Volver al futuro
Las predicciones del triunfo anticipado
de López Obrador se basan en las encuestas, las mismas que él descalificaría si no pronosticaran ese resultado.
En el tumulto de las redes sociales y de las especulaciones nacionales, uno ya no sabe a ciencia cierta (¿política, social?) si lo que se afirma se trata o se tratará de una profecía autocumplida, una percepción o una posverdad. Lo que campea en los territorios de la comentocracia nacional es una especie de nuevo dogma: Andrés Manuel López Obrador va a ganar las elecciones presidenciales de 2018… irremediablemente.
Ningún profeta de la vida nacional quiere quedarse fuera. No vaya a ser la de buenas o la de malas, según se piense ahora, aunque próximamente sólo será la de buenas como en los viejos tiempos del ungido priista, que el eterno aspirante logre, ahora sí, conseguir la mayoría de los votos que se emitan en la elección presidencial del próximo año.
Lo políticamente correcto aconseja mostrarse como “demócrata”, “abierto”, “plural”… no vaya a ser que ocurra ese triunfo y el candidato triunfador, como se cree y también se pronostica, arrase con todo aquello y aquellos que no estuvieron ni piensen como él… como en los viejos tiempos del viejo PRI, el mismo que en este país muchos añoran.
Las predicciones del triunfo anticipado de López Obrador se basan en las encuestas, las mismas que él descalificaría como “cuchareadas” si no pronosticaran ese resultado, que preguntan a presuntos votantes sobre presuntos candidatos (en realidad sólo uno hasta hoy) a la Presidencia de la República. Como resultado de apresurada y presurosa búsqueda comandada por Google, el escribidor reconoce que todas, por lo menos desde hace un año, esas encuestas dan como líder de los pronósticos electorales a don (nótese el respetuoso tratamiento) Andrés Manuel. No hay duda.
Sin embargo, el escribidor es obsesivo en sus lecturas.
Antes, confiesa que no sabe mucho, más bien nada si es sincero, de análisis estadístico y otras ciencias ocultas aledañas que dicen estudiar las intenciones de los votantes del primer domingo de julio de 2018.
Y esas mismas encuestas establecen que entre esos presuntos votantes consultados hay una franja entre el 20 y el 40% de indecisos, es decir, quienes declaran que no saben o no han decidido por quién votar (y cómo lo van a saber si oficialmente no hay ningún candidato).
En el mejor de los casos, los indecisos significarían un candidato competitivo para López Obrador y quiénes serán los candidatos del PAN y PRI, en ese orden. En el peor de los casos para esos tres candidatos, claro está, los indecisos serían capaces de ganar las elecciones presidenciales si hipotéticamente apoyasen a otro candidato presidencial. Esas mismas encuestas dicen que el candidato que lidera los sondeos obtendría, en el más alto porcentaje, un 32% de los votos.
El escribidor desconoce mucho de los sustentos “teóricos” de los pronósticos electorales, pero intuye que los votantes hoy indecisos no sufragarán en masa por ningún candidato; que como la mayoría ciudadana de este país repartirán sus votos entre todos los candidatos que se presenten y también se abstendrán y así, ellos, los indecisos, serán quienes decidan el resultado de la elección presidencial, en otras palabras: sus votos dirán quién será el próximo Presidente de la República. Esto, en opinión (ojo: opinión) del escribidor, es lo único irremediable.
Esos, los indecisos, entre el 20 y el 40% de los votantes —dejémoslos en el 30%—, decidirán su voto con la boleta en sus manos frente a la boca de las urnas, mientras tanto, hay suficiente tiempo para construir historias, percepciones y posverdades que sustenten el cumplimiento de la autoprofecía, que se volverá realidad, porque —se denunciará mañana, como ayer— habrá un fraude electoral de la mafia del poder, según dictaminará el poder de la muchedumbre, que no del pueblo, la oclocracia que le llaman.
El escribidor apuesta, y debe decir que cumple, a que la elección presidencial sea ganada por quien obtenga más votos de los ciudadanos. No cree —escribió: cree— que pueda haber (que alguien lo intente, es otra cosa) fraude electoral, pero también apuesta a que quien lo denuncie aporte pruebas reales… más allá de gallinitas, chivitos y marranitos. Y por supuesto, en cualquiera de los casos, el escribidor no pretende ni aceptará cobrar (en cualquier forma) por ningún: “Yo lo dije desde antes, señor”.
Hasta hoy, lo único “irremediable” es la construcción de un escenario electoral con un “triunfador” anticipado, cuya derrota será producto de un “fraude de la mafia del poder”. Ese futuro ya se vivió (bueno, el escribidor eso cree, eso opina) en México hace seis, hace doce años, pero hoy nuevamente está de moda.
