El boleto de Pérez

Se sabe incapaz de vivir del trabajo honrado, por lo que siempre precisa del cobijo del poderoso.

Corrupto, y no otra cosa, será el premio que reciba Gelacio Pérez por hacer posible que fuera derruida nuestra Constitución. Permitió, con un clandestino y reprochable acuerdo, que fuera avasallado el Poder que endeblemente nos mantenía como República; desvencijada y perfectible, pero infinitamente superior al narcoestado que quedó en su lugar. Hay quienes ingenuamente siguen pensando que fue sujeto a presión, y que fue congruente con sus precedentes, asunto falso que ya hemos desenmascarado en previa entrega.

No. Sirvió al gobierno de Calderón, después al de Peña y ahora lo hace con quienes demuelen lo poco que queda de aquella nación que surgiera de un movimiento independentista, y se consolidara con una guerra civil que, por algún motivo, llamamos revolución. Calderón insistió no una ni dos, sino tres veces, que fuera nombrado, dado que se trataba del incondicional cómplice que bien sirvió a su suegro. Lo hizo antes de que se produjera la vacante, por lo que no se exagera cuando se dice que es igual de espurio que quien lo nombrara.

Su trayectoria está marcada por inusitadas resoluciones que oportunamente traficó el gobierno en turno, dado que se trataba del fiel de la balanza en muchos casos. Videgaray puso a su ujier, por lo que no hubo absurda resolución dictada por él, que no fuera cobijada por Laynez, quien se hizo siempre acompañar de Medina Mora, ése que llegó al a cargo tras poner fin a múltiples expedientes que involucraban a Peña en negocios turbios y manejo ilícito de recursos. De forma que el dueto del mexiquense fue apoyado, y no de gratis, por quien al cambiar de gobierno cambia de convicciones.

A la larga, todo lo que pasa en lo oscurito se sabe, y hoy sabemos que Pérez se reunió con quienes buscaban a un traidor en el pleno del alto tribunal. Los buscó él, dicen algunos, lo jaló Adán, dicen otros, siendo más creíble lo primero. Se sabe incapaz de vivir del trabajo honrado, por lo que siempre precisa del cobijo del poderoso. Tiempo habrá, de sobra, para comentar los muchos asuntos en los que integró la infernal terna que arropó abusos, atropellos y excesos gubernamentales. Ya trataremos varios de ellos.

Hoy, es la oportunidad de hablar de la grosera forma en que, a cambio de quién sabe qué boleto de evento artístico o deportivo, permitió que Petróleos Mexicanos echara todo su pasivo debajo del tapete, impulsando un aberrante proyecto que sostuvo que el pasivo que asume esa entidad pública para cubrir diferidamente compras y obras no es deuda pública, aunque, literalmente, así lo define la ley de la materia y que, tal empresa improductiva está nominalmente referida en la misma.

Así es, fue hace casi una década, cuando el barco aún tenía remedio, que debió ponerse fin a la funesta práctica de operar un fraude contable, desconociendo la calidad de deuda pública del pasivo con proveedores, siendo el boquete por donde no sólo comenzó a entrar agua al buque, sino que, además, fue la causa de la quiebra de centenas de empresas que formaban parte de la cadena nacional de suministro de la petrolera. Sí, hay que decirlo, fue la causa directa de la debacle de muchas empresas y de la ruina de muchas familias mexicanas, que no han acabado de ver el perverso rostro de quien les cambió la vida.

Como de costumbre, el dueto peñista le “turnó” el asunto, para no asumir la vergonzosa huella, pero gustoso Pérez, en unos cuantos días, resolvió peor que un pasante, uno de los asuntos más destacados y relevantes que pudieron llegar a su oficina. A partir de ahí, Pemex optó por transitar la ruta de incumplir pasivos operativos como práctica institucional.

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