La música es una forma de recordar
La música cura porque abraza, porque crea, porque permite volar y tener en la mente las palabras que no se dicen o no se han dicho. Si no hay música, entonces será necesario crear un protocolo y echarla a andar.
Es curioso que en estos tiempos las personas se reúnen para comer, para ver películas, para mirar un partido de futbol y pocas veces se reúnen para escuchar música juntos. Cuando eso sucede se puede recordar después como un momento muy íntimo. En algunos de esos momentos la música sugiere las palabras que no se pueden decir entre los que la escuchan, pero acaricia el corazón de los que comparten dicho espacio, a veces de consuelo, de resignación, de amistad o de amor. A veces la presencia de la música es tan fuerte (no en sentido de decibeles) sino en su sentido, que es difícil escucharla en quietud. Imagino que por eso también el ser humano tuvo necesidad de bailar.
La mayoría de las veces la música se escucha a solas. A veces estás haciendo algo y escuchas una canción y detienes tu actividad porque requieres de toda tu presencia para disfrutarla; para saborear cada palabra, cada frase que conoces de memoria quizá, aunque acompañarlas desde el exterior las hace más reales. No sólo pensadas, sino profundamente sentidas.
¿Se han preguntado qué podría estar aconteciendo dentro de nosotros para que eso suceda? En lo personal, encuentro mucha música profundamente conmovedora, tanto que no dejo de preguntarme ¿qué hace la música en el cuerpo que nos hace temblar, vivir, recordar, alegrarnos o doblarnos? Con su sola presencia sin cuerpo. Porque eso es: ondas sonoras, energía que no podemos tomar con los dedos ni apretarla entre las manos, aunque quizá los músicos la puedan asir, el resto no podemos sino hablar solamente de si la música mueve almas o espíritu. Tal vez sea cierto, pero pareciera insuficiente. Entre las lecturas de estudio y las que se atraviesan en mi camino encontré algo que podría explicar por qué la música nos permite entrar en un profundo estado de conciencia, lo que A. Damasio llama core consciousness.
Para entender esto es necesario pensar desde las neurociencias. Mark Solms y Oliver Turnbull, en su libro El cerebro y el mundo interior. Una introducción a la neurociencia de la experiencia subjetiva (FCE, 2008) plantean que la función de la conciencia es intrínsecamente biológica y que sus raíces tienen una función evaluativa que califica cómo nos sentimos acerca de las cosas, bien o mal o en algún lugar entre estos polos, al monitorear las estructuras y vísceras de nuestro cuerpo. Su función, pues, es monitorear el cuerpo y ver cómo anda. Sin embargo, la conciencia incluye algo más. Es capaz de integrar dos mundos, tanto el interior de nuestro cuerpo como el mundo exterior, ése del cual satisfacemos nuestras necesidades. Por ello consigue evaluar y monitorear lo que está pasando a mi alrededor.
Así, la conciencia es el estado del ser. Éste soy yo, en este cuerpo, ahora mismo y me siento de esta manera en este mundo en el que vivo. Somos conscientes de nuestra conciencia (Solms y Turnbull), y eso muchas veces puede pesarnos, porque nos llena de responsabilidad y de la imposibilidad de escaparnos de nosotros mismos. Estos momentos pueden causar mucho dolor y a veces son los que empujan a la terapia. También la terapia es acompañar el cansancio de la conciencia.
Es cuando la música adquiere ese lugar especial, ya que nos permite conectar el pasado con el presente. Saber que somos en ese cuerpo, y también nos remite a sentir lo que ese mismo cuerpo sentía en el pasado al escuchar por primera vez esa canción o esa melodía. Entonces, por un momento, podemos sentir lo que fuimos, muchas veces en momentos con menos deberes, angustias o responsabilidades. Somos música. Somos ese pasado con la posibilidad de sentirlo en el presente. Y eso es algo que, si bien es complejo, de explicar, al momento de sentirlo, experimentamos la magia.
La música cura porque abraza, porque crea, porque permite volar y tener en la mente las palabras que no se dicen o no se han dicho. Si no hay música, entonces será necesario crear un protocolo y echarla a andar. En momentos de mucha depresión a veces lo único que logra entrar al cuerpo es la música.
Hay música que suena a domingo en la tarde, otra que se escucha como fiesta de paga de los años ochenta o a una comida en el restaurante de un amigo, o al cumpleaños con pastel en la casa paterna...
Somos cuerpo y la música es parte de las delicias de tenerlo. Cada uno tiene su propia música que ya es parte del cuerpo. ¿Cuál es la tuya?
