¿Seré yo, señor...?

El no tener un micrófono le dolerá en lo más profundo. La necesidad de contar con una audiencia le provocará una sensación de abstinencia insoportable

La pregunta flota en el aire. ¿Será Sheinbaum capaz de decirle a López, ahora mando yo? La respuesta es sencilla, claro que sí, pero no ahora, ni mientras esté en juego el ansiado momento en que la banda le sea impuesta. Nada transforma más que el poder. El propio cacique es la clara muestra de que el poder saca, desde lo más profundo, lo que verdaderamente somos.

A él le bastaron unos cuantos días para dejar claro que, dentro del envoltorio populista, se encontraba el sólido cobre de un autócrata, arbitrario y abusivo, incapaz de respetar sus promesas, siendo brutal ejemplo de todo aquello que criticó.

Aprenderá López, en unas cuantas semanas, que lo único ilimitado sobre la Tierra es la miseria humana. Verá cómo todos aquellos que se tendían a sus pies, ahora lo verán con desprecio. Le tratarán con gran exasperación, dado que ya no será la fuente de puestos, cargos, sueldos ni negocios. Los menos, le hablarán de manera condescendiente y le tendrán algo de paciencia, hasta escucharán hastiados alguna de sus ya muy contadas anécdotas.

El no tener un micrófono le dolerá en lo más profundo. La necesidad de contar con una audiencia le provocará una sensación de abstinencia insoportable. Buscará entonces refugio en todos aquellos que no fueron favorecidos por la nueva hija preferida de la transformación. Claudia le mirará aparentando un trato respetuoso, cuando lo único que tendrá para él es desdén. Desde la altura del ya fuiste, le dirá: ¿Andrés, no te convendrá pasar algún tiempo en alguna embajada amiga, Cuba, Venezuela o Bolivia tal vez?

La furia, de quien se asume leyenda viviente, explotará y le dirá que nada es sin él, que todo se lo debe y que sus hijos no deben ser tocados ni con el folio de una carpeta de investigación. La idea de extraditar, a cualquiera de ellos, gritará, no está a discusión. En tanto, en la FGR se presentarán, casi a diario, denuncias en contra de quienes eran los funcionarios favoritos, para entonces ya caídos en desgracia. En ese momento alguien dirá, un nuevo éxodo por la democracia repondrá los fueros perdidos, pero alguien vestido de verde olivo le susurrará al oído, déjese de...

El fiscal, cansado de asumir como propia la cruzada de defender a quienes se enriquecieron grotescamente, concluirá que defenderles resulta innecesario, injustificado, pero, sobre todo, riesgoso. Se formarán legiones de mensajeros trayendo misivas de los denunciados. Para entonces ya habrán cambiado los sobres por costosos portafolios o, incluso, ya lo harán con números de cuenta cifrados en algún paraíso fiscal, pero la torpeza, la mala fe o hasta el deliberado cálculo darán a los ofrecimientos el tufo de trampa, con la que se le trata de engatusar directamente o implicando a sus subordinados. Desconfiará de todos. Algunos obtendrán mercada gracia, pero será imposible cuidar a todos.

Entre más se encumbra en el autoritarismo un gobernante, más difícil le es entender que nada era suyo y que los aplaudidos desplantes, de ahora en adelante, serán vistos como lo que en realidad son, puras payasadas. Aprenderá a la mala que la ley es la ley, y que muchas de sus peripecias tienen asignadas como consecuencia la prisión.

Esos empresarios, que durante años le vieron con buenos ojos y le llenaron el bolsillo por si algún día llegaba, le darán largas, y ya no lo recibirán ni tendrán ujieres al pendiente de saber qué le hace falta. Un pestilente aroma se percibirá por donde camine y tendrá que cuidarse de quien en la calle se regocije faltándole al respeto.

  • Mucho se dice que ya ha armado un refugio en caribeño destino y que han sido furgones enteros los que le permitirán vivir sin trabajar, como lo ha hecho siempre, sin embargo, todo apunta a que la pena que pagará será ver a otros acusados por su causa. Su nombre quedará enlodado para siempre. Procederá como un innombrable y, en la historia, no será más que eso.

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