Los límites de la narrativa

Durante años, buena parte del éxito político de Morena ha descansado en su capacidad para construir y posicionar como dominante su interpretación cotidiana de la realidad. La conferencia matutina no ha sido solamente un ejercicio de comunicación gubernamental y ha logrado convertirse en el centro desde el cual se ordena la conversación pública, se definen adversarios, se jerarquizan asuntos y se ofrece una explicación coherente de casi cualquier acontecimiento. Con Andrés Manuel López Obrador, la narrativa fue, sin duda, parte inseparable de su liderazgo.

Ese modelo dependía, sin embargo, de condiciones difíciles de reproducir. López Obrador combinaba intuición política, capacidad de improvisación, conexión emocional con su base y una disposición permanente al conflicto. Podía transformar una acusación, una crisis o una mala noticia en un nuevo capítulo de una historia más amplia: la lucha del pueblo contra los privilegios. La mañanera funcionaba de manera altamente eficaz porque el formato, el personaje y el relato se reforzaban mutuamente.

La doctora Claudia Sheinbaum ha mantenido el espacio, pero no posee —ni tendría por qué poseer— el mismo estilo. Su comunicación es más técnica, disciplinada y racionalmente previsible; privilegia los datos y la explicación administrativa. Esas características pueden ser virtudes para gobernar, pero no necesariamente producen el efecto político que generaba López Obrador.

A esa diferencia se suma una dificultad más profunda: la brecha entre la narrativa oficial y la experiencia cotidiana parece estar ensanchándose. Todo gobierno necesita comunicar logros, ordenar prioridades y defender sus decisiones. Pero la comunicación pierde capacidad de persuasión cuando deja de ofrecer una interpretación reconocible de la realidad y comienza a percibirse como una negación de los problemas. La narrativa puede orientar la mirada, pero difícilmente puede sustituir de manera indefinida lo que las personas viven en su comunidad, su empleo o su hogar.

La política interna ofrece señales de ese desgaste. Los procesos para definir candidaturas a las gubernaturas pueden abrir fisuras relevantes en Morena, especialmente donde conviven grupos locales con intereses, liderazgos y agravios acumulados. Michoacán y Guerrero anticipan disputas particularmente intensas, pero las tensiones también pueden acrecentarse en Colima, Baja California y Nuevo León. Mientras la conducción nacional proyecta unidad y continuidad, en los territorios la competencia por posiciones exhibe un movimiento más fragmentado, menos vertical y más difícil de ordenar mediante un mensaje común.

En materia de seguridad ocurre algo semejante. La disminución de los homicidios es un dato sólido, pero no elimina el peso social de la violencia. La inseguridad continúa ocupando el centro de las preocupaciones de amplios sectores de la población, alimentada por desapariciones, extorsiones, cobro de piso y delitos que alteran la vida diaria. De este modo, mientras el discurso enfatiza tendencias nacionales positivas, y en paralelo las comunidades enfrentan amenazas concretas, la cifra y la experiencia terminan hablando lenguajes distintos.

La economía añade otra capa de tensión. El país no crece al ritmo necesario para ampliar oportunidades, elevar de manera sostenida el ingreso y absorber las necesidades de una población joven. Los programas sociales pueden reducir vulnerabilidades y fortalecer apoyos políticos, pero no reemplazan la generación de empleos productivos, la inversión y el aumento de la productividad. A ello se suman desastres socio-naturales —inundaciones, sequías, incendios o huracanes— que revelan carencias institucionales y colocan a decenas de miles de familias frente a pérdidas inmediatas y a veces irreparables.

El límite de la narrativa no significa que la comunicación haya dejado de importar. Significa que su eficacia depende de mantener una relación creíble con los hechos. La mañanera todavía permite fijar posiciones y conservar iniciativa, pero ya no garantiza por sí sola el control de la agenda ni la cohesión política. Para la presidenta Sheinbaum el desafío consiste en consolidar una voz propia y, sobre todo, acompañarla con resultados verificables y creíbles; de tal forma que pueda evitar que la distancia entre el relato y la realidad se vuelva demasiado grande, pues, ante ello, ninguna narrativa, por poderosa que haya sido, puede evitar una sensación de desorden, ya que, cuando ello ocurre, los desplazamientos del poder se hacen inevitables.