El arte de mirar atrás
Cuando ganamos tiempo para nosotros, nos estamos dando espacio para gozar de lo que es nuestra propia vida a través de la memoria. Lo hacemos al mirar fotos en las que nos reconocemos con alguien en un álbum, sobre una repisa o en el celular; lo mismo sucede cuando en un café o en el radio o al pasar escuchamos una canción que nos recuerda algo
“No mires atrás” es un consejo muy socorrido que, por lo general, hace referencia a no caer en el regodeo de algo que nos ha dañado, ya sea por una acción intencional, una equivocación o incluso por la pérdida. Sin embargo, existe también un placer especial en recordar como cuando se acaricia un terciopelo agradable al tacto; así, se acarician los buenos recuerdos. Esta capacidad de recordar se privilegia con el recurso, cada vez más escaso, de tener tiempo. Esta es una posibilidad de la mente para salirse del camino esperado de la productividad y de la eficiencia.
Cuando ganamos tiempo para nosotros, nos estamos dando espacio para gozar de lo que es nuestra propia vida a través de la memoria. Lo hacemos al mirar fotos en las que nos reconocemos con alguien en un álbum, sobre una repisa o en el celular; lo mismo sucede cuando en un café o en el radio o al pasar escuchamos una canción que nos recuerda algo. O cuando mientras hacemos limpieza de casa y nos percatamos de que tenemos que sacar cosas que ya son basura en lo material, pero no en la memoria: un boleto de un concierto, del cine, un programa del teatro, el folleto de una exposición que visitamos, incluso ese papel sobre el que anotamos cosas importantes (en su momento) tras una llamada. Nuestra historia está en nuestros objetos de manera contante para ser recordada. Así que no mirar atrás debe estar limitado a unos cuantos momentos porque en realidad uno es su memoria.
Mirar atrás es, además de poético, un trabajo meticuloso y deslumbrante al cual podemos asomarnos gracias a los avances de las neurociencias. Cabe señalar que las neurociencias han sido las consentidas de los Premios Nobel durante los últimos 50 años, se han otorgado más de 10 premios desde la década de 1970 hasta 2021. Este hecho lo podemos ver como un signo de fascinación por entender cómo funciona la mente. Eric Kandel, uno de los pioneros, fue galardonado, en el año 2000, por sus investigaciones sobre los mecanismos moleculares de la memoria. Lo cual nos invita a unir memoria y neurociencia. Este médico propone, en el Principles of Neural Science, que “la memoria se refiere a la persistencia del aprendizaje a lo largo del tiempo”. Esta frase subraya que recordar se trata de aprender (al menos así es como lo explica la Real Academia Española). Si se trata de la adquisición de conocimiento de “algo” por medio del estudio o de la experiencia, se deduce que tiene una tendencia a la formación o instrucción, lo que podría complicar su relación con la memoria. Pero las palabras casi siempre traen más sentidos, y una segunda definición de la RAE, que nos interesa más, es que aprender es “fijar algo en la memoria”. Este concepto nos conduce al terreno de las neurociencias.
Para empezar, aunque nos guste mucho la poética del espíritu, al ser quizá víctimas del hiperrealismo, Kandel nos explica que “la memoria es un proceso biológico: es un conjunto de cambios moleculares y celulares que ocurren en las neuronas”. Así que, aunque exista algo de magia, se trata de un estrato orgánico, ya que “el aprendizaje produce un cambio en la conducta, y la memoria es la persistencia de ese cambio. A nivel celular, esta persistencia resulta de cambios en la fuerza de las conexiones entre neuronas”. La memoria no es otra cosa que aprendizaje y requiere de una modificación de la fuerza de las conexiones sinápticas entre las neuronas. Esta sinapsis se da a través de las conexiones que hacen las neuronas entre sí y estas millones de conexiones son las que posibilitan que se fije algo en nuestra mente.
En su texto In search of Memory, Kendel ya relaciona la memoria con el recuerdo y propone que si el aprendizaje es la modificación de la memoria, el recuerdo implica la reactivación de esas redes que algunas fueron modificadas: “La memoria se almacena en el cerebro como cambios en la fuerza de las conexiones sinápticas, y el recuerdo implica la reactivación de esas redes alteradas”.
Entonces, si la memoria se refiere a la persistencia del aprendizaje a lo largo del tiempo, podemos entender la poesía en la obra La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí, quizá una de las más emblemáticas que, además, se anticipa a las neurociencias.
Los recuerdos que más se activan son los que mejor se consolidan. Así, aquello que activamos será lo que se fortalece. ¿Sabe usted, querido lector, qué escoger recordar cuando mira hacia atrás? Quizá debamos aprender más sobre nuestros recuerdos para elegir los mejores y así armar el mejor ramillete posible.
