Incertidumbre y arrogancia

Los efectos del covid tendrán un gran impacto en millones de personas a lo largo de México, son como una nube negra que aparece en el horizonte cercano. Como dice un pensamiento zen: “no hagas planes pues el diablo se reirá de ti”. Los maestros de esta antigua ...

Los efectos del covid tendrán un gran impacto en millones de personas a lo largo de México, son como una nube negra que aparece en el horizonte cercano.

Como dice un pensamiento zen: “no hagas planes pues el diablo se reirá de ti”. Los maestros de esta antigua filosofía oriental sostienen que es inútil pensar en el futuro, que el pasado no existe y que lo único que tiene sentido es vivir el presente a plenitud. Escribo esto porque dentro de las múltiples lecciones y aprendizajes que se empiezan a vislumbrar con la letal pandemia que agobia hoy al mundo, hay dos palabras que, me parece, han ido ganando terreno en el sentido de resumir lo que esta etapa representa: incertidumbre y vulnerabilidad.

El covid ha alterado la cotidianeidad de miles de millones de personas en cientos de países: los protocolos de convivencia social, las visitas a familiares y amigos, la presencia en las oficinas, los viajes de fin de semana, la difusión de la cultura, las comidas en lugares públicos y los espectáculos artísticos, deportivos. En el ámbito de los hogares, se dan a conocer muchísimas alteraciones en la forma en que se habían organizado las familias: los hijos tomando sus cursos en la televisión, uno o ambos padres sin empleo, uno o ambos trabajando a distancia.

En el ámbito público, los desajustes son profundos también: el desempleo alcanza cifras inéditas, hubo que cambiar los procesos económicos, las cadenas de distribución, recurrir a las reuniones a distancia con las limitantes que ello acarrea. Disminuir el número de personas en los centros de trabajo, reducir sus horarios y con ello, sus ingresos y  aplicar con rigor el retiro/despido de aquellos que presenten síntomas de estar infectados. En suma, los efectos que lo anterior tendrá en millones de personas a lo largo de todo México, es como una nube negra que aparece amenazante en el horizonte cercano, pasará un triste y largo tiempo para que se desvanezca.

Sus alcances, su duración son hoy inciertos, pero como dijo una de las periodistas estrella del canal televisivo CNN: “Tal vez esta sea la noticia más importante de nuestra época”. El tema ha logrado lo que nadie había logrado: unificar a los líderes políticos del mundo (salvo Trump) desarrollado a reconocer que no hay solución fácil ni próxima, que es el reto más grande y grave que enfrentan y que sólo con el esfuerzo, solidaridad y responsabilidad de toda la sociedad se podrán amainar sus devastadora consecuencias.

Trump en cambio, minimizó el problema, negó la existencia de la bacteria, después dijo que no sería grave, que pasaría rápido, perdió un tiempo precioso en ordenar a su gobierno trabajar en una política de prevención intensa, de identificación de posibles portadores, de inversiones acorde al reto en su sistema hospitalario. Hoy, con más de 203,000 fallecidos por esta enfermedad y dos millones de infectados (la mayor cifra en el mundo) sigue diciendo que “nadie lo ha hecho mejor”.

Intentó culpar a la frontera con México por donde, dijo, podría haberse internado la bacteria (sic). Por supuesto que el argumento es tan absurdo y pueril que no tuvo el menor impacto. Reconoció que había minimizado la letalidad de covid-19 “para no causar pánico” en su país. Haciendo alarde de su ignorancia dijo también que “el virus va por el aire. No tienes que tocar las cosas. Simplemente respiras el aire y así es como pasa. No tardará en desaparecer”.

Se negó a usar la mascarilla, lo que se ha interpretado como una muestra más de su soberbia e irresponsabilidad.

¿Pensará que la bacteria no será capaz de enfermarlo? ¿Qué su fortaleza física es tal que no corre riesgo alguno? ¿Cómo entenderá las enormes responsabilidades que conlleva ser presidente de su país y arriesgarse a caer seriamente enfermo?

En nuestro caso, el presidente López Obrador siguió un camino parecido: minimizó los riesgos, atraso la respuesta de su gobierno, se niega a usar la masacrilla, no impulsó una gran campaña para hacer conciencia de lo que está pasando, ni en sus diarias y cada vez más reiterativas entrevistas ni en los medios masivos de comunicación. ¿Cómo explicarlo? ¿Qué piensa en realidad?

Me da esperanza ver en las calles de la Ciudad de México que la mayoría de las personas porta su mascarilla. Que el gobierno local sí tiene una política de difusión, que la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, se protege en los actos públicos a los que asiste, inclusive en las mañaneras, que sabe lo que está en juego si esta tragedia no se controla razonablemente.

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