Freud y, ¿un consuelo?

La pulsión de muerte, dice Freud, es ese extraño impulso que tienta a lo vivo a regresar al estado inanimado; es decir, a algo parecido a la muerte. Pero al igual que Tánatos, este impulsoes silencioso, una muerte suave y lenta. En contraparte, la pulsión de vida consiste en dificultarle y alargarle el camino a la muerte. La pulsión de muerte es lo contrario: quiere acortar ese camino.

“Arrastrados por el torbellino de esta época de guerra, sólo unilateralmente informados, a distancia insuficiente de las grandes transformaciones que se han cumplido ya o empiezan a cumplirse y sin atisbo alguno del futuro que se está estructurando, andamos descaminados en la significación que atribuimos a las impresiones que nos agobian y en la valoración de los juicios que formamos". Freud en Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte, 1915.

En estos tiempos abrumadores, nada consuela tanto como acompañarse de grandes maestros pensadores que vivieron —y también sufrieron— la naturaleza humana. Es por esto que los invito hoy a pensar sobre aquello que es impensable, que escapa a nuestra comprensión: esta humanidad que no entendemos en tiempos de guerra que se llena de horrores.

Nos cuesta pensar cómo en una época en la que la educación ha ganado espacios es posible que sucedan ataques de barbarie y, sin embargo, debemos analizar cómo son los impulsos más primitivos que emergen precisamente en estos momentos.

Freud resalta, de manera sombría, que en realidad el ser humano está lleno de impulsos primitivos, egoístas y defensivos. Es decir, que se puede reaccionar con mucho odio ante el miedo; pero también habla de cómo la vida en sociedad, en comunidad, nos educa para ir abandonando los impulsos más negativos, en tanto que el niño aprende que es querido y apreciado por ciertas conductas en las que abandona su egoísmo. De esta manera, la educación es algo así como una coerción exterior, que en algunos casos puede llevar a una verdadera transformación de los impulsos, pero en otros casos sólo consigue disimularlos y mantenerlos bajo la piel. Esto significa que hay una careta a estos impulsos hostiles y crueles.

Así, todo aquello que pensamos que ha generado la civilización, ésa que queremos pensar como progreso, no es más que un refinamiento de comportamientos que no tiene que ver con una evolución de la humanidad. Finalmente, “la guerra ha hecho patente el fenómeno apenas concebible de que los pueblos civilizados se conocen y comprenden tan poco, que pueden revolverse, llenos de odio y de aborrecimiento, unos contra otros”, recalca Freud.

Con ese estilo literario, que le hizo ganar el Premio Goethe en 1930, Freud nos recuerda que las ilusiones nos son gratas porque nos ahorran sentimientos desplacientes y nos dejan, en cambio, gozar de satisfacciones. Pero, entonces, ¿habremos de aceptar sin lamentarnos que alguna vez choquen con un trozo de realidad y se hagan pedazos? La ilusión de vivir en un mundo civilizado, la ilusión de que todo el mundo desea la paz y la ilusión de que el ser humano es bueno de entrada son expectativas que caen estrepitosamente en tiempos como los actuales.

Después de la Primera Guerra Mundial, Alemania fue la gran perdedora y la sociedad estaba sumida en la miseria preguntándose si la guerra podía ser inevitable. Esta realidad obligó a Freud a ir más allá de la teoría (que en sus inicios consistía en una oposición de pulsiones sexuales y de autoconservación, lo que ocasionaba los principales conflictos psíquicos con la vida). Si se vio obligado a plantear la pulsión de muerte fue porque después de años de clínica observó algo inentendible, pero que, le pareció, es intrínseco, de nacimiento. Un algo que se percibe en muchas ocasiones y que consiste en cómo el ser humano repetidamente realiza acciones que lo llevan a autodestruirse, aun de manera inconsciente.

La pulsión de muerte, dice Freud, es ese extraño impulso que tienta a lo vivo a regresar al estado inanimado; es decir, a algo parecido a la muerte. Pero al igual que Tánatos, este impulso es silencioso, una muerte suave y lenta. En contraparte, la pulsión de vida consiste en dificultarle y alargarle el camino a la muerte. La pulsión de muerte es lo contrario: quiere acortar ese camino.

Desde las neurociencias, sobre todo en la investigación en neuropsicoanálisis, se discute mucho la validez de la pulsión de muerte. Quizá desde la teoría pura pueda ser debatida, sin embargo, lo que describe, que es la repetición de actos que le hacen daño que rebasan la compresión, que no pueden detenerse, aunque exista un ejercicio de la conciencia, ésa que estamos viviendo, muy a nuestro pesar, una y otra vez.

Quizá sólo queda permanecer con la modestia de la pregunta que planteó Freud hace casi un siglo: ¿pero quién puede, en tiempos como éstos, erigirse en juez de su propia causa?

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