Pepenadores

Alguien tendrá que explicarle a la candidata Gálvez por qué ir a la guerra con cartuchos quemados es mala idea. Hoy, en ambas campañas, abundan los coordinadores que nada coordinan, sujetos que, si bien se saben simples adornos que decoran los templetes, prefieren tal ...

Alguien tendrá que explicarle a la candidata Gálvez por qué ir a la guerra con cartuchos quemados es mala idea. Hoy, en ambas campañas, abundan los coordinadores que nada coordinan, sujetos que, si bien se saben simples adornos que decoran los templetes, prefieren tal estatus, antes que salir del haz del reflector. Sus trayectorias son tan breves e insulsas que sólo en montón justifican nota.

Forzadas sonrisas, son común denominador de las rémoras que nadan tras las candidatas. A muchos les convoca la imperiosa necesidad de estar en las listas, a fin de asegurar una curul para el caso de que la opción de la que forman parte no resulte triunfadora. La mayoría abulta su currículo con cargos parlamentarios, sí, acreditan sobradamente que han sabido vivir del presupuesto, sin asumir en lo individual responsabilidad alguna.

Todos han mostrado gran capacidad para proferir descalificaciones y denostaciones, así como para hacer señalamientos. Algunos de ellos, llegaron a postularse evadiendo acusación por desvíos, otros, si bien ocuparon cargos destacados en el pasado, hoy, se encuentran desempleados o llenos de cargos honorarios.

A la larga habrá un coordinador de coordinadores, subcoordinadores, y auxiliar de coordinador, y no faltará quien se enorgullezca de conocer a éste o aquel coordinador, presumiendo que ocupará una alta dignidad en el próximo gobierno. Si algo sobra en las campañas mexicanas es el oropel que se vuelve polvo.

Para anotarse como aspirante no hacía falta más que ganas. Eso de haber sido candidato a la candidatura presidencial suena bien, pero es sólo un hueco eco, que sólo puede enorgullecer a un necio. En cuanto se pusieron requisitos se esfumó el espejismo, obligando a los que nada traían en las manos, a negociar premios de consolación.

La falta de líderes sociales ha obligado a los partidos a echar mano de personajes que, en otros tiempos, no habrían sido, sino segundones operadores administrativos. La manga es tan ancha, que el haber jugado en favor del interés de los contrarios, ganándose una prolongada chamba del otro lado de la trinchera, no sólo es bien visto, sino también hasta aplaudido. Ujieres y portavoces son primera línea, mostrando que la clase política no produjo un efectivo cambio de generación.

La ilimitada ambición y ruindad que caracteriza a quienes han estado al mando en los últimos 25 años, deja claro que mataron, sin misericordia, las aspiraciones de muchos jóvenes postulantes a administrador público. Se perdió una generación de políticos. No hay quien, con su desempeño al servicio de todos, haya ganado voz propia, ni tampoco, quien pise firme por méritos propios. El nivel es tan bajo, que aterra saber que el futuro de la República gane quien gane, no resulta promisorio.

Cartuchos quemados; cebados, o de salva. Los que ya dieron lo que tenían; los que no supieron hacerlo, y los que sólo hacen ruido. Ése es el entorno de las candidatas. En la oposición, los dirigentes sólo comparten con los de antes una enorme arrogancia, pero carecen de oficio, peso político y buenos modos. Alzan el cuello, pensando que son reconocidos como artífices de la política, cuando en realidad, forman parte de una farándula bufa que da motivo de entretenimiento de los mexicanos.

Sheinbaum no tiene a su alcance elegir compañía, es tan invitada en Morena como los demás. El caso de Gálvez es distinto. No pudo adquirir la malicia que debe tener todo operador político. Ésta, es deseable en un candidato a la Presidencia, más, si viene de la oposición. Si no aprieta el paso y hace que la ornamental estructura dé paso a un equipo de especialistas que, en cada ramo, ofrezca una alternativa real, creíble, pero, sobre todo, distante del pasado, verá cómo su candidatura se ahoga y desvanece.

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