El Mundial que no podemos ver, Belinda imparable y los Fernández en guerra

Gustavo A Infante
Última palabra
Buenas tardes, buenas noches o buenos días, según la hora en que usted tenga el valor —y el tiempo— de leer estas líneas que, como siempre, van a decir lo que muchos piensan, pero pocos se atreven a escribir con todas sus letras. Aquí no hay medias tintas, no hay dobles sentidos, no hay complacencias. Aquí se dice la verdad aunque duela, aunque fastidie, aunque incomode a propios y extraños. Así que agárrese, porque hoy traigo la mesa puesta y los temas humeando.
Empecemos por donde más duele: el futbol. Sí, ese deporte que mueve pasiones, que paraliza ciudades, que hace llorar a hombres rudos y que, en este momento preciso de la historia, se está jugando una de las competencias más importantes del planeta. Y aquí viene lo que nadie quiere decir en voz alta pero todo mundo sabe: yo no puedo mencionarla por su nombre. Así como lo leen. El que suscribe estas líneas, el que lleva décadas en este negocio de los medios, no puede pronunciar el nombre de esa justa deportiva porque los derechos los tiene la Federación Internacional de Futbol y si alguna cadena de televisión o radio se atreve a usarla sin pagar lo que piden —que es una fortuna estratosférica—, llueven las demandas, los requerimientos legales y los dolores de cabeza jurídicos que ningún medio de comunicación quiere ni puede pagar. ¿Estamos en el año 2026 y no podemos ni nombrar un campeonato deportivo sin que nos caiga encima un batallón de abogados? Pues sí. Así de patético está el mundo del futbol organizado.
Pero esperen, que lo peor no es eso. Lo peor, lo verdaderamente indignante, lo que hace que me hierva la sangre cada vez que lo pienso, es que 99.9 por ciento de los mexicanos —eso es prácticamente todos— no tiene acceso a ver los partidos en su propia tierra. No porque no quieran. No porque sean flojos o desinteresados. No. Es porque no les alcanza el dinero. Porque la televisión de paga, las plataformas digitales, los paquetes de streaming que transmiten estos partidos cuestan lo que muchas familias mexicanas destinan a comer durante una semana o más.
Porque en este país donde el salario mínimo sigue siendo una burla disfrazada de cifra, pedirle a la gente que pague membresías, suscripciones y paquetes deportivos premium es como pedirle a alguien que se está ahogando que nade más despacio.
Y encima de todo eso, te prohíben mencionar el nombre del torneo en radio y televisión abierta. O sea: no ves los partidos porque no tienes dinero para pagar la plataforma, y encima tampoco puedes escuchar que te hablen de la competencia en los medios gratuitos porque los derechos de transmisión y de nombre están tan vendidos y tan amarrados que la información se convierte en un artículo de lujo. ¿Eso es futbol para todos? ¿Eso es el deporte más popular del mundo siendo accesible para las masas? Por favor. Esto es un negocio redondo para unos cuantos, disfrazado de pasión popular. Y lo más triste es que los aficionados mexicanos, que son de los más apasionados del mundo, de los que pintan sus caras, de los que lloran con cada derrota y gritan hasta quedarse sin voz con cada gol, son los que menos acceso tienen a ver a su selección y a los mejores equipos del mundo jugar en este torneo que, insisto, no puedo nombrar.
Yo no estoy de acuerdo. Nunca lo he estado. Y lo digo aquí, con nombre y apellido, sin miedo a las reacciones: el manejo de los derechos de transmisión del futbol es una estafa disfrazada de negocio. Los precios son una locura. Una absoluta locura. Y alguien tiene que decirlo, aunque los directivos de las federaciones y las televisoras que sí pagaron los derechos se enojen. Me tiene sin cuidado. El periodismo que no incomoda no sirve de nada. Porque, mire usted, este modelo que están usando las federaciones deportivas internacionales tiene trampa desde el principio. Venden la idea de que el futbol es el deporte del pueblo, el juego que nació en las calles, el pasatiempo de los que no tenían nada y encontraron en una pelota y cuatro piedras puestas como portería toda la felicidad del mundo. Esa narrativa bonita, esa historia emotiva de orígenes humildes la usan para vender camisetas, para llenar estadios, para generar una identidad colectiva que mueve masas. Pero a la hora de la verdad, a la hora de sentarse a ver los partidos en casa, el futbol del pueblo es para los que pueden pagar.
Y en México, con todo lo que eso implica, con las brechas económicas que tenemos, con la desigualdad que nos define como sociedad, decirle a la gente que tiene que pagar varios cientos de pesos al mes para ver una competencia que supuestamente es patrimonio cultural del deporte mundial es un insulto disfrazado de oferta comercial. Y lo peor de todo —lo que más me duele, lo que me parece más hipócrita— es que los mismos que diseñaron este sistema de exclusión son los que luego salen en los discursos inaugurales a hablar del futbol como herramienta de unión, de inclusión, de fraternidad entre los pueblos. ¿Qué fraternidad? ¿La que se paga con tarjeta de crédito en doce mensualidades?
