El sonido y la conexión con la vida

¿Qué pasa entre el oído, el sonido y nuestro propio cuerpo? Que sólo en el silencio podemos tener esa conversación con nuestro propio cuerpo. En el ensayo El derecho al silencio, Jimena de Gortari dice que: “El silencio es la posibilidad de escuchar esos pequeños y tenues sonidos, no es la ausencia absoluta de ruido, sin embargo, hemos perdido la idea de lo que es” (2019).

Como seres humanos requerimos estar conectados con el mundo exterior para asegurar nuestra sobrevivencia. Esta necesidad ha provocado el desarrollo, a lo largo de millones de años, de una red de sofisticados engranajes dentro del cuerpo, una filigrana casi milagrosa interconectada por el sistema nervioso. Este sistema está encargado de recibir los estímulos del exterior a partir de células ubicadas en todo el cuerpo y que su función depende de su localización; por ejemplo, las palmas de las manos que pueden sentir el calor, el frío, el dolor, la textura de una tela, de la arena o de una fruta; los labios tienen más de un millón de terminaciones nerviosas y por eso son una de las partes más sensibles del cuerpo o el sistema nervioso entérico (del esófago al intestino), que tiene más de 100 millones de terminaciones. También en este enjambre de nervios está la magia del oído, que posee más de 15 mil terminaciones nerviosas que transforman las ondas en impulsos eléctricos que son descifrados en el cerebro, con el objetivo de poder codificar el mundo, porque el sonido es uno de nuestros puentes más importantes con la vida. Esta relación no se limita al mundo exterior, sino que genera también una relación con nosotros mismos; nuestro cuerpo es la conexión con el mundo exterior y con la interfaz entre ese mundo exterior y nuestro propio.

El mundo es un generador de sonidos, para la doctora Jimena de Gortari “es reconocido el carácter subjetivo del sonido porque depende de la percepción de cada persona… un mismo sonido puede ser considerado un elemento molesto para algunas personas mientras que para otras resulta agradable, o simplemente puede llegar a pasar desapercibido. Esto puede estar determinado por las características del receptor y del momento en el que este sonido es recibido... y por los antecedentes socioculturales, lo habituado que esté a ese sonido en particular, lo continuo o intermitente, la edad y el género, entre otros” (Sonidos agradables, 2023). Las experiencias van impregnando los sonidos de diferentes sentidos y los acompañan de una carga emocional. Por ejemplo, un ruido fuerte y seco activa el mecanismo del sistema de emoción de FEAR (miedo). Este ruido puede provocar un miedo paralizante para un niño muy pequeño que no puede codificar lo que está escuchando, mientras que si lo escucha un adulto quizá se activa FEAR (el miedo), pero también puede entrar el pensamiento que, gracias a una serie abundante de experiencias previas, buscará identificar de qué tipo de ruido se trata, si representa un peligro inmediato o si tiene que actuar. Así, lo inmediato en el sonido ayuda a descifrar si estamos en peligro o a salvo. Un sonido puede ayudar a relajarse a algunos (el ruido del mar o de la lluvia) y para a otros los prepararía para la huida o la lucha.

De acuerdo con la doctora Deb Deana, existe una respuesta del sistema nervioso central autónomo a diferentes sonidos, aunque muchas veces no se es consciente de cuándo un sonido empieza o cesa (“¡Ah, por fin!, había algo que me estaba molestando o irritando y no me había dado cuenta”). En el libro Anchored. How to Befriend your Nervous System Using Polivagal Theory, Deana explica: “Nos sentimos a salvo nuestros oídos se ‘afinan’ a la frecuencia de la voz humana y buscamos sonidos amistosos. Cuando estamos y ansioso buscamos sonidos de peligro y la presencia de depredadores para estar a salvo” (2021). Esto nos dice que nuestro estado emocional nos predispone a sentir y conocer el mundo, pues privilegiamos la escucha de uno u otro tipo de sonido. Y va más allá: “Así hay tonos que invitan a la conversación y hay otros que evocan peligro, así ya no escuchamos las palabras, sólo el tono de la voz”.

¿Qué pasa entre el oído, el sonido y nuestro propio cuerpo? Que sólo en el silencio podemos tener esa conversación con nuestro propio cuerpo. En el ensayo El derecho al silencio, Jimena de Gortari dice que: “El silencio es la posibilidad de escuchar esos pequeños y tenues sonidos, no es la ausencia absoluta de ruido, sin embargo, hemos perdido la idea de lo que es” (2019).

Podemos imaginar el efecto negativo del ruido en la mente humana: no permite discernir bien el mundo en el que se vive, puesto que impide las señales sutiles y sólo las más escandalosas o abusivas alcanzan registro. O aún peor: hace enmudecer al cuerpo, ya que los sonidos del cuerpo (estómago, articulaciones, latidos del corazón o la respiración) pasan a un plano muy lejano y no los escuchamos. Dejamos de oírnos, y por eso el estrés de la vida diaria tiene tantas consecuencias, porque dejamos de darnos cuenta de los cambios que se iban generando en nuestro cuerpo hasta que ya es tarde y se padece diabetes, hipotiroidismo, arritmia, colitis nerviosa u otras afecciones.

Esta es, pues, una invitación a buscar lugares de silencio para uno mismo, para escucharse desde dentro, pero no como una metáfora, sino para comprender el lenguaje de nuestras propias vísceras. ¿Está el lector listo para hacerlo?

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