De la tristeza a la indignación

El duelo es un estado acompañado de una desconexión con el exterior, de la sensación de apatía y empobrecimiento del mundo y de la falta de interés por las cosas que nos ofrece.

A menudo ocurre que elegimos las palabras, no en el diccionario del hablar, sino del callar. Como si hiciera sol, como si estuviéramos felices, en latín laeti, en casa todo bien.

Andrea Marcolongo

Existen momentos de muchísima tristeza, Freud, en su texto Duelo y melancolía, establece que hay muchos motivos para el duelo. En general, se considera que el duelo se refiere a la muerte o pérdida de alguna persona  cercana o que ha salido de nuestras vidas, pero también considera que el duelo es necesario cuando se pierde la patria y hay que vivir en el exilio.

El duelo es un estado acompañado de una desconexión con el exterior, de la sensación de apatía y empobrecimiento del mundo y de la falta de interés por las cosas que nos ofrece. Desde hace algunos meses vengo escuchando a pacientes, familiares y amigos con esta sensación de pérdida, la cual, sin duda, recrudeció a partir del martes pasado. La sensación de impotencia inunda la vida y el pensamiento, se escuchan fantasías de fuga hacia otros lugares, o la decisión de no pensar más en la política y, por lo tanto, del desinterés en ser ciudadano; entonces, sólo mirar por uno y, quizá, por la comunidad más cercana.

La tristeza es este lugar necesario que visitamos –o que nos visita– en la forma de desamparo, pues, como dice el poeta David Whyte en Consolations: The Solace, Nourishment and Underlying Meaning of Everyday Words, “(nos) acoge cuando no tenemos otro lugar a donde ir, cuando sentimos que el corazón ya no puede romperse, cuando nuestro mundo o nuestros seres queridos desaparecen, cuando sentimos que no podemos ser amados o que no merecemos ser amados, cuando nuestro Dios nos decepciona, o cuando nuestro cuerpo carga con un dolor profundo de una manera que no parece desaparecer”.

Este desamparo, para muchos mexicanos, se ha convertido en desesperanza, pareciera que ya no podremos hacer realidad sueños que veíamos alcanzables, metas que fueron un eje para nuestra vida. La tristeza, entonces, nos permite hacer un alto para intentar repararnos, y está bien dicho: repararnos, porque no podemos hacer nada en el afuera, no parece que podamos tener injerencia en lo que sucede alrededor, así volvemos a un estado muy “puro”, en el cual tenemos que recargarnos a nosotros mismos, que nos insta a recordar cuáles son esos puntos que nos anclan a una vida personal y a nuestro ámbito social. Repensar nuestro lugar en el mundo y, con la tristeza a cuestas, ir encontrando maneras de articularnos para seguir adelante.

Cuando la tristeza nos visita es importante dejarla entrar, hacerle un lugar. Debemos escucharla, sentirla y también tenemos que aprender a separarnos de ella, dejarle una puerta de salida. No se irá en un instante ni para siempre, a veces requerirá más tiempo. La tristeza es como un invitado al que, después de despedirlo, le abrimos la puerta, luego –quizá– le ponemos la silla en la salida para que, por fin, entienda que ya no tiene lugar en nuestra casa.

Reconociendo el lugar de la tristeza, conviene hacer un alto para organizar esa sensación de desbarranco emocional en el que parece caer un segmento de la sociedad. El 10 de septiembre, el martes negro, se sesionó para buscar la aprobación de una reforma al Poder Judicial. La manera en que se suscitaron los hechos no permite pensar que se aprobó una reforma legítima, sino que se dio un golpe al Poder Judicial; porque para su aprobación se infringieron varias leyes, por ejemplo, la sobrerrepresentación en la actual legislatura que, además, en su origen tiene una dudosa legitimidad en las urnas debido a la injerencia del Ejecutivo en las elecciones. La más reciente es que no se garantizó la libre votación de los legisladores, puesto que algunos fueron extorsionados o amenazados, independientemente de que la calidad moral y ética de dichos senadores sea cuestionable.

En el universo de neurociencia afectiva, las emociones de Fear y Panic/Grief pueden paralizar la acción, refugiarse en el congelamiento del cuerpo y sólo dejar los sentidos aguzados para seguir percibiendo señales del medio. Por otro lado, la indignación que es una manifestación secundaria de Rage, permite la acción y la defensa, pues también está al servicio de la supervivencia. Quizá teniendo claridad al nombrar las cosas, nosotros, como sociedad, podríamos movernos del pasmo del desamparo a la energía de la rabia, sin importar por quién se votó. Y así, deslizarnos de la tristeza a la indignación.

Temas: