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El partido en el poder será su propio verdugo, como lo han sido todos los que han pasado por la silla.

Hace años se ha venido denunciando la existencia de una quinta falange dentro del Poder Judicial, que no sólo operó un sinnúmero de asuntos en favor del partido en el poder, sino que también ha mermado y deteriorado la unidad hacia su interior. Silenciosamente, ha venido anulando garantías mínimas de proceso, a efecto de imponer y fortalecer un entorno de extorsión y privación de garantías fundamentales de debido proceso. Fue callada y traidora correa de transmisión, manipulada por oficialistas facciones encargadas de denostar a esa potestad. Su conformación inició con la llegada de Zaldívar a la presidencia de la SCJN, a quien aún sirven y responden.

Hoy, se han develado y quitado la máscara sus integrantes, dejando claro en qué órganos jurisdiccionales, materias e instancias se anuló la independencia y neutralidad, confirmando la existencia de tribunales de consigna.

Sus titiriteros han decidido premiar la incondicionalidad, al proponer se incorpore, en la reforma a dicho poder, un transitorio o cláusula que les permita mantenerse en las posiciones que ocupan, no sólo como premio, sino como patente reconocimiento de la labor prestada en favor del desbalance procesal, haciendo las veces de incentivo para que se mantengan en esa línea, en la que la jurisdicción, en asuntos que involucran el interés oficialista, no es sino una grotesca simulación. Más adelante, habrá que tener presente que el desertor no sabe de lealtades, por lo que ya pagarán igual a quien los ha comprado.

El primer producto del proceso de defensa de quienes no aceptan la sumisión, y que estiman la incondicionalidad como extremo excluyente del deber exigible a un administrador de justicia, es la oprobiosa lista que identifica a quienes vivían en la mentira, embozados en una falsa imparcialidad. Saben que no son ni buscan lo mismo, siendo un velado brazo del Ejecutivo federal dentro de una legión que, por definición, no debe estar al servicio de éste.

Lo ocurrido en las urnas pareciera una victoria perenne, sin embargo, en política, ninguna es eterna, como tampoco derrota alguna es para siempre. La clase política en México es de ínfima calidad y, la que debía ser contrapeso de lo que apenas rebasa 60 por ciento del electorado, falló. No obstante, el agua regresará a su nivel, y no por la inepta oposición y sus cómicos liderazgos, sino porque la inconformidad, producto de la escasez, de la carestía y del improvisado manejo burocrático, tarde o temprano volverá ese 20% de electores al lado contrario. Vivimos un bandazo, típico en nuestro país, pero el partido en el poder será su propio verdugo, como lo han sido todos los que han pasado por la silla. Sus errores, pifias y fallas harán que el veleidoso porcentaje que da la victoria escape de sus manos, aunque con mendrugos de programa social puedan retenerlo durante algún tiempo.

La supremacía ideológica en boga nos llevará a un remedo de República, en el que el predominio del Ejecutivo sobre los otros dos Poderes, que ya no saben cómo arrastrarse ante quien detenta la banda, nos devolverá a los tiempos de Juan sin Tierra. Inventan el hilo negro, lo que quieren hacer ley ya ha fracasado muchas veces en el pasado. Ser una mayoría simple, inflada por errores legislativos, les dará la oportunidad de jugar al Robespierre, pero como él acabarán.

Por lo pronto, vale la pena echar una mirada a los asuntos resueltos por ésos, que ya dejaron claro a quién sirven. Aún hay tiempo de reparar en justicia a los agraviados. En tanto, el mundo está pendiente de cómo fenece nuestro Estado de derecho.

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