El mal ejemplo

Han bastado 7 años para que lo peor del país milite en las filas del partido oficial, dejando claro que, entre peor y más desaseado, resulta más fácil incorporarse

Cuando un organismo multilateral llama a la comunidad internacional a no seguir la ruta marcada por México en materia de integración del Poder Judicial, es innegable que constituimos un mal ejemplo. Cuando se ha perdido toda congruencia ideológica y se practica todo aquello que se criticó por décadas, también. Pero cuando desandamos el camino, retrocediendo a esquemas que ya probaron conducir a un estado autoritario, fincando condiciones propicias a mantenernos en el subdesarrollo, somos objeto del penoso señalamiento.

Somos ejemplo de lo que no debe hacerse; un país con un gabinete integrado por personas que, en su gran mayoría, carecen de experiencia y conocimiento en el área que se les encomienda. Uno que se mueve en las sombras, apareciendo sólo cuando algún escándalo hace girar los reflectores, evidenciando a alguno de esos artificiales líderes sociales por ser cómplice en una y mil trapacerías.

Qué decir, al ser incapaces de responder acusaciones de connivencia proclive a las actividades del crimen organizado. Sí, cuando ese partido, surgido y nacido en el clasismo que denuesta impunemente a las clases legítimamente acomodadas, intenta reprobar lo dicho por la defensa legal de los capos, haciéndolo tomado de la mano de quien es ya impresentable.

Han bastado 7 años para que lo peor del país milite en las filas del partido oficial, dejando claro que, entre peor y más desaseado sea el pasado que se tenga, resulta más fácil incorporarse al apocalíptico equipo que llevará al país a una crisis financiera y social, la cual, acabará por enterrar la fantasiosa idea de que en México existía un movimiento de izquierda. Sí, la realidad es que los partidillos que surgían bajo una bandera contestataria agruparon a políticos que no encontraban acomodo en la cleptocracia reinante. Su gurú los llevó a crear otra, pero de mayores alcances y desvergüenza. Es cierto que rebasaron por la izquierda, y a toda velocidad, a la otrora clase política, que hoy en paz descansa. Llegaron tomados de la mano de grupúsculos relacionados con todo tipo actividades perniciosas e ilícitas. El mefistofélico acuerdo, con el que vendieron su alma quienes ahora detentan el pandero, acabó por poner en control a quienes el vecino país señala como amenaza a su seguridad nacional.

El desabasto de medicinas, provocado desde las entrañas del poder público, la merma irreversible de la infraestructura, así como la criminal ausencia de mantenimiento de instalaciones estratégicas, es ejemplar. Las constantes pifias de diputados y senadores; sus excesos, y la incondicional sumisión con la que procesan todo tipo de caprichos, sólo han hecho patente que lo actúan cobijando algún negocio de aquellos que ahora cobran el apoyo brindado en procesos comiciales. Cada año escalamos la estadística en materia de corrupción.

El gobierno ha tocado fondo, pero seguirá escarbando. Cada vez que pensamos que el proceso destructivo ha concluido, en Palacio encuentran algún otro activo estatal, sujetándolo a un brutal atraco, ello, a fin de pagar las cuentas. No hay leyes ni tribunales que eviten que se cometa todo tipo de atropellos.

Dudo, pues, de las “encuestas” y de todo tipo de ejercicio demoscópico. No es posible, ni creíble, que la mayoría de la población siga aplaudiendo la lastimosa forma en que se desvanece la República. Siendo quienes son los que están al mando, y teniendo a su alcance caudales apabullantes, es evidente que no sólo las elecciones han sido objeto de manoseo, es claro que parte de la estrategia incluye el copeteo de todo aquello que “mide” el supuesto apoyo al aparato gubernamental. Sí, Presidenta, damos el mal ejemplo.

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