Evocar un abrazo nos permite sentirlo. El cuerpo recuerda la contención de unos brazos, el calor de otro cuerpo e, incluso, la manera en que nos permitimos estar cerca de cerca. Hay abrazos que quisiéramos prolongar y otros de los que quisiéramos escapar. Hablar de abrazos pareciera simple, pero no lo es. No todos los cuerpos ni todos los momentos permiten siquiera un abrazo.
Cabe mencionar que no se ha investigado específicamente a profundidad acerca de los abrazos ni de la actividad cerebral; los estudios son pocos. Por ejemplo, en 2021, Aljoscha Dreisoerner, junto con otros especialistas en psicología, realizaron un estudio para conocer los efectos de los abrazos sobre los niveles de cortisol. Observaron que antes de una situación estresante (para efectos del estudio un estrés inducido), recibir un abrazo reducía de manera significativa los niveles de cortisol en el cuerpo, lo que sugiere que el abrazo puede influir favorablemente en la respuesta del organismo al estrés. Sin embargo, no todos los abrazos son iguales. Como casi todo en la vida, depende de la situación y del contexto.
Cuando tu hijo o un sobrino pequeño corre a abrazarte porque ha pasado tiempo sin ti, ese abrazo evidencia que tu presencia le regocija; su sonrisa, sus ojos delatan el alivio que sienten porque has vuelto. Esos brazos pequeñitos te rodean el cuello o el torso o la pierna y son momentos de placer y cariño ilimitados. Como adultos, en ese abrazo tenemos que respetar tanto el tiempo como lo que el niño sienta que debe abrazar; nosotros no podemos extendernos en nuestro deseo de abrazo porque podemos dar la sensación de tenerlos cautivos.
En el caso de una despedida significativa, el abrazo es una manera de expresar lo que las palabras no alcanzan a decir ya más. Es el deseo de permanencia cerca de ese otro y la imposibilidad de hacerlo. Están ahí contenidas la fuerza del cariño y la paz efímera que da estar en el abrazo con esa otra persona, aun cuando sabemos que el momento en el que termina ese abrazo implica una separación, la cual puede ser de horas o de días, semanas, meses, incluso podría no saberse cuándo se podrán ver de nueva cuenta.
Ahora imaginemos que venimos de una actividad que nos tiene hilarantes, llenos de vida porque terminamos un proyecto y tenemos energía para hacer más cosas. El éxito y la adrenalina nos tienen con voluntad de seguir haciendo cosas, queremos movernos hacia la vida. Entonces, si como felicitación nos dan un abrazo que se extiende de más, el propio cuerpo protesta, quiere ir por más cosas y sentimos que ese abrazo aprisiona tanto que, incluso, puede generar angustia.
Ahora imaginemos que alguien que no conocemos en una junta de trabajo busca darnos un abrazo. Es un gesto forzado, nadie se puede acercar tanto al cuerpo de otro que no se conoce o apenas se conoce; en estos casos, un abrazo puede sentirse como invasivo y agresivo.
Y luego, ¿qué hacemos con ese abrazo de alguien que hemos añorado semanas, meses o años? ¿Quizá en estos tiempos es el abrazo de conocerse después de un periodo de relación virtual o quizá de una alma querida de tiempos en que la vida parecía más fácil? Ése es un abrazo del que uno no quisiera despegarse nunca, como si en unos segundos o minutos se quisiera decir “te he extrañado más de lo que pensé”; es un abrazo que busca aliviar la espera y/o la añoranza, un abrazo que no se olvida. Quizá el abrazo del reencuentro sea el más emotivo.
Es necesario reconocer que hay personas que no disfrutan los abrazos. No es que se enojen o se irriten, pero le incomodan. Sobre todo no debe confundirse con frialdad emocional. Tal vez tienen una gran sensibilidad que requieren proteger con la distancia; tal vez es efecto de una historia personal o lo sienten como una invasión a su espacio. No existen datos para saberlo con claridad. Por ello, cuando tenemos ganas de abrazar de manera inexplicable (porque parece existir esa química, por ejemplo) lo mejor es preguntar.
Hay también personas que saben abrazar. Recuerdo a mi querido primo cuando conoció a su ahora esposa. Estaba en una cena con varias personas y, al despedirse, se dieron un abrazo. Cuando lo vi después de aquella reunión, lo primero que me comentó fue “¡qué bonito abrazo!”.
Así hay personas que, después de una conversación, saben sellar ese encuentro con un abrazo cariñoso. Quizá porque abrazar también es saber acercarse al otro, percibirlo, encontrar la medida justa entre querer tenerlo cerca y dejarlo libre.
Están, por supuesto, los abrazos de Eros. Conviene recordar que los brazos no sólo expresan cariño, también pueden expresar deseo, posesión, urgencia. Hay abrazos que acercan y otros que pretenden retener; por ello, el consentimiento es indispensable. Esos pertenecen a otra conversación.
Un abrazo es un acto de intimidad, es permitir que alguien entre a nuestra vida y, por eso, no puede ser para todo el mundo… pero, ¡benditos aquellos que tienen personas significativas en su vida a quienes pueden abrazar!
