MefistoPemex
No hubo quien detuviera la desesperada contratación de servicios y compra de equipos que harán ver a aquella Enciclomedia como un juego de niños
Sólo con el tiempo sabremos si el Presidente advirtió el gran error que cometió al construir una refinería, invirtiendo igualmente sumas exorbitantes que injustificables, o si bien, simplemente no cuenta con la preparación administrativa para darse cuenta de que marcó su sexenio con una obra tlatoánica que será ejemplo histórico de ineptitud, corrupción, ignorancia y simulación.
Su instrucción básica denota grandes carencias, como la de pensar que los marinos eran atraídos por el canto de sirenas, criaturas carnívoras aladas, distintas a las marinas ondinas que usualmente son confundidas con aquéllas.
Pues sí, cuando el ingenuo caía en el canto de las míticas criaturas era ya demasiado tarde, como lo es en el caso de López. Cayó y se entregó, sin cuidado alguno, y ha sido devorado por un gasto impresentable, que será agrandado cuando la instalación industrial deje claro que ésa no era la solución y que la autonomía energética que buscamos no es la de los combustibles fósiles.
En su loca carrera, no hubo quien detuviera la desesperada contratación de servicios y compra de equipos que harán ver a aquella Enciclomedia como un juego de niños. Irrelevante será en la industria petrolera, siendo constantemente sujeta a crítica, dado que llegó en mal momento, recrudeciéndose su inoportunidad con la adquisición de Deer Park.
Con razón o sin ella, serán los funcionarios de Pemex quienes pongan la lápida sobre la costosa y fantasiosa quimera. Nahle, dada su impreparación en la gestión pública, no reparó en que trabajaba para quien no comparte su visión. Con voz baja primero, y después a garrotazos, los funcionarios de la improductiva empresa del Estado le harán ver los grandes errores en que incurrió. No sólo la falta de idoneidad en el lugar en que desplantó el esperpento, sino la ocurrente adopción de tecnologías incomunicadas, las que, operativamente, chocarán cotidianamente, convirtiéndola en un galimatías presupuestario que hará crisis antes del año 24.
Así es, debió colaborar con Pemex y no hacerlo a pesar y en contra de las opiniones del receptor operativo. El macuspano perdió la apuesta, no pudo construir una refinería a un costo razonable, pero será aún más grave la oculta y opaca deuda adquirida para su construcción, ya que no cumple con la Constitución, al tratarse de un proyecto que está muy lejos de ser fuente de pago de las ridículas operaciones con las que se encubrió el financiamiento para acabarla. Las figuras a las que se acudió para procurar bienes y servicios en el desarrollo de la obra son iguales o hasta peores a las que tanto criticó a los tecnócratas; a ellas podríamos bautizarles ya como los pejedegas.
Vendió su alma a un diablo que nada le dará a cambio, más allá de un breve plazo para simular que esta administración pudo concluir una más de las emblemáticas obras prometidas. A la secretaria no le queda más que renunciar, buscando una candidatura que apague el fuego amigo del que será objeto. Dirá que no la saben operar, y los otros le dirán que una cosa es hablar y otra saber. En lo primero, destaca; en lo segundo, queda a deber.
Como en la obra clásica, López verá cómo su querida planta terminará en tragedia, la visión del petróleo, como redentor nacional, morirá en sus brazos, y él pasará a la historia como quien no supo entender su tiempo.
Pero en las arcas públicas sólo quedará un boquete que heredarán varias generaciones de mexicanos, quienes sólo se podrán consolar pensando en lo que habría pasado si hubieran construido el aeropuerto de Santa Lucía como se debe, de arriba para abajo.
