Si la Fed habla menos, el mercado adivina más

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Pau Messeguer Gally+ 

Cuando Kevin Warsh presidió la semana pasada su primera reunión de política monetaria como nuevo titular de la Reserva Federal de Estados Unidos, lo más revelador no fue lo que dijo, sino lo poco que dijo. El comunicado del FOMC tuvo apenas 130 palabras. Como referencia, los comunicados de Jerome Powell superaban las 300.  

Warsh recortó el texto a menos de la mitad, eliminó la frase que orientaba sobre el rumbo futuro de las tasas y no presentó su proyección en el llamado dot plot (el gráfico en el que cada miembro del banco central marca dónde cree que estará la tasa de interés en el futuro), algo que no había ocurrido en más de una década.

La Fed decidió mantener la tasa de referencia sin cambios, en el rango de 3.50-3.75 %, como lo esperaba el mercado. Eso no fue la sorpresa del día. La sorpresa fue el estilo.

Warsh lo explicó así en su conferencia de prensa: el comunicado “es un poco más corto, un poco más simple, y deja de lado parte del lenguaje anterior… Simplemente te da los hechos, lo mejor que podemos juzgarlos”. 

Y fue más allá: anunció la creación de cinco grupos de trabajo permanentes para repensar cómo la Fed comunica, gestiona su balance, procesa datos, evalúa el mercado laboral y entiende la inflación. No es un ajuste de estilo personal; es un rediseño institucional.

Durante años, la Fed de Powell se volvió predecible, el mercado sabía hacia dónde se inclinaba la política monetaria. En un mundo sacudido por una guerra en Oriente Medio, tensiones arancelarias y una revolución tecnológica acelerada por la inteligencia artificial, esa previsibilidad parecía un ancla valiosa.

Pero hay evidencia de que esa previsibilidad convivía con momentos de tensión real entre el comunicado y lo que transmitía el presidente en la conferencia de prensa media hora después. En ocasiones, el mercado reaccionaba en una dirección al leer el comunicado y revertía esa reacción al escuchar al chair. Aunque el ancla se movía sola, el ruido duraba apenas unas horas o, a lo mucho, un par de días.

Aun así, Warsh apuesta a que la solución es dar menos margen para esa clase de fricciones: cuanto menos se compromete el banco central con una trayectoria específica, menos tiene que retractarse después. 

El problema es que no elimina la incertidumbre, simplemente la traslada: ya no es “la Fed promete algo y luego lo ajusta”, sino “la Fed no promete nada, y el mercado tiene que adivinar”. Eso puede funcionar cuando los choques son pasajeros, como ha ocurrido durante buena parte de esta administración, en la cual las tensiones comerciales y geopolíticas suelen resolverse en meses. 

En ese escenario, no comprometerse con una guía que quedaría obsoleta en semanas tiene sentido como estrategia.

La pregunta que queda abierta es qué pasará cuando cambie el tipo de choque. Los choques de oferta (como una guerra que dispara el precio del petróleo o un arancel que después se negocia) tienden a ser ruido de corto plazo.

 Pero hay otro tipo de fuerza, los choques de demanda (un ciclo de inversión sostenido, una desaceleración real del consumo, los efectos de una productividad ligada a la inteligencia artificial), que no se resuelve con paciencia, porque no es algo transitorio, y se convierte en la nueva tendencia. 

Entonces, quien financia un proyecto de infraestructura a 10 años o decide una hipoteca a 30 no sólo necesita saber dónde está la tasa hoy; necesita una idea de hacia dónde va. Sin una guía explícita, esa idea se construye a ciegas, dato por dato, justo cuando más se necesitaría claridad.

Hay además una tensión política de fondo. El giro hacia un tono más estricto sobre la inflación le sirve hoy a Warsh para despejar cualquier duda de que actúa por presión de Donald Trump, quien lo nombró y ha insistido públicamente en que bajen las tasas. Pero esa misma opacidad que hoy lo protege de esa sospecha es, en el fondo, una herramienta perfecta para virar de postura más adelante, sin que se note tanto como habría ocurrido bajo el formato detallado de Powell.

Warsh apostó, en su debut, por una estrategia coherente y bien ejecutada. Un sesgo más restrictivo que blinda su independencia frente a la Casa Blanca, envuelto en una comunicación deliberadamente escueta que reduce su propio margen de error como el nuevo chair.

Lo que todavía no sabemos es si su diagnóstico de fondo (que la Fed necesita hablar menos) resuelve algo o si sólo cambia qué tipo de incertidumbre absorbe el mercado. Esa respuesta dependerá de qué choques enfrente la economía de aquí en adelante, y ahí ni el propio Warsh tiene la última palabra.

*Economista en jefe de Multiva