El ministro en fuga
Los ministros se ofenden y afrentan porque en este oscuro sexenio han quedado sujetos a críticas, señalamientos y hasta persecución.
Miente el pleno de la Suprema Corte. Para todos es claro que Arturo Zaldívar no es un ministro en retiro. Para alcanzar esa condición se precisa colmar un requisito, cumplir el plazo para el cual se fue designado. Muchos somos los que pensamos que su fuga fue completamente contraria a la Constitución, dado que el instrumento fundacional establece la obligatoriedad de los cargos de elección popular indirecta. El de ministro de la SCJN es uno de ellos.
Ese cargo es irrenunciable, y sólo, por causa grave, esto es, irresistible, pueden hacerse cesar los efectos del nombramiento. El mero capricho no lo es. Resulta penoso que Olga Sánchez Cordero alegara que no existen cargos obligatorios, pero es comprensible, en la labor notarial no se precisa conocer la Constitución.
En el caso de Eduardo Medina Mora lo grave emergió, pero no para renunciar, sino haciendo imposible el mantenerse en la posición, la cual, sólo por razones políticas alcanzó. Su habilidad, hasta la fecha, sigue siendo sólo coyotear. En su momento fue patente que las presiones fueron mal armadas por una 4T que todo lo hace precipitadamente, pero él sabía que rascándole, saldrían motivos suficientes para su cese. Decidió seguir coyoteando, pero ahora, desde fuera.
Aunque tengan la última palabra, los ministros carecen de facultades para dar por satisfecho un requisito que no sólo no fue cumplido, sino que, en agravio de la nación, también fue atropellado y burlado por meras ambiciones políticas. El considerar a Zaldívar retirado es otorgar una ventaja indebida. Es usar el dinero público de manera irresponsable y contraria a la ley. Darle un trato que no le corresponde, habla mal de quien le dispensa una condición, a sabiendas de que le es ajena.
Los ministros se ofenden y afrentan porque en este oscuro sexenio han quedado sujetos a críticas, señalamientos y hasta persecución, sin embargo, si bien es cierto deben proteger la investidura que ostentan, también lo es que la deben respetar. Es preciso, y hasta urgente, que revisen su actuación, la que en muchos casos es más que cuestionable. En tanto se mantengan las pensiones y dispendiosas gracias concedidas a Medina Mora, Zaldívar, y hasta Franco, difícilmente van a poder dignificar el esquema de remuneraciones por el cual han sido denostados. Es cierto que fueron décadas en las que pudieron hacer favores a quien detentara la silla, alegando razones de Estado, cuando lo único que les toca es aplicar la ley. Los ejemplos en que, en provecho del autoritarismo, declararon constitucionales aberraciones propias de un Estado totalitario, abundan. Nos han sometido una, y mil veces, a abusos. Sin embargo, cada día pasa menos de noche.
Guardaron silencio cuando una de sus colegas debió renunciar, y ahí sí, por ser evidente, que no cumple con los requisitos para ejercer el nombramiento. Ante la connivencia, ella se aferra al puesto, bajo argucias y simulaciones. Ahora, tienen que soportar a quien sustituyó a Zaldívar como personero y servil operador del cacique. La degradación de ese órgano colegiado va a parar en la disolución del mismo, ya que, tanto al tabasqueño como a la población, les parecerá que ya ha agotado lo que tenía que dar.
Avergüenza y afrenta no sólo a la Libre de Derecho y al Foro Jurídico Nacional, sino hasta la profesión, el que Zaldívar continúe ostentando un título como abogado, poco se puede hacer, pero el hecho de que alardee de ser ministro en retiro es un notorio abuso que no debe ser tolerado y no debemos cejar hasta que se retire la inmerecida, irregular e ilegal condición.
Innegable representante de los antivalores que propugna Morena aún tiene el descaro de salir, no sólo a la calle, sino a los medios. Si los ministros demandan respeto, es hora de que comiencen por respetar la ley que protestaron hacer valer, a menos que también, su autoridad moral esté por encima de los mexicanos.
