Por Marisol Escárcega
Una muerte por sí sola ya es cruel, pero un feminicidio es devastador. En ese sentido, uno solo debería bastar para mover las entrañas de cualquiera, claro, de cualquiera que tenga sentido común, empatía, respeto, valores…
Para ser claros, el feminicidio de la española Claudia Tacoronte sacudió políticamente al país porque era extranjera, no por su muerte en sí, de otra forma, los 11 feminicidios que ocurren a diario en el país serían prioridad para las autoridades.
Y es que este año, antes de Claudia ya habían asesinado a tres estudiantes de la UAEM. Ninguna de sus familias contó con la rápida actuación de las autoridades de ningún nivel como ahora lo hicieron; esas familias siguen sin respuesta, sin verdad ni justicia.
El problema es aun mayor. Hace años, escuchaba en una entrevista al escritor Juan Villoro, quien reflexionaba sobre varios temas, uno de ellos era el aguante del mexicano. Y si bien se podría entender como la capacidad (cualidad, le llaman algun@s) que, como pueblo, tenemos para recuperarnos o salir adelante ante una adversidad, lo que realmente quiso decir es que como mexican@s solemos aguantar y aguantar todo lo que nos pase.
“Ahí Dios dirá”, “Dios proveerá”, “mañana será otro día”… frases que de alguna forma nos dan consuelo, más bien resignación, diría yo, ante lo que se nos salió de las manos, una desgracia, incluso una injusticia.
Sobrevivimos a los horrores que cada día vemos. Nos duele e indigna por un tiempo el sufrimiento de otr@s, pero hasta ahí. Tanto que, como dijo la hermana de Claudia, hemos normalizado la violencia, y eso para las mujeres es peligroso, porque las agresiones que se ejercen en nuestra contra ya no le sorprende a nadie.
¿Acaso no han visto que cada vez que abren sus redes sociales hay una nueva ficha de una persona desaparecida, de una joven que fue a la escuela y ya no regresó, que su último paradero fue una papelería, el gimnasio, el trabajo…? ¿En qué momento dejó de horrorizarnos la desaparición de una persona, el feminicidio de una niña?
Y en esta dinámica se encuentran las autoridades de todos los niveles, ya que están rebasadas. Las Alertas de Género, herramientas, se supone, para prevenir, frenar y erradicar la violencia feminicida, están como una buena intención y nada más, porque, incluso entidades como Veracruz o el Estado de México tienen doble alerta, pero ¿y de qué sirve?, igual nos siguen asesinando.
Y, ojo, con esto no quiero decir que reprocho que en cinco días las autoridades hayan dado con el presunto responsable del feminicidio de Claudia; por el contrario, qué bueno que su familia haya tenido una justicia rápida y expedita, pero esa celeridad debería ser para todos los casos, sin importar clase social o nacionalidad.
No se imaginan la cantidad de casos que he visto, leído, escuchado en los que las familias de mujeres víctimas de feminicidio tienen que, literalmente, suplicarle a las autoridades para que investiguen o, en el colmo, hacer la chamba del ministerio público. Por otra parte, las mujeres no queremos disculpas. Las familias no quieren discursos sentidos, ¿eso de qué les sirve?, sus hijas no regresarán porque un funcionario ofreció disculpas por no garantizar la seguridad e integridad de una mujer.
Necesitamos un Estado que realmente haga su trabajo, como el que hoy hicieron, porque, sí, teniendo los ojos internacionales en la nuca demostraron que sí pueden coordinarse entre entidades y dependencias, y que sí hay recursos y ganas de investigar.
Ahora, hágannos un favor, y actúen así en cada caso, porque hay miles de familias que siguen luchando y nombrando a sus hijas para que su carpeta no quede en el olvido y tengan un poco de eso que llamamos justicia.
