A veces escuchar la palabra del Camino me cuesta trabajo. Pienso que es como esos decretos de El secreto; La palabra, El elegido, La guía. Y es que, en realidad, hay muchos senderos. Creo que el binomio El Camino no se trata de que sea el único, el mágico, sino más bien tiene que ver con que es el camino, así, en minúsculas, que uno está eligiendo hacer en un presente dado.
¿Y por qué camino? Es importante nombrarlo en singular. Cierto es que en la vida hay muchos caminos, pero no todos pueden tomarse al mismo tiempo. Lo interesante es que, aun sin existir un solo sendero, sí es necesario tomar uno solo; no se puede caminar por dos a la vez. Quizá no se disfrute de todas las vistas o todas las atracciones, pero de eso se trata: tampoco se pueden tener todas las opciones de la vida simultáneamente. Quizá más tarde será posible, pero en un momento dado sólo se pueden hacer ciertas cosas. Esta renuncia a tenerlo todo es una parte indispensable de poder hacer las paces con la vida, en el sentido de no tener que hacerlo todo, porque, a final de cuentas, tampoco se puede.
Así también, caminar es un ejercicio de vida; aporta beneficios neurológicos, físicos y, podría decirse, hasta espirituales. Entre los neurológicos encontramos que ayuda a la memoria, hace trabajar al hipocampo. La necesidad de estar presente, registrar referencias para reconocer el terreno y trazar el camino de vuelta estimula directamente esa zona cerebral. Además, favorece el pensamiento creativo y la generación de nuevas ideas al potenciar el pensamiento divergente. Incluso, parece favorecer la plasticidad neuronal.
Pero no se trata sólo de caminar como movimiento del cuerpo. Salir a dar una caminata a lugares poco conocidos y novedosos tiene efectos más significativos. Quizá aquí entra el terreno de lo espiritual. Atención: esto no tiene que ver con lo religioso, sino con el sentido más básico de la palabra espíritu. Para la RAE tiene varias acepciones; una de ellas es el ser inmaterial y dotado de razón, y otra sería el alma racional. Es como un aliento, como algo en el interior que nos impulsa a avanzar más profundo.
La palabra espíritu proviene del latín spiritus, derivado del verbo spirare (soplar o respirar), que también da lugar a aspirare. Y aspirar es permitir que algo entre en nosotros. ¿Y qué sucede al respirar? Que tenemos un intercambio con el mundo: es dejar entrar y dejar salir. Pero, además, no se puede vivir sin respirar. Es recordar que somos incapaces de existir sin ese dar y recibir constante entre nosotros y el mundo. Así, en el caminar cobra forma ese intercambio: por un lado, desde lo profundo de la respiración; por el otro, con el ser en contacto con la naturaleza, pero no sólo desde la contemplación, sino al recorrerla.
En su ensayo Walking (1862), Henry David Thoreau escribe: “En mis caminatas quisiera volver a mis sentidos”. Es como si caminar fuera un regreso a uno mismo, a la conciencia plena. ¡Ojo!: no se trata de desplazarse de un lado a otro ni de de transportarse para llegar a una dirección, sino del acto profundo de caminar por el simple hecho de hacerlo, por esa posibilidad inmensa de reconectar con uno mismo.
Y este placer tan simple pareciera no ser tan común en su momento. Thoreau también escribe: “En el curso de mi vida sólo he conocido a una o dos personas que entendieran el arte de caminar, es decir, de dar paseos; que tuvieran, por así decirlo, un genio para deambular”. Así, caminar es un hábito que se desarrolla y, en la medida que se practica, se busca fortalecerlo más.
Así que, ¿por qué caminar? Porque, a partir del movimiento, es una forma de reencontrarse, de sentir de nuevo, de salir de los lugares conocidos. Y no se trata de cualquier camino, sino de aquel al que se le pone intención. Hacer un camino como el de Santiago o el de San Salvador es mostrar la disposición de avanzar por la vida, de enfrentarse a temas nuevos y resolverlos —como el cansancio, la fisonomía del paisaje y su descubrimiento— pero, sobre todo, encontrar lo que uno no estaba buscando.
Y eso es particularmente enriquecedor en la vida. Porque la vida no se trata sólo de lo que uno planea, sino también de aquellos dones o regalos que se nos presentan en el andar, pero que primero tenemos que estar capacitados para ver y, después, disponibles para aceptar. Caminar es saber esperar a que algo ocurra y después hacer algo significativo con ello. Es aceptar que no todo tiene que estar previsto para que suceda, y que no todo lo que encontramos tiene que haber sido buscado para tener valor.
Pero caminar también es aceptar que la ruta no nos llevará solamente hacia aquello que buscamos. A veces, lo más valioso es aquello que ni siquiera sabíamos que veníamos a encontrar.