Que quede claro: no estoy en contra del futbol. Estoy en contra de cómo se administra. Estoy en contra de un modelo que convierte el deporte más popular de la tierra en un producto de lujo. Y estoy en contra de que a los periodistas deportivos de radio y televisión abierta nos amordacen con contratos de derechos que nos impiden informar libremente a nuestra audiencia sobre algo que está pasando ahora mismo en el mundo y que a millones de mexicanos les importa profundamente. Eso no es negocio. Eso es censura económica. Y hay que llamarle por su nombre.
Pasemos a algo que sí nos alegra el corazón y que, a diferencia del futbol organizado, no necesita de derechos millonarios ni plataformas exclusivas para brillar. Hablemos de Belinda. Y cuando hablo de ella, hablo de una mujer que ha demostrado, una y otra vez, que tiene más vidas que un gato, más talento que muchos que se creen estrellas y más carácter que el que le reconocen sus detractores, que los tiene, y muchos. Belinda, la misma que algunos quisieron enterrar artísticamente hace unos años, la misma que fue víctima de comentarios crueles, de memes despiadados, de columnas —incluyendo algunas de las mías, lo reconozco— que cuestionaron sus decisiones personales y profesionales, está viviendo uno de los mejores momentos de su carrera. Y lo digo sin reservas porque los números no mienten y el talento tampoco.
Primero fue Mentiras, el musical, donde Belinda no sólo cantó —que ya sabemos que canta bien, ese don nunca estuvo en discusión—, sino que actuó con una profundidad y una presencia escénica que dejó con la boca abierta a más de uno que fue al teatro con ganas de criticarla y salió aplaudiendo de pie. Luego vino Carlota, esa serie que le permitió mostrar una faceta más oscura, más compleja, más madura de su actuación, y que fue otro éxito que abonó a esa imagen de artista completa que ella siempre ha querido proyectar.
Y ahora, por si fuera poco, llega la noticia que termina de coronar este momento dorado: Belinda pondrá voz a un personaje importante en Toy Story 5. Sí, escucharon bien. Toy Story. Pixar. Disney. La franquicia de animación más querida de las últimas tres décadas. Eso no se consigue con palancas ni con relaciones públicas solamente. Eso se consigue porque alguien te escucha, te evalúa y decide que tu voz, tu talento y tu nombre valen lo suficiente para estar en un proyecto de esa magnitud. Y Belinda está ahí.
Así que a todos los que la quisieron borrar, a todos los que la daban por terminada, a todos los que celebraron sus caídas como si fueran victorias propias: ¿qué dicen ahora? La respuesta, me imagino, es el ensordecedor silencio de los que se equivocaron y no tienen la valentía de admitirlo. Belinda sigue. Belinda gana. Y lo mejor es que parece que apenas está empezando esta nueva etapa de su vida y su carrera.
Del éxito de Belinda saltemos a la guerra fría —que de vez en cuando se calienta peligrosamente— dentro de la familia más poderosa de la música regional mexicana. Hablemos de los Fernández, ese clan que tiene más telenovela interna que las que transmiten las televisoras juntas.
Camila Fernández, la hija del Potrillo, dejó ver —con esa habilidad que tienen algunos famosos de decir todo sin decir nada— que las cosas entre su rama de la familia y su tío Vicente Fernández Jr. no están bien. Y el detonador de esta bomba que lleva tiempo armándose fue, según trascendió, la producción del disco homenaje a don Vicente Fernández, el Charro de Huentitán, el más grande de todos, el que se fue dejando un hueco en la música mexicana que nadie ha podido ni podrá llenar. El detalle que encendió la mecha: en ese disco de homenaje, es que Vicente Jr. incluyó a Ángela Aguilar.
A Ángela Aguilar. La nuera de la discordia. La que se casó con Christian Nodal en una boda que dividió a México entre los que aplaudieron y los que pusieron el grito en el cielo. La que tiene una relación con la familia Fernández que, siendo generoso, podríamos describir como complicada. Y no incluyó a Camila. A la nieta directa de don Vicente. A la que lleva la sangre del ídolo en las venas.
¿Que si eso duele? Claro que duele. ¿Que si tiene sentido que Camila lo dejara entrever en sus declaraciones? Completamente. Porque hay afrentas que no se pueden ignorar, aunque uno quiera mantener las formas y la elegancia. Y esto, sin importar cómo se quiera disfrazar de decisión artística o curatorial, tiene un mensaje muy claro para Camila y para todos los que saben leer entre líneas.