Los ultraliberales
Los hijos de la insurgencia comunista verán, en muy pocos años, que las barbaridades que decían sus padres son sólo humo.
Da entre preocupación y pena cuando uno escucha a un joven, mal peinado y peor vestido, profiriendo todo tipo de consignas marxistas, leninistas o socialistas, pero uno entiende que esos sujetos, usualmente mantenidos por dos padres golpeados por el crudo mercado laboral, albergan profundos resentimientos que los hacen admirar antihéroes como el Che Guevara, más cuando han transitado su vida académica en la más completa incertidumbre. Abundan esos que, inadaptados a su entorno social, se convirtieron en seguidores de distantes modelos económicos que prometían justicia social. Típicos admiradores de los intelectuales del bolchevismo, sí, ésos que en los 60 ponían nombres de líderes soviéticos a sus hijos, mascotas y hasta pericos.
Esa generación envejeció y la mayor parte ha pasado a mejor vida, pero casi todos ellos vieron caer el sistema propuesto por esos ricos intelectuales que vivían cómodamente en apartamentos del imperio británico, generando ilusas teorías sociales que en ninguna parte tuvieron un desenlace exitoso. Sin embargo, sus hijos han experimentado un extraño suceso, de la mano de los cárteles, aquellos que se agazaparon a un mundo raro al que pensaron pertenecer, alcanzaron el poder, no porque tuvieran el herramental necesario para responder a las necesidades nacionales, sino porque el narco entendió que los movimientos de izquierda son altamente sensibles a quienes les llenan el pico y les compran un puesto, cargo o les ganan una elección.
Así es, en buena parte de Latinoamérica se ha consolidado lo que ya se conoce como el Cártel de las Sillas, haciendo alusión a las primeras magistraturas que controlan los más poderosos capos del mundo. A la hora de ganar elecciones, a punta de plomo y plata, consiguen que las actas, acordeones o tómbolas se acomoden a sus intereses, siendo los más eficaces padrinos de los venales y cooptables politiquillos de zurda. Sí, ésos que en buena lid jamás ganaron.
Pero el mundo es extraño, y los hijos de la insurgencia comunista verán, en muy pocos años, que las barbaridades que decían sus padres; la admiración que tenían por los autores de los míticos libros y los fallidos experimentos, llevados al cabo en lo que se conoció como el Segundo Mundo, son sólo humo que duró mientras hubo arcas que sufragaron excesos, caprichos y sobornos electorales. Rusia y sus satélites son tan capitalistas como cualquier país que así se reconoce de siempre, mientras que China ha tomado lo que más le conviene de ambos mundos, esto es, es tan totalitaria como Stalin, pero tan brutalmente explotadora de la clase trabajadora como el más cruel imperio occidental.
Sucede que, una vez que se acabe el dinero, los hijos de los movimientos rojos harán lo que sus padres jamás soñaron, admitirán que las sandeces, que no sé quién bautizó como de izquierda, no son capaces de brindar seguridad pública ni social, como tampoco de alimentar a un pueblo y, mucho menos, de brindar condiciones de vida digna, en la que cada uno busque la felicidad y, en conjunto, el bien común. El bloque detrás de la cortina de hierro lo entendió hace décadas, ahora falta que los hijos espurios de aquellas corrientes caigan en cuenta de que imitan lo que ya falló y decepcionó a sus autores.
El humanismo es constructor; es creativo y congruente, por lo que eso de humanismo mexicano sólo da risa. Como ya lo han hecho hasta la aberración, incurrirán en las prácticas y vicios del pasado. En lo económico, pronto se arrastrarán ante las potencias financieras en busca de sobrevivir, una vez que haya fallado el impuesto a las ventanas. Son ya, sin saberlo, ultraliberales.
