Un corral, origen y destino

El apellido de cada uno dice mucho de quien lo porta.

Tras haber sido objeto de burlas y sarcasmo, por su engolada y decimonónica forma de hablar, así como por su escaso conocimiento en asuntos legales y parlamentarios, Javier Corral se juró a sí mismo vengarse de todos aquellos tricolores que no atendían sus rústicas ocurrencias. Rápidamente, encontró albergue con los perredistas, ya que la selectividad no era lo de ellos. Así varios legisladores pasaron a formar parte de su lista negra. Son rencores, lo único que lleva al Senado.

A la mala pudo agandallarse la candidatura para gobernar su estado, pero pronto decepcionó a sus paisanos. Mucha palabrería, pero poca sustancia. Las ciudades de aquella gran entidad, lejos de ver mejoría, se hundieron aún más en la desesperación. Lo que alguna vez fuera su partido no encontraba ya cómo deslindarse de él, y no dejó sino sinsabores y malos ratos entre los albicelestes.

En cuanto llegó al cargo armó una investigación sesgada y manipulada, que no tuvo otro objeto sino el vengarse, descarada y cínicamente, de quienes lo evidenciaron como un oportunista. Su operación Safiro, terminó en operación Zafado. Una a una, las investigaciones fueron cayendo, y hoy, no hay sentencias que confirmen sus aventuradas pesquisas. Convirtió un supuesto incumplimiento de contrato, en una aventurada acusación por miles de millones de pesos. Buscó recluir a quienes se mofaron y burlaron de su histriónico comportamiento. Lo real es que tardó en darse cuenta de que el que estaba detrás de todo ya había pactado con los que ahora venera. Él mismo descarriló todo. Hoy, ocupará un escaño, valiéndose de las mismas mañas.

Aún no recibe la banda Sheinbaum, pero ya dilapida capital político en quien, tarde o temprano, la decepcionará. Habla de ser un paladín del combate a la corrupción, pero el saldo es contundente ni una sola sentencia firme a favor, pero eso sí, ya tiene a su cargo órdenes de aprehensión por la misma causa, las que han tenido que ser obstruidas, en abuso de funciones públicas. Teme, porque debe.

El apellido de cada uno dice mucho de quien lo porta, al menos, de dónde viene y hacia dónde va. El hierro de la venganza blandió, hasta que el puesto se le apestó. Dicen que, a puñaladas iguales, huir es de cobardes. Como también, comprar el cómplice silencio de una cónyuge agraviada. El muy desgastado nombre con el que se incorporó al partido en el poder piensa le conseguirá algún puesto, el cual, inevitablemente, se le negará a un correligionario de la recién electa.

Recientemente fue encarado por alguien que mucho le sabe, particularmente, de penosos asuntos familiares, por lo que, a toda prisa, rogó a los medios de comunicación que dieron cuenta del altercado no brindaran oportunidad de dar su versión a quien lo enfrentara. Vergüenza, para ésos que, deshonestamente, dicen escuchar todas las voces. Todo saldrá a la luz. Apenará a quien le creyó.

Morena paga caro, dado que es claro que nada le deben. ¿Será acaso que, aunque no pudo entregar la plaza que les vendiera, aun así, deban pagarle? En algún momento, los guindas tendrán que saber qué fue lo que compraron, porque al momento, sólo aquellos que recibieron estipendios del personaje han salido a defenderlo.

En eso de la corrupción, hay quienes, por falta de elementos y pruebas, tienen que dramatizar. No es en Xicoténcatl, sino en el teatro de enfrente, donde deben estar. Termina el sexenio, y ningún funcionario del pasado purga condena, por el que dicen fuera el más grave problema de la nación. Tampoco lo harán, los que en este sexenio con aquellos rivalizaron.

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