El crimen del CCH Sur: del dolor de la frustración a la violencia

El bullying o vivir en un hogar monoparental o de familia reconstituida no lleva al asesinato.

Es necesario comenzar estableciendo que un trastorno mental no es equivalente a conducta delictiva. Esta idea sólo lleva a acrecentar el nivel de estigma para hablar de cuidado y salud mental, y a invisibilizar los problemas que sí pueden ser tratados. Como lo mencionó el psiquiatra Nicolás Iván Martínez López en el Foro Salud Mental Forense: Análisis desde la salud mental forense. “Se atribuye un estado peligroso a personas dementes, adolescentes abandonados, vagabundos, enajenados, el alcoholismo, (así) la peligrosidad está asociada a la presencia de un trastorno mental y generar una conducta violenta o delictiva para la sociedad en la que se desarrolló… como si (la existencia de un) un trastorno incrementa el riesgo que un sujeto se vuelva en delincuente”.

Esto genera un enorme problema, porque pareciera que la variabilidad de una norma o estándar social, propiciara el aumento de las posibilidades de convertirse en sujeto peligroso para la sociedad, sobre todo alerta acerca de los inconvenientes de no estar dentro de una norma (ruptura de la pareja parental, aislamiento o ensimismamiento debido a depresión, problemas de sustancias psicotóxicas, etcétera). Este problema es señalado en el caso del asesino del CCH Sur. Una nota del periódico El Heraldo, del día 26 de septiembre de 2025, señala que Lex Ashton, el victimario, había sido víctima de bullying, que tuvo un intento previo de suicidio y que en su familia existían antecedentes de trastorno bipolar y depresión; como si estás condiciones pudieran ser suficientes para explicar un odio tan horrible y una incapacidad de frenar los propios impulsos que conllevaría a la intención, incumplida, de asesinar a seis personas. Recurrir a esta explicación es validar la frustración y la nula regulación emocional de los individuos, porque experiencias como el bullying o vivir en un hogar monoparental o de familia reconstituida es altamente común y no lleva al asesinato. De acuerdo con el Inegi, en una encuesta de 2022, en México 28% de jóvenes entre 12 y 17 años fueron víctimas de acoso escolar en los últimos 12 meses; en cifras globales, la Unesco reporta, en 2023, que un tercio de estudiantes de 11 a 13 años fueron víctimas de bullying durante el último mes (imaginemos como serían los números a lo largo de un año). En cuanto a hogares de un solo padre o familias reconstituidas no se encontraron cifras en México; sin embargo, en Estados Unidos forman, al menos, 25% de la población. A pesar de estas cifras, no tenemos a 35% de la población cometiendo crímenes contra la sociedad.

Un factor importante es el recrudecimiento del odio evidente en algunos foros de internet, que debe ser estudiado y quizá regulado, en particular el grupo de los llamados incels (Involuntary Celibate), que integran una subcultura en línea, compuesta principalmente por hombres heterosexuales, a quienes se les dificulta tener una pareja romántica o sexual, y responsabilizan a la mujer de su imposibilidad. Su frustración ante la incapacidad de establecer lazos se transforma en odio, y terminan por odiar eso que fue objeto de su deseo. Y esto sí podemos pensarlo desde el psicoanálisis. Freud advirtió, desde El malestar en la cultura (1930), que la cultura era posible sólo cuando el hombre podía renunciar a lo pulsional y era capaz de sublimar: elaborar sus impulsos en algo que contribuya a la sociedad (el caso más logrado de sublimación es el del arte). Y cuando esto no sucede se vuelve en forma de agresión contra el otro: “El prójimo no es solamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”.

También en la línea del psicoanálisis, Bergeret advierte del narcisismo patológico, señalando que lo más grave es la incapacidad de entablar lazos con el otro y señala: “La violencia homicida aparece cuando la identidad narcisista no ha encontrado suficientes objetos buenos en el exterior que la sostengan; la carencia de esos objetos hace que todo vínculo se viva como amenaza de aniquilación” (La violencia fundamental,1971). Así, el dolor ante la falta de conexión, en lugar de atravesarlo lo convierten en humillación, como parte de su herida narcisista y convierte al otro en culpable de su propia carencia. De ahí puede ir a una violencia fantaseada o, en el caso del asesino del CCH Sur, actuada. Éste es un crimen de odio.

Este joven asesino es incapaz de reconocer que el odio originado por su propia envidia lo lleva al crimen más vil y su evaluación psicológica lleva el sello de querer desculpabilizar, si bien es un tema sistémico, al crimen, lo que lo detiene es la ley, no la psicología ni la sociología.

Temas: