¿Autoridad moral?
Nos piden aceptar que la falta de pruebas pudiera tensar la relación bilateral con Estados Unidos
Ni como broma pasa. No sólo es todo lo que censuró y más, ha incurrido en toda conducta que reprobara durante la década previa, llegando al extremo de hacer sorna y burla, cada mañana, de la forma en que impunemente hace lo que le viene en gana. Se trata de un régimen presa de la más cruda y cínica corrupción, que ha hundido al país en un lacerante episodio de cruenta violencia. Quien le calificó como peligro se quedó corto.
Más allá del autoritarismo tropical, rayamos en los burdos escenarios que han vivido algunos países africanos, en los que, a más muertos, excesos y arbitrariedades, el arrogante y poco ilustrado ocupante de la silla presidencial se siente más seguro en la posición. Ha dispuesto todo lo necesario para que sus huestes se enquisten en Palacio. Ha podido construir un aparato que, exitosamente, anula y vulnera cualquier control comicial, por ello, demanda se sujete a las urnas la composición del único poder que no manipula.
Experto en inaugurar proyectos en obra negra, recorre el país, ahora con cargo al erario y ya no sacando fortunas de sobres amarillos. Dice que, de haber aceptado complicidad con el crimen organizado, sería inmensamente rico, obligándonos a preguntar: ¿qué acaso no lo es aquella persona que puede operar una maquinaria electorera por más de 12 años, sin firmar un cheque, cargar una tarjeta de crédito o mermar su cuenta bancaria?
Se trata del político que más ha derrochado para llegar a la Presidencia de la República, aunque para ello haya precisado de toda clase de testaferros, prestanombres y demás fauna del bajo mundo. Dice no tener nada, pero está rodeado de gente que, sin trabajar, vive opulentamente, dedicándose —de tiempo completo— a consolidar el culto a su persona. Afirma que no le han quitado una pluma a su gallo, y que tres campañas presidenciales fueron como quitarle un pelo a un gato.
Por su ingenuidad, dan pena ajena ésos que dicen y repiten que las investigaciones hechas por diversas agencias de Estados Unidos están cerradas, tales personajes inadvierten que no son congruentes con lo que dicen. Sí, dicen que no existieron pruebas incriminatorias, pero que Obama consideró necesario cerrar el expediente por las graves consecuencias que la misma tendría en la relación binacional. Esto es, nos piden aceptar que la falta de pruebas pudiera tensar esa relación.
La falta de pericia en temas legales hace que algunos pasen por alto que es tan fácil cerrar un expediente, como reabrirlo. Ese cierre es tan artificial, como certero es pensar que a lo largo de los años ese expediente siguió abultándose. En el vecino país, los expedientes incriminatorios son ases, ven la luz hasta que hay que ganar la partida.
El valiente dura hasta que el cobarde deja de serlo. El que dice tener autoridad moral, deja de tenerla, cuando en su cara se estrella la evidencia, aun cuando el expuesto siga reclamando, como única prueba aceptable, una confesión directa. El ciclo dio una vuelta más, volveremos a ver al cacique retorcerse denunciando un complot en su contra, cuando lo único que ha sucedido es que su oscuro pasado lo ha alcanzado.
Sería bueno que recapacite, le quedan pocos meses como conserje migratorio, único valor que se le reconoce más allá del Bravo. En una de ésas le dan lo que pide. Si ello pasa, las maromas y machincuepas que bordan en la ilegalidad es lo único que quedará de su lamentable paso por la Presidencia. Al parecer, ha olvidado quién es él sin tener un canal de televisión que sirva de templo al culto que se inventó, y que tantos crédulos siguen. Si de algo saben los cárteles es de cartuchos quemados, y él, ya es uno de ellos.
