La competencia por la moralidad

La superioridad moral es una abierta manifestación narcisista. Un ejemplo claro es “La flotilla de la libertad” que buscaba desafiar un supuesto bloqueo a Gaza. Las imágenes parecían más un reality show que una acción altruista, las escenas mostraban, más bien, una expansión del yo

En la década de 1980 no existía una competencia por la moralidad, lo cual no significa que no hubiera moral. Lo que sucedía era que no generaba prestigio ni estatus. Quizá en ciertos grupos católicos, pero con límites muy claros, marcaba normas que definían quién era más recto o cuidadoso de preservar la moral sexual. Actualmente, la moral compite todo el tiempo, está presente en todos los ámbitos, en las ideas políticas, los grupos étnicos, el nivel de empatía, etcétera. Además, es cambiante. La moral no se define sobre un eje, sino que está sostenida sobre las causas; lo que propicia que nademos en mareas cambiantes, pareciera que hay enfrentamientos ideológicos por doquier.

Y, en sentido estricto, ¿qué es la moral? Para la RAE, “la moral es lo relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva”. Pero algo sucede con la moral moderna que no sólo busca obrar, sino que necesita mostrarse, ser reconocida. Es muy gregaria, por lo que posibilita sentirse parte de “algo”, como si el sujeto pensara que “desde la individualidad de lo que creo que es bueno, que me encuentro con otros que son iguales a mí y, por lo tanto, lo que creo y pienso es correcto y justo”. Ésta es una posición narcisista identificatoria. En Psicología de las masas y análisis del yo (1921), Sigmund Freud describe, primero, la identificación —el vínculo más antiguo que puede existir con el otro—, la cual consiste en ser como el otro; es el caso de los niños que de pequeños se identifican con sus padres y quieren ser como ellos. Más adelante en el texto, Freud plantea un modo particular: la identificación histérica, que es narcisista porque el otro no es amado como otro, sino usado como soporte del propio yo. Es decir, el yo se engrandece (reafirmándose en lo que ve en el otro) y se vuelve en el centro de la historia. Así, muchas veces no se trata del contenido de lo que “pienso” sino de que YO lo pienso.

La superioridad moral es una abierta manifestación narcisista. Un ejemplo claro es “La flotilla de la libertad” que buscaba desafiar un supuesto bloqueo a Gaza. Las imágenes en redes sociales parecían más un reality show que una acción altruista, las escenas mostraban, más bien, una expansión del yo. Una apropiación del lugar de la importancia del otro (las víctimas), donde el todo no era más que la solución imaginaria a una carencia narcisista. ¿El resultado? Un grupo que se veía a sí mismo como imagen moral.

¿El narcisismo es malo? No. No es ni bueno ni malo. El narcisismo no es un tema moral, es un paso necesario en la constitución del yo, en el que la libido (energía de vida) está concentrada en el sujeto. Por ejemplo, una falla en el narcisismo puede verse en muchas ocasiones en el estado de una persona que ha abandona su yo, cuando quizá hay un extremo desarreglo o desaseo. El exceso de narcisismo, en el cual sólo hay espacio para una sola persona y su conjunto de ideas, es otro trastorno. Esa situación dificulta la posibilidad de compaginar la vida con una persona que se comporte así.

El problema es que los movimientos ideológicos se han aprovechado de las heridas narcisistas para obtener energía y hacer de esos vacíos una causa de vida; de ahí que la solución sea montarse en la superioridad moral, lo cual implica que se tiene una posición ética más elevada que el resto. Es subirse a un pequeño ladrillo y sentirse que se tiene la autoridad moral para juzgar a los otros, el derecho a silenciar a los que discrepan y, por supuesto, la idea grandiosa de estar “del lado correcto de la historia”.

Dos problemas inmediatos de la superioridad moral son la empatía suicida y la cultura de la cancelación. En el primer caso, es Gad Saad el que acuña este concepto en redes y publica el libro Suicidal Empathy, en el que profundiza en esta forma de empatía mal calibrada, que carece de reciprocidad y, por lo tanto, termina siendo autodestructiva. Lo da todo sin esperar nada. La empatía suicida sólo es posible porque el sujeto se vive a sí mismo como moralmente superior y, desde ahí, necesita mostrar lo correcto. Las consecuencias en el caso de políticas públicas suelen ser desastrosas, como lo ha demostrado la migración desbordada, sin ley y sin límite en países de la Unión Europea.

La superioridad moral convierte la empatía en dogma. La superioridad moral no tolera el matiz porque el matiz amenaza la identidad moral. La superioridad moral está en el origen de la polarización y, por tanto, de la cultura de la cancelación (https://www.excelsior.com.mx/).

Las consecuencias de la superioridad moral son graves. La salida real no es a nivel de la razón, lo que exige es poner límites al propio narcisismo. Y éste es un trabajo personal, constante y muy incómodo. De ahí, la dificultad del mundo en el que vivimos.

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