Socavones

José López Portillo tenía razón al afirmar, como candidato presidencial y luego 
como mandatario, que México corría 
el riesgo de convertirse en un país 
de cínicos. El pragmatismo del que 
“no transa, no avanza” se impuso 
y campea por el país en todos sus ámbitos.

“La corrupción somos todos”, respondió la voz popular en burla al eslogan “la solución somos todos” de la campaña electoral por la Presidencia de la República del priista José López Portillo entre 1975-1976.

López Portillo —de quien hay que reconocer que no era un político improvisado y también decir que encabezó uno de los gobiernos mexicanos paradigmas de la corrupción, como el de su amigo antecesor Luis Echeverría y de otros más atrás y de adelante— quiso responder a esa muestra del escarnio popular y entonces advirtió, como candidato y luego como Presidente, que México corría el riesgo de convertirse en un país de cínicos.

A ojo de buen cubero, parece ser que al paso de los años López Portillo, aquel dramaturgo emocional que defendería al peso como un perro, tenía razón, aunque no les guste a muchos. El pragmatismo del que “no transa, no avanza” se impuso y campea por el país en todos sus ámbitos.

Los resultados de la corrupción y su impunidad hoy los vemos y los sufrimos algunos u, ojalá, muchos mexicanos (el escribidor se niega a escribir “todos los mexicanos”, porque sabe que hay quienes no los sufren, sino que gozan de los frutos de la corrupción). Para cualquier ejemplo requerido hay que revisar cualquier plana de cualquier medio de información impreso de este país.

Hoy no sólo es el exgobernador que saqueó a tal o cual (no es uno, sino muchos) estado de la República ni el funcionario federal que se enriqueció; hoy, la corrupción embarra a todos: funcionarios, empresarios, ciudadanos. A los cínicos de este país, según los definió López Portillo, uno de los paradigmas de la corrupción nacional, aunque los involucrados no acepten ni les guste.

Hoy, la corrupción ha convertido a México en un país de cínicos.

Los socavones —¡qué mejor metáfora!— son la muestra palpable de ese Estado de corrupción. Lo mismo el del Paso Exprés en Cuernavaca que el  del Centro Histórico de la Ciudad de México. ¡La naturaleza, las lluvias, tienen la culpa de esas desgracias! ¿De veras? ¿Nadie previó lluvias abundantes, fugas de agua, colapsos de drenajes viejos, gastados, prácticamente inservibles? ¿De veras? ¿No hay algún (uno) ingeniero o arquitecto competente en este país?

Es muy probable que los funcionarios públicos se escuden en su ignorancia para justificar su impugnable actuación y digan: es algo que estaba imprevisto, son lluvias atípicas y cualquier otra barrabasada. Y, sin embargo, son responsables.

Muchos mexicanos saben que se peca de obra, palabra y… omisión. Otros, laicos, saben que la ignorancia de la ley no evita su aplicación y su responsabilidad.

Entonces, ¿dónde estaban las autoridades municipales, estales y federales responsables del socavón del Paso Exprés de la autopista México-Acapulco? ¿Dónde estaban las autoridades delegacionales y de la Ciudad de México responsables del socavón del Centro Histórico de la capital del país? ¿Dónde están aquellos que deben revisar y aprobar licitar y construir esas obras? ¡Quién sabe! Habrá que decir: ¡la corrupción son (somos) todos!, como previó aquel Presidente por cuyos tiempos muchos políticos sienten nostalgia.

Nada ni nadie hace falta para establecer que éste es un país de cínicos.

En entrevista con Ciro Gómez Leyva para Imagen Televisión, el presidente Enrique Peña Nieto dice que él no toma decisiones que satisfagan un linchamiento político, como considera que ocurrió con el secretario de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, por el caso del Paso Exprés en la carretera México-Cuernavaca-Acapulco. Desde luego que Ruiz Esparza no es el único responsable, pero es el que encabeza el caso, que no debe quedar impune, como el caso del socavón en el Centro Histórico de la Ciudad México con sus autoridades locales y delegacionales.

La corrupción crece, florece y se reproduce cuidada, regada, abonada por la impunidad, exactamente como ocurre con la delincuencia organizada, la delincuencia común, la inseguridad. La corrupción se combate impidiendo su impunidad. Y ahora hay evidencias suficientes para comprobar que el cinismo invadió, anegó para estar de acuerdo con el clima “atípico”, al país. Habrá que reconocer, ¡híjole, qué desgracia!, que López Portillo tenía razón.

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