CFE, espejismo productivo de Estado
Manipular los costos no es hacer empresa, es robar
Empresa y Estado, no se puede hallar conceptos más distintos. La idea de que la autoridad asuma la noción de rentabilidad conduce a escenarios indeseables, costosos en lo financiero y alejados del objetivo social.
El perverso modelo Videgaray fue deficientemente llevado al texto de la ley y desastrosamente implementado en la vida productiva nacional. Ahora, se pretende que la aberración llegue a sus últimas consecuencias, así es, se quiere hacer del medio, fin, a pesar y por encima de los mexicanos.
Si la tozuda posición del Ejecutivo no fuera suficientemente lesiva para la nación, lamentablemente el andamiaje hará que sus primitivos y básicos auxiliares se enreden cada día más en una costosa madeja que terminará por dañar al aparato productivo.
Manuel Bartlett podrá ser muchas cosas, pero no empresario. Jamás ha producido nada, es incapaz de generar bienes o de prestar servicios. Con fondos públicos cursó costosos estudios en el extranjero que sólo sirvieron para abultar el currículo que le permitió ocupar altos puestos públicos.
- Con un tricolor padre, gobernador y ministro, se abrieron esas puertas en las que no es necesario presentar trayectoria ni buenos resultados. Ha sabido hacer daño en cada silla que ha ocupado, dejando una estela de sinsabores, al tiempo de amasar una importante fortuna, con la cual, primero, compró el perdón del candidato por la caída del sistema, y luego, ya del Presidente, la redentora posición para servirse de la 4T.
La energía no sabe de arreglos en lo oscuro, ni de componendas, por lo que él jamás se acomodará en el sector. No ha entendido que el problema es él y no los demás, prefiere seguir siendo engañado por las lisonjas que pródigamente le dispensa Nevárez, otro que supo comprar la transformación partiendo de un oscuro pasado. Ante propios y extraños, el caudillo ha criticado la impericia con la que este sujeto se condujo con Peña en el área ferroviaria, pero premia al impresentable dejando en sus manos el ya fallido proyecto industrial.
El problema va más allá de porcentajes o dinámicas de compensación. El Estado no tiene ni debe tener como objetivo la utilidad ni medirse con los parámetros que se emplean para valorar la tasa de retorno. El patrimonio de la CFE no es producto de inversiones hechas por sus funcionarios ni del financiamiento en que el riesgo lo asume el que estampa la firma. No son empresarios ni lo que manejan es en realidad una empresa.
El Estado mexicano reservó las actividades estratégicas, cuyo desempeño no se mide en ganancias, sino en efectividad. Sí, las agencias oficiales justifican su existencia con resultados, no con dividendos.
Con cargo al erario federal se construyeron las líneas y redes de transmisión y distribución, para que, como las carreteras, sirvan a los mexicanos que de ellas necesiten para hacer industria y comercio, generando empleo y riqueza. Pensar neciamente en la forma patrimonialista como lo hace la 4T sólo tendría sentido si esa empresa hubiera sido fondeada con esa extraña riqueza que han formado los políticos que la regentean. Manipular los costos no es hacer empresa, es robar.
Hoy, la CFE es la empresa más subsidiada e ineficiente en el país. La reforma que se impulsa en el Congreso pretende descaradamente imponer un atraco. El falso dilema que ella postula es: produces energía al precio que quiera pagar la CFE, o sales del sistema de generación perdiendo todo lo invertido.
A Bartlett ya se le cayó el sistema, pero ahora se le debe caer la cara de vergüenza, al dejarse claro que nunca ha sido productivo.
