que nos pertenecen gracias a que nos contaron de ellas, de otra manera pasarían desapercibidas. Una de las más lindas es la celebración del Día de Muertos. Al ser 30 de octubre el día de publicación de esta columna, no quisiera dejar de dedicarle una reflexión.
Durante mis años de escolaridad básica pusimos altar de muertos. A veces me tocaba el pan de muerto, otras, flores de cempasúchil o papel picado. Cuando tocaba llevar copal era mucho más difícil, ya que no se encontraba fácilmente en los mercados cercanos a la casa. Casi siempre terminaba llevando madera de ocote, que olía a resina cuando lo quemabas, las maestras no aceptaban la catafixia. Otro elemento muy difícil de conseguir era la calabaza en tacha, la cual debía cocinarse en casa, en esos momentos me parecía tan complicado hacer la receta como preparar jabón artesanal. Calabaza, piloncillo y canela era lo que se necesitaba, pero sobre todo el no sentirse pequeño y que el mundo queda demasiado grande era el paso más esencial. Ahora ya lo sé.
De la escuela pasó a la casa, cada año comenzamos a poner altares, recordando primero los bisabuelos, como éramos pequeñas, teníamos aún abuelos, pasaron los años y después los abuelos entraron. La familia se iba quedando con agujeros y el altar se iba nutriendo. Ese extraño pasaje de nuestros muertos representándose en fotos es lo que llenaba de vida nuestro altar. Y ése es el acto simbólico importante que tiene nuestro Día de Muertos. Es un reconocimiento a quienes ya no están, al reconocer el agujero que dejó su partida, una ausencia que, como el recuerdo, llena de color nuestra vida, por el tiempo compartido, por las palabras transmitidas, en muchas ocasiones por las canciones que nos cantaron o que cantamos juntos, por la sonrisa que se convierte en ejemplo de muchas sonrisas que podremos otorgar en la vida… El altar de muertos es incluir la muerte en la vida de una manera “normal”, pero con el reconocimiento de la alegría, porque está rodeada de los colores que dan el papel picado y las calaveras de barro pintadas de colores (de más o menos reciente creación). En los altares de muertos el 2 de noviembre la muerte no es un agujero, sino puro color, sabor y olor. El olor del cempasúchil y el olor del copal.
El altar de muertos es una fiesta de sentidos, de la vista, del gusto (imaginado porque jamás te comes nada del altar), de los olores, quizá del silencio y del ejercicio del recuerdo.
La muerte —certeza única que viene con la vida misma— sigue siendo un tema difícil de abordar en lo cotidiano, y la vida pasa como ese camino que quiere ganarle terreno a la existencia y dejar a la muerte muy muy al final, como si cuando llegase se hubiese perdido el juego. En este sentido, la fiesta y tradición del Día de Muertos adquieren un lugar muy especial: permite incluir la muerte dentro de la vida y a los muertos dentro de nuestras casas, es una invitación a que regresen. Y si bien puede ser parte del imaginario la posibilidad de que se abre un portal por el cual regresan, lo que sin duda se manifiesta es que en nuestra imaginación y en nuestra propia mente se les concede el lugar presente que quizá tienen todos los días en pequeños gestos, marcos de referencia, formas de llevar la vida y hasta prejuicios. Están presentes todo el tiempo, pero no los vemos tanto como el día que podemos celebrarlos no como aniversario luctuoso, sino como alegría. Ése es un pasaje muy particular.
El Día de Muertos no es una fiesta única en el mundo, es parte de tradiciones paganas a la vez que cristianas, muchos pueblos la tienen y lo celebro por cada uno de ellos. Celebro en particular que ésta sea la nuestra, la que nos contaron y transmitieron los que ya no están, la que transmitiremos a nuestros niños y a los niños de ellos, sobre las que contaremos historias que algunos harán novelas o películas, pero, sobre todo, que siempre vivirán en la modesta grandeza de cada altar, con sus fotos, su pan, sus velas, su copal. ¡Que vivan nuestros muertos!
