El hundimiento
La rústica preparación de los legisladores de oposición les hizo mantenerse ocupados en todo, menos en lo que tenían que hacer.
En tanto la contienda política se desarrolla, Petróleos Mexicanos fallece. Son pocas líneas las que la prensa ha dedicado a la salida de importantes empresas de los yacimientos nacionales. Ellas advierten dos cosas, una, que poco vale la pena el seguir gastando enormes cantidades en explorar, cuando el primer mundo ya no demandará las grandes cantidades de petróleo pesado que aquí yacen, y otra, que el gobierno que tienen como obligado aliado suele cambiar las reglas cuando necesita recursos. Nadie quiere esperar, saben que el barco ha comenzado a hacer agua, así como que deben tomar rápido una decisión.
Es claro para los expertos en la industria que Pemex vive en condición crítica e irreversible. Nada se hizo para atender la carga en pensiones ni para desarrollar un nuevo contrato colectivo de trabajo acorde a lo que está sucediendo. La carga administrativa, lejos de aligerarse, hoy está sumida en la duplicidad de plazas y en un maremágnum de redundancias, que harán difícil sortear la próxima década.
Aunque el stand up mañanero ofrece un espectáculo que se alarga por horas, sólo podrá distraer al respetable unos meses más, antes de que alguien dé la señal de alarma. El tiempo de la petrolera ha llegado. El elefante reumático está entrando en coma.
La hosca postura de Romero al confrontar a los legisladores no es parte de su agreste formación, sino muestra clara de desesperación. Sabe que debe atajar los cuestionamientos antes de que un tsunami de cuestionamientos se apodere de la agenda. No es sólo que no hay dinero, tiempo ni equipos que permitan echar adelante la refinería de Dos Bocas, pura lengua, Tabasco, sino que los planes de mantener operando la empresa chatarra no funcionaron. Ya sólo le queda sentarse a ver como comienza a dar de sí la maltrecha estructura.
El quebranto es enorme, saben que los recursos que se dilapidarán, a partir de ahora, lejos estarán de ser justificables, sólo permitirán demorar la debacle, lo cual esperan pueda aguantar de aquí a las elecciones. En la improductiva empresa del Estado ya sólo malas noticias; altos sueldos, y la furiosa rebatinga por las plazas, se trata de un espectáculo dantesco.
Es tiempo de que los sobrados funcionarios midan sus palabras al acusar al pasado, dado que, con ellas, serán medidos al cabo de la presente administración.
Véase como se vea, la gasolina que viene de Deer Park es importada, por lo que depende de la buena voluntad fiscal del gobierno estadunidense, que sigue dando trato preferencial a las operaciones intra-compañía, o al menos, cierra los ojos ante los vaciladores balances que muestra la instalación industrial que lleva dinero presupuestario a derramarse en el exterior.
La designación del director general de esa entidad pública, así como la urgente remoción de quienes integran su consejo de administración, téngase en cuenta, será uno de los primeros encontronazos que tendrá el de Tepetitán con quien se haga de la silla presidencial. Bajo ningún concepto permitirá que se haga una profunda indagatoria de lo que ahí pasó, ni de cómo se operó el mayor despilfarro público de hace muchos años, uno que supera, con creces, al rescate bancario de fines del siglo pasado. Aquel permitió que la banca siguiera operando, en tanto que el infructuoso salvamento petrolero sólo profundizó la afectación al erario.
El inerte aparato público camina sólo por la gracia y voluntad de los mercados del exterior, que mantendrán conectado al cadáver en tanto puedan seguir usándolo como medio para llevarse al extranjero transferencias y subsidios que neciamente aprobara el Congreso.
La rústica preparación de los legisladores de oposición les hizo mantenerse ocupados en todo, menos en lo que tenían que hacer, salvaguardar los intereses nacionales, les pasaron una bola lenta, llena de chapopote.
