¿Existe una crisis de masculinidad?
“Son tiempos muy extraños para ser hombre”, declaró el escritor estadunidense Robert Greene en una entrevista que publicó en sus redes sociales. Y es cierto: la masculinidad está en crisis y este hecho es particularmente difícil para los jóvenes y los niños. Greene afirma que esta crisis incluye la falta de modelos a seguir.
Para consolidar un feminismo incluyente es necesario ponderar qué tanto los géneros masculino y femenino tienen aportes desde sus diferencias. Para poder hacer esto, y continuando con la columna anterior, es necesario reconocer que para los hombres actualmente el presente tampoco es fácil, en tanto que el mundo cambió las reglas y su forma de pensar.
“Son tiempos muy extraños para ser hombre”, declaró el escritor estadunidense Robert Greene en una entrevista que publicó en sus redes sociales. Y es cierto: la masculinidad está en crisis y este hecho es particularmente difícil para los jóvenes y los niños. Greene afirma que esta crisis incluye la falta de modelos a seguir, y recuerda cómo lo vivió él: “Querías salir de la adolescencia y parecerte a alguno de los ídolos; sin embargo, hay (ahora) algo en crecer, en convertirse en un hombre maduro, que se convierte como algo negativo, algo tóxico”. Debemos asombrarnos ante la idea de que convertirse en hombre podría ser algo tóxico. ¿De dónde puede provenir semejante premisa? Es parte de una narrativa que se ha construido de manera relativamente reciente en el camino de señalar un sistema patriarcal que ha sido muy injusto con las mujeres.
En la necesaria generación de conciencia de un mundo desigual se ha señalado a todos los hombres como culpables. Pero, ¿cómo ha sucedido esto? En una especie de metonimia perversa que sería más o menos así: hacer equivalente al sistema patriarcal a la suma de hombres, señalar entonces que todos los hombres son opresores, y de ahí hacer de cada hombre un opresor. Así, las generalizaciones se convierten en armas persecutorias y tiránicas.
El problema está muy enraizado en la forma de pensar y de hablar. Para seguir mostrando lo grave del asunto, retomemos como lo apunta Greene: “La testosterona puede convertirse en algo horrible, pero también es algo que impulsa a salir del mundo, te hace hacer cosas en el mundo”. Es necesario detenerse ante esto, es como si la hormona masculina pudiera convertirse en veneno; imaginemos a todos los niños y hombres jóvenes que pudieran pensar que en su cuerpo hay una molécula química que puede ser potencialmente tóxica. Es como si ellos se pudieran convertir en personajes peligrosos para sí mismos y para otros. En esto no ayudan los conocidos como Helicopter parents, que están 24/7 sobre los hijos. Este control queda claro en memes que se refieren a que los jóvenes de 14 años que antes podían hacer babysitting (cuidar de otros) ahora son babysit (cuidados por otros).
Si consideramos que esta información se está recibiendo desde los años tempranos del niño, en que la mente y la identidad se van conformando de acuerdo con modelos y las normas que surgen en la comunidad en la que se vive, podemos entender cómo los menores van creciendo con mucha inseguridad sobre sí mismos o sobre lo que pueden hacer o pueden decir.
“Deben existir cosas buenas de ser hombre”, dice Greene. ¿Qué tan grave será el problema que este escritor trata de alentar con las palabras anteriores? Todo lo que implica esta frase es desolador. Como si no fuese evidente que en los géneros masculino y femenino tienen aportes desde sus diferencias y que es a partir de que se complementan que la humanidad sigue existiendo. Si devenir hombre es peligroso, entonces para los jóvenes es mejor permanecer en una adolescencia eterna o, peor aún, en una infancia tardía. Me pregunto y le pregunto al lector: ¿Cómo es posible que tengamos que aclarar esto?
El problema es grave y lo corroboran las cifras, los hombres están cometiendo cuatro veces más suicidios que las mujeres (datos para Estados Unidos en el año 2022). A propósito de esto, Scott Galloway, profesor en la NYU Stern School of Business, considera que la generación actual de jóvenes (varones) está “pagando” los platos rotos de la generación anterior, en que ser hombre era muy privilegiado. Y va más allá: deja ver que “si tienes empatía por los hombres, eres antimujer”. Cuando el cuidado por el otro se trata de bandos, impide reflexionar sobre el problema porque pareciera que poner atención en esto sería un abandono de conciencia sobre la diferencia de igualdades entre hombres y mujeres, como lo marca el deber ser actual.
Este autor, al igual que Robert Greene, concluye que lo que se requiere son más modelos a seguir: “If we want better men, we need to be better men” (“Si queremos mejores hombres, requerimos ser mejores hombres”).
Cabe una reflexión tanto para hombres como para mujeres que no debe admitir una respuesta fácil: ¿Qué es ser un “mejor hombre”? Y, sobre todo, ¿ser mejor para quién?
