El pecado original

Corría el sexenio de Carlos Salinas cuando armó eso que él llamo el Éxodo por la Democracia.

Ahora que el jefe máximo de la transformación ha emprendido una cruzada en contra de los pactos políticos, es oportuno recordar que él surgió, se desarrolló y acomodó en ellos, pasando por encima de supuestos principios y valores, siendo claro que lo único que le importó fue hacerse del poder y, ahora, retenerlo.

Así es, corría el sexenio de Carlos Salinas de Gortari cuando armó eso que él llamo el Éxodo por la Democracia, sí, una marcha como las que ahora crítica y que ha dicho que no atenderá porque mancharía la investidura, que, por cierto, ya la tiene demasiado batida en sangre.

Aprendió de todo un profesional, Fernando Gutiérrez Barrios, con quien acordó amansar las aguas, provocando la caída de Salvador Neme Castillo, quien, como todos y cada uno de los opositores del PG, fue acusado de haber instrumentado un fraude. En este país, la única forma de ganarle, dice él, es haciendo fraude.

El titular de la Secretaría de Gobernación no sabía que no se trataba de un éxodo, sino de toda una hégira de cuatro décadas, en la que la acusación de fraudes fabricaría un personaje que se pasó 30 años pasando la charola a diversos empresarios, que los gobiernos priistas y panistas escogieron para mantener tranquilo al tomador de pozos petroleros. Ahí comenzaron los exitosísimos libros que pararon en hogueras, bóilers o en tiraderos.

Regresó a su natal Tabasco para encontrarse con que los acomodos beneficiaron a otros, incluyendo a otro Gurría, pero que no le aseguraban que podría hacerse de la tan febrilmente ansiada gubernatura del estado, en el que su padre pasó de modesto empleado en Petróleos Mexicanos a prospero comerciante del terruño.

A la salida de la gubernatura, González Pedrero pensó armar una quinta columna al margen del tricolor y escogió al ahora residente de Palacio para hacer imposible la vida al gobernador en aquel paradisiaco paraje. Al detectarlo, Salinas prefirió mandarlo a un destierro de angora, designándolo embajador en España, pero, a su regreso, retomó bríos y supo usar a su leal alfil, quien lo devolvió a la política.

Para suerte de su Alteza Morenísima, las bajas prácticas del PRI no llegaron tan bajo como las andanadas que él ahora emprende en contra sus adversarios, ni incluyeron las descaradas persecuciones armadas, con potestades y recursos públicos, desde el cómodo sillón presidencial.

El éxodo, que, mucho se dice, fue fondeado por González Pedrero, dio lugar al pacto original, con el que los tricolores crearon un leviatán que supo, con el truco bien aprendido, trepar durante décadas hasta hacerse de la grande. Zedillo siempre fue temeroso de quien hizo ver su suerte a quien le antecedió, aprovechando esto, el de Macuspana bien caro cobró el destierro de su principal financista, Carlos Cabal Peniche.

Dice ahora que le molestan las oligarquías, pero antes no había aclarado que se refiere a aquellas que no compran libros o que no surten aportaciones para la causa. Siempre ha estado apoyado por oscuros intereses que se mueven y deambulan en los negros pasillos de la política mexicana. Lo han respaldado enormes sumas de dinero invisible, sin factura ni origen, ésas que los inefables órganos electorales fueron siempre incapaces de ver.

Es claro ya que la base social que ha consolidado el crimen organizado jugará un papel importante en la próxima elección, así como pasó en 2021 y, como dice él, en una de ésas, hasta fue relevante en el 2018. El pacto que ahora se pone a prueba es aquel que ya no es posible negar y que existe con las altas esferas gubernamentales, cuyo lema reza abrazos, no balazos. Esa “encuesta” será determinante.

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