Yo aspiro
El ciudadano no vive la seguridad de las estadísticas, sino la dura realidad que enfrenta al salir a las calles.
Sí, debo reconocer que aspiro a un Estado de derecho y no al vulgar remedo en el que vivimos. Como a muchos mexicanos, me gustaría pensar que quienes son votados para cargos públicos no viven de una popularidad ganada a golpe de vituperios, y que su postulación obedece a que tienen la preparación técnica precisada para desempeñar el cargo.
Para ello, me gustaría acudir a las urnas sabiendo que los partidos políticos no encuentran en el ganar a como dé lugar, la orientación para escoger candidatos.
Desearía que no se sustituya la declaración de guerra al narco, por una declaratoria de rendición, y que las personas a quienes se encomiende la seguridad pública sean especialistas en la materia y no simples voceros de amañadas estadísticas, que presumen sentencias imposibles de rastrear. El ciudadano no vive la seguridad de las estadísticas, sino la dura realidad que enfrenta al salir a las calles.
Suspiro por aquellos tiempos en que los políticos pensaban lo que decían antes de abrir la boca, buscando la forma de no denostar, insultar o humillar a quienes, por libre elección, optaron por otras opciones políticas igualmente respetables. Actitud que adoptaban al saber que, desde la palestra del funcionario público, es cobardía y no valentía encarar de manera retadora a los rivales.
Recuerdo y añoro aquellos tiempos en que el respeto no era una hueca entrada de las frases con las que se va a abusar del poder político para acabar con el adversario, sus patrocinadores o las organizaciones que postulan ideas diferentes a las del señor de los decretos que vive en Palacio Nacional.
Sí, anhelo que los recursos públicos fomenten el desarrollo sustentable y de largo plazo, rehuyendo el cortoplacismo y la barata complacencia a quienes se trata de llevar a un redil electoral.
Ambiciono ser nacional de un país en el que, quienes están a cargo, buscan cumplir con el pueblo que gobiernan y no tratan de escabullirse en la historia pagando, con cargo al erario público, el formarse un inmerecido prestigio internacional, beneficiando a los pobres de otra nación, cuando el número de desposeídos en este país crece a mayor velocidad que la que en su mejor momento llegará a tener el Tren Maya.
Me congratularía de tener un jefe de Estado que se encuentra en condiciones de cambiar la agenda en una cumbre, por el peso bien ganado en la comunidad internacional, y no, uno que encuentre un regular pretexto para justificar el no asistir a una reunión en la que sin duda alguna sabe que haría un mal o irrelevante papel.
Por supuesto, me agradaría que quien encabeza el esfuerzo nacional entienda que los invitados de invitados nunca serán bien recibidos, y que, si no concuerdo con la lista del anfitrión, lo correcto es organizar un evento en el que me encuentre entre pares, antes de gratuitamente asumirme indispensable.
Me rebelo a pensar que un estadista es aquel que llegó mandando a volar a las instituciones, y que ahora tiene que obligar a las aerolíneas a volar a una terminal que no cuenta con las mínimas certificaciones en materia de seguridad, sin admitir que lo que le digan sus vasallos en el sector, en nada ayudará a garantizar la seguridad de los pasajeros.
De forma que aspiro a tener un gobernante que cuando hable español, haga el esfuerzo por hablarlo bien.
Así es, lo confieso, soy un aspiracionista, alguien que no está conforme ni acomodado en el modelo en que las dádivas definen la eficiencia de la gestión oficial, y mucho menos, la permanencia en el poder. Sí, aspiro a que Morena no siga gobernando.
