El cuatro pasó a teatro, y la T se hizo chiquita, más que minúscula. Su fuerza radicaba en el tumulto; en el desorden que prevalecía en los partidos de oposición, así como en la temeridad de un sujeto que sostiene furibundamente que, con menos del 25% de los votos de la población, representa a la mayoría. Entre más agua hace el naufragante bote en el que llegó el aprendiz de burócrata, más le da por gritar, a pesar de que no es necesario, ya que, con abundantes recursos públicos, se hizo dueño de un micrófono que no soltará hasta el último día del sexenio.
Sufre y se desespera. Imagínense, repite y vocifera, para tender cortinas de humo.
Todos los días, como el gran cuentista que es, escoge dentro de la media docena de temas que tiene preparados, algún pasaje del ya casi bíblico trayecto de los tecnócratas. En realidad, no importa qué mañanera uno vea en las venditas redes sociales, todas tienen el mismo mensaje, las mismas muletillas, y, en todas, levanta el dedo flamígero que reparte indignidades y condenas.
Haga lo que haga, va de bajada, y no importa lo que proponga, la natural inercia irá apagando el mensaje oficial, mientras, en el gabinete, advertirán que la maldición del cuarto año llegó y para todos tiene algo.
Sheinbaum da de topes, pero no sube, sólo brinca y regresa al suelo. Ya en su equipo priva la decepción, hoy saben que acompañan a una persona carente de carisma, que no puede ocultar la supina arrogancia que le aqueja, su impopularidad la aplasta. Marcelo, más que hablar lloriquea, y sus comisuras se han caído tanto, que ya no se borra de su rostro la imagen de la imposible candidatura.
Ira, tristeza, amargura y revanchismo predominan en el rebaño del partido oficial, escupen la palabra traidor con la rabia que les dejó la más reciente votación. No la usan en su acepción jurídica, sino en la del léxico del funcionario que, embriagado de poder, trastabilla y no puede abrir las puertas que llevan a los prometidos resultados, mientras la arena se acaba en el reloj, anunciando que ya se van.
De ser un error, ha pasado a ser un horror, estar con Obrador, aun así, los potentados del país no están del todo mal, les cumplió, tiene mareada a la porción violenta del electorado. La mantiene adormecida en la diaria batalla que les arenga a mantener en contra de quienes no serán denunciados, ni menos sentenciados, ello, claro, al amparo de un criterio de impunidad. Sacó a los revoltosos de las calles y les dio nombramientos.
Todavía no tienen idea de qué deben hacer en los puestos que les confirieron, por lo que prefieren seguir haciendo lo que han hecho siempre, denostar, insultar, descalificar y ocultar su pequeñez con el sórdido y altanero comportamiento que hace décadas les ha dado de comer.
Entorilados llegarán al fin del sexenio, pasando todo tipo de penurias. El elevar electoreramente el salario mínimo y acudir a una laxa política monetaria detonó la inflación, falsos sus argumentos y falaces sus teorías.
La tasa de interés es inalcanzable para financiar el desarrollo, y aun así prefiere no meterse con los banqueros, porque si de algo no entiende es de finanzas. Sus programas sociales han fomentado el subempleo y han sido combustible que aviva la pobreza, la cual, sólo pretende sosegar en lo que se retira. La cuenta le va a llegar, y tendrá que ver de frente a millones de ilusos que pensaron que gobernar es lo mismo que enardecer multitudes.
La derrota envilece y hace que todo se vea oscuro, hace ver enemigos donde no los hay, y hace perder la ecuanimidad del hombre de Estado.
