Violencia

Cuando las ideas de una figura pública son poderosas, siempre existe la tentación de “sacarlo del juego” a través de las armas y no de la lucha electoral legítima

La emergencia de las redes sociales ha producido un ambiente político envenenado. La polarización política ha existido siempre; sin embargo, el carácter viral de las plataformas digitales ha transformado las diferencias naturales entre adversarios en una arena tóxica que rápidamente produce fanáticos y genera las condiciones para que el narcotráfico y los intereses más obscuros puedan actuar por encima del frágil Estado de derecho que hemos logrado construir.

Los discursos violentos ganan terreno en una democracia asediada por pobres resultados en lo económico y una desigualdad rampante que se siente en los barrios y las colonias del continente.

A la violencia verbal y la “construcción de enemigos”, indefectiblemente aparecen  siempre las torturas, las balas y los ríos de sangre. Somos un continente violento. El coctel de impunidad  se prepara con exclusión y pobreza, golpeando los avances de los últimos años.

En el ciclo electoral que vivimos, cientos de personas han perdido la vida de la mano de intereses inconfesables que han decidido ultimar a candidatos, autoridades municipales estatales y federales generando inestabilidad y zozobra en nuestras comunidades.

Las expresiones desmedidas y el abuso de la retórica política van calentando una atmósfera enrarecida y nebulosa. Cada vez que se recurre a magnicidios, masacres y represión, la democracia se devalúa dando lugar a un ambiente salvaje donde sólo las balas hablan.

A través de las Misiones de Observación Electoral, la OEA ha podido testificar la degradación del debate político y el surgimiento de una nueva “estirpe” de polític@s que utilizan una polarización tóxica y salvaje para avanzar en encuestas y pronósticos electorales.

La violencia sistemática, que anteriormente era típica de narcos y delincuentes, se traslada de manera peligrosa como un recurso más para “deshacerse” de los adversarios, ya sean gobernantes o candidatos.

La irrupción de la violencia física es la antesala segura de dictadores y autócratas. Ya lo hemos visto en el pasado. Cuando las ideas de una figura pública son poderosas, siempre existe la tentación de “sacarlo del juego” a través de las armas y no de la lucha electoral legítima.

El incremento en ataques violentos en la arena electoral debería prender las alarmas de todo el sistema democrático. Si el debate político se supedita a las amenazas de los violentos, perdemos tod@s de manera irrevocable.

Es muy grave que las amenazas de violencia se hayan extendido también a periodistas, críticos y, ahora, a observadores electorales.

La observación electoral internacional es un ejercicio de buena fé entre Estados que ha sido posible gracias a la disposición y transparencia de gobiernos, partidos políticos y autoridades electorales.

La fortaleza de la observación internacional ha sido fundamental para evitar fraudes, comparar buenas prácticas y generar legitimidad en momentos de gran presión política ante la fiereza de la competencia.

BALANCE

El incremento de atentados, ataques y asesinatos a actores políticos es una señal de alerta que debemos atender y resolver a nivel continental.

La polarización tóxica reinante no es excusa para utilizar la violencia como un recurso más de la lucha política. Los actos violentos son imperdonables y deben ser combatidos con toda la fuerza de la ley.

No a la violencia contra candidatos, autoridades y observadores nacionales e internacionales. Sí al diálogo, la tolerancia y la disputa democrática y pacífica. Aún estamos a tiempo de  no regresar a la “ley de la jungla” que tanto nos dañó en el pasado. En la violencia sólo ganan los intereses más ocultos e inconfesables.

* Los puntos de vista son a título personal.

No representan la posición de la OEA

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