¿Ojalá?

En los tiempos más aciagos, la esperanza es lo que permite seguir adelante. Es un valor humano, el único que logró retener Pandora dentro de la caja. Es íntimo, como una pequeña llama personal, no es una gran fogata ni mucho menos. Es más bien como la llama de un cerillo que puede encender a otro y luego a otro o la de una vela

Ojalá nunca hayas leído nada de lo que te he escrito,

porque me destrozaría saber que, a pesar de eso,

no me has buscado.

Mario Benedetti

Nuestra vida está llena de ojalás. “Ojalá me saque la lotería”, “ojalá encuentre una pareja”, “ojalá no me enferme”, “ojalá mis padres vivan muchos años”, “ojalá mi hijo crezca para convertirse en un hombre de bien”, “ojalá me encuentre un buen trabajo”, “ojalá me vaya bien en el examen”.

Es como si el ojalá fuera una plegaria a la vida.

Y cómo no serlo si su origen está en la expresión árabe in sha’a Allah, si Dios quiere; también puede provenir de law sha’a Allah, si Dios quisiera.

Su uso comprende una especie de rendición ante algo mayor a nuestras propias circunstancias, es como la apuesta que reconoce que no tiene todas las probabilidades de su lado. El ojalá es una renuncia a nuestra omnipotencia de que va a cumplirse eso que deseamos. El ojalá nos llena de humildad, nos hace adultos. Es la defensa contra las certezas y conceder un deseo sin forzar su rendición.

También, el ojalá es una de las formas de la esperanza. Cada que escuchemos un ojalá, estamos escuchando que hay una esperanza viva.

En los tiempos más aciagos, la esperanza es lo que permite seguir adelante. Es un valor humano, el único que logró retener Pandora dentro de la caja. Es íntimo, como una pequeña llama personal, no es una gran fogata ni mucho menos. Es más bien como la llama de un cerillo que puede encender a otro y luego a otro o la de una vela. Necesitamos cuidar que no le dé aire porque la apaga. A veces podemos prenderla sin un fuego externo. A veces necesitamos ayuda.

Quiero compartirles un ejemplo de esperanza desde la práctica de psicoterapia, el cual tiene que ver con esa pequeña braza de esperanza que ofrece ir a terapia. Stephen Mitchell (1993), en el libro Esperanza y temor en psicoanálisis, escribe y explica que la reunión de un paciente y un psicoanalista es posible gracias a la esperanza. Una esperanza que viene por parte del paciente que se permite pensar que algo puede estar mejor y, por otro, la esperanza de un analista que ha descubierto que trabajando juntos se puede mejorar la creatividad y vivir una vida más plena.

En este sentido, Sandra Buechler, en La esperanza como inspiración en el psicoanálisis, se pregunta por qué el paciente podría tener esperanza en ese diálogo con el analista si se trata de creer que el analista sabe cosas y por eso le puede ayudar, esta situación pertenece al orden de lo cognitivo; sin embargo, la esperanza también es una emoción, es algo que se siente y no sólo se piensa. Ante estas preguntas, la autora responde: “No creo que sea, específicamente, la esperanza del analista lo que inocula esperanza en el paciente, sino la propia relación del analista con la vida. El paciente observa la lucha del analista por dar sentido a las cosas, la forma en la que persevera en seguir adelante frente a obstáculos…, el modo en que conserva el humor y el coraje en situaciones que parecen no inspirar nada bueno a ninguno de los dos (…) El analista tropieza, pero reacciona sin odiarse a sí mismo por ello, trabaja y se esfuerza en recuperarse. El analista quiere estar vivo, incluso en los momentos más difíciles”.

Esto es querer estar vivos… Ahí radica la esperanza de que ojalá podamos vivir un día más y otro y otro, sobre todo en los momentos más difíciles. A veces se trata de estar vivos por alguien, un alguien que nos recuerda que tenemos un lazo con el mundo.

Otras ventanas de esperanza, a las que podemos asomarnos y suceden todos los días, son, por ejemplo, cuando alguien asiste con un doctor con la esperanza de curarse o acude con un abogado o a un tribunal para que se haga justicia sobre un tema o cuando los niños van a la escuela con la esperanza de un futuro; estos momentos son los que, a quien esto escribe, le dan la esperanza de escribir algo que pueda conectar a otros con ustedes, los lectores.

Ojalá que podamos cuidar nuestra propia llama de esperanza y tengamos el coraje de contagiarla a otros. Ojalá, porque es un deseo expresado sin certeza, pero sí con mucho anhelo. Ojalá los tiempos mejoren para todos.

¿Cuáles son los ojalá de ustedes?

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