Rubén Gómez fue el primer pitcher puertorriqueño en abrir un juego de Serie Mundial. Lo hizo con los Gigantes de Nueva York en 1954 en aquel Clásico de Otoño recordado por la atrapada de Willie Mays y en la que también le tocó participar al veracruzano Beto Ávila con los Indios de Cleveland.
Gómez abrió el tercer duelo frente al lanzador de origen mexicano Mike García. Ambos tuvieron una breve charla en español antes del juego en el que Gigantes se impuso 6-2 a Indios para ponerse en la antesala del título.
La participación de Gómez provocó que se diera un día feriado en Puerto Rico para poder seguir las acciones del juego. A su regreso a casa, el boricua tuvo un recibimiento de héroe por su victoria.
Rubén Gómez, de 1.83 metros de altura y 79 kilogramos de peso, era conocido como El Divino Loco, ya que era un lanzador temerario que rara vez dejaba la loma y retaba a los bateadores con pitcheos pegados. También porque le gustaba conducir como si fuera un piloto de la Fórmula 1 por las peligrosas carreteras de Puerto Rico.
El serpentinero se destacó por su lanzamiento de screwball. Los expertos lo tienen considerado entre las 10 mejores bolas de tornillo de la historia. Una lista que encabeza Carl Hubbell y que, en segundo lugar, ubica al mexicano Fernando Valenzuela.
Rubén Gómez era de los pitchers que disfrutaba lanzar todo el año. Después de la agotadora temporada en Grandes Ligas reportaba a la liga invernal de Puerto Rico en donde fue un ídolo. A la fecha, mantiene varios récords. También participó en las Series de Caribe, torneo en el que comparte la marca de victorias.
El desgastante trabajo en la loma de pitcheo pudo haber sido lo que le impidió tener una carrera más larga en Grandes Ligas.
El pitcher boricua jugó en ligas de Venezuela, Cuba, República Dominicana, Canadá y México. Lanzó hasta los 50 años y sumó cerca de 400 victorias.
En 1965, cuando jugaba con Pericos de Puebla, un niño se le acercó en la puerta del estadio para venderle un billete de lotería, pero el jugador se negó en primera instancia. “Tengo el 22, es el número que usted usa”, le insistió el pequeño. El pitcher aceptó comprarlo y la suerte le sonrió al ganar el premio.
Como gesto generoso, Rubén Gómez abrió un fideicomiso para el niño que le vendió el billete para que pudiera disponer del dinero a los 18 años.
En 2001, el beisbolista fue hospitalizado luego de una larga batalla contra el cáncer. Un especialista viajó desde México y pidió atenderlo. El pitcher puertorriqueño se sorprendió al enterarse de que se trataba de aquel niño al que había ayudado y, gracias al dinero que le donó, pudo pagar su carrera de medicina.
