En la semana participé en el Seminario FIAP-WPA 2026: pensiones para el futuro. Al preparar mi participación me di cuenta que en el mundo de las pensiones estamos viendo el árbol de los impactos de la inteligencia artificial, pero no el bosque.
Vivimos tiempos de cambio y tenemos que reaccionar tanto individuos como sociedad. Un primer paso es entender las consecuencias de segundo y tercer orden de lo que sucede con la inteligencia artificial.
Las personas saben algo por el uso que le dan en su vida cotidiana. Preguntan dudas a ChatGPT o a Claude. Algunos más sofisticados piden el resumen de un documento o tienen su agente.
A nivel de empresas su adopción busca eficiencias, mejorar procesos, mayor capacidad de análisis de datos y pensar en la experiencia del cliente.
Sin embargo, creo que pocos entienden todos los impactos de la inteligencia artificial. Menciono seis no convencionales.
El primero es que no se sabe cómo las herramientas te dan una respuesta o cuál es el razonamiento, simplemente es.
El segundo es el impacto en la economía familiar y en los mercados. La inteligencia artificial está generando presiones inflacionarias en el costo de los aparatos electrónicos. También incide en valuaciones como la de Nvidia y en montos históricos de colocaciones en mercados públicos.
En el mercado de capital privado, un número de transacciones que se cuentan con los dedos de una mano mueven la estadística del monto de las salidas.
El tercero es que hay reclamos en la sociedad. Un caso es el de ciertas comunidades en Estados Unidos que ya no quieren centros de datos por el impacto negativo.
El cuarto es cómo afecta la seguridad nacional y los conflictos armados. Las nuevas tecnologías son un nuevo riesgo para los países y uno de los factores que explican el regreso a una etapa con conflictos armados.
El quinto es el surgimiento de un grupo de nuevos empresarios como Sam Altman, Dario Amodei y Demis Hassabis que están libres de manejar y desarrollar esta tecnología.
Es evidente que el enfoque de no intervenir tiene riesgos. El ejemplo de Mythos, una herramienta de Anthropic, es interesante. Utiliza inteligencia artificial para detectar fallas de ciberseguridad en los sistemas. El gobierno de Estados Unidos prohibió su comercialización por el riesgo de que llegue a los malos.
El sexto es que la inteligencia artificial afectará a las instituciones económicas y sociales de los países.
Hay evidencia de lo que pasa. No es sencillo hacer un análisis integral y menos entender lo que sucederá.
En esta coyuntura debe prevalecer el sentido común y hacer lo correcto como sociedades. Se requiere trabajar en definir políticas públicas razonables.
Los aspectos a reflexionar incluyen la transparencia de cómo opera la inteligencia artificial, que cumplan con estándares y regulación, ordenamiento del proceso de expansión de centros de datos, que exista un buen marco de derechos de propiedad de la información de las personas, evaluar si hay poder monopólico para, en su caso, limitarlo y que se definan las herramientas permitidas.
Hay que incorporar la dimensión social y humana a la lista, entendiendo el impacto en el mercado laboral, en la continuidad del trabajo, en la seguridad social y en el arreglo pensionario. El reto para los próximos años es adaptar instituciones como el sistema de pensiones a la nueva realidad tecnológica.
