Epidemia de mentiras

La información falsa y engañosa siempre ha existido, pero las redes sociales han reconfigurado drásticamente las esferas políticas y electorales

La desinformación y las noticias falsas representan un grave desafío global para la democracia. Las campañas electorales y el ejercicio de gobierno padecen una profusa epidemia de mentiras que ubica a las fake news como un elemento permanente en un nuevo modelo de comunicación política basado en el uso excesivo de las redes sociales.

A lo largo del hemisferio, diversas crisis sociales, económicas y de seguridad, junto con casos de corrupción en organismos del Estado, agitan a la ciudadanía, haciendo que las personas se sientan cada vez más frustradas con el statu quo político y dudosas de que la democracia representativa pueda cumplir sus expectativas o mejorar su vida cotidiana.

Según el Proyecto de Opinión Pública de América Latina (LAPOP), la mayoría de los ciudadanos de América Latina y el Caribe apoya la democracia, en teoría. Sin embargo, este apoyo disminuyó casi un nueve por ciento entre 2014 y 2017.

Por otro lado, el apoyo a los golpes de Estado se incrementó en cinco puntos porcentuales en 2016-2017. Dos de cada cinco personas en la región no creen que la democracia sea el mejor sistema político. La confianza en las elecciones también ha disminuido consistentemente con el tiempo. Mientras que en 2004 el promedio regional fue de 61.2%, el promedio para el periodo 2016-17 fue sólo de 39.1%.

En este ámbito, caracterizado por una insatisfacción y desilusión con la democracia, la desinformación representa una amenaza. Este peligro se profundiza cuando el ciberespacio se convierte en un mecanismo para influir, de modo inmediato, anónimo y extensivo, en el voto de los ciudadanos.

La desinformación contemporánea es un desafío de la era digital. Por supuesto, la información falsa y engañosa siempre ha existido, pero las redes sociales han reconfigurado drásticamente las esferas políticas y electorales. Para los partidos y candidatos nuevos, las herramientas y plataformas emergentes permiten potenciar su mensaje a un público más amplio. Se pueden aprovechar los recursos disponibles para obtener réditos significativamente más altos.

En las recientes elecciones presidenciales en El Salvador, el presidente electo, Nayib Bukele, aprovechó las redes sociales para lanzar una campaña virtual que involucró a millones de jóvenes votantes.

Estos avances son benéficos para la democracia representativa. Sin embargo, el uso de internet y las tecnologías digitales también tiene su lado oscuro. En lo que concierne el mundo de elecciones, las peores tendencias manipulan o falsifican la información, con terribles implicaciones para la democracia. Ya hemos visto en las Misiones de Observación Electoral de la OEA la diseminación de la desinformación para apoyar a candidatos específicos o socavar el contexto y la integridad de los procesos electorales, bajo el manto del anonimato digital.

En Brasil, la campaña presidencial se centró más en internet que en los medios tradicionales. Con casi el 60% de la población activa en internet, la información falsa se difundió, especialmente, en el periodo previo a la segunda ronda, y se propagó fácilmente a otras plataformas digitales como WhatsApp.

Estos problemas se ven agravados por la rapidez con la que la información falsa se puede difundir; la disponibilidad de perfiles simulados o anónimos y las burbujas de filtro y ecocámaras, que aíslan a las personas de la realidad, exacerbando la polarización y la tribalización política.

BALANCE

La epidemia de mentiras que se extiende entre los electores nos obliga a reflexionar sobre la urgencia de elevar el nivel del debate político con el auxilio de un periodismo ágil e independiente que combata la desinformación y obligue a los candidatos a discutir con seriedad los graves problemas de la agenda pública.

El Secretario General de la OEA, Luis Almagro, ha dicho que la democracia no se da por defecto, requiere un trabajo duro, constante. Combatir la mentira de la mano de la verdad es un reto político y una obligación ética a lo que no debemos claudicar.

*Secretario para el fortalecimiento de la Democracia. Los puntos de vista son a título personal.

No representan la posición de la OEA.

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