Acapulco

Los daños han sido brutales. El calentamiento global no perdona.

No suelo utilizar este espacio para asuntos personales. Sin embargo, esta vez haré una excepción. Desde muy pequeño, el puerto de Acapulco ha sido el premio que más atesoraba. Vacaciones, escapadas y finalmente, con un gran esfuerzo, la adquisición de un departamento en Brisas Guitarrón, como el lugar idílico para el retiro.

Compañeros de trabajo, amigos, familiares, incluso colados han formado parte de un largo repertorio de visitantes que en algún momento han desfilado por el depa, haciéndolo un lugar entrañable.

Cómo olvidar a abuelos, abuelas, cuñados, primos, compadres y hermanos, departiendo durante el día y disfrutando veladas interminables, llenas de alegría, música y no pocas crudas.

La vida, esa locomotora furiosa, termina por imponerse y en la actualidad, sobre todo desde mi traslado a Washington, D.C., Acapulco se había transformado como la quimera eterna, con visitas cada vez más esporádicas y espaciadas.

No obstante, como una llama cada vez más débil, la ilusión de ir a Acapulco nunca se apagó en mi corazón, no siempre para delicia de mi familia, que estaba dispuesta a explorar otras opciones, quizá cansada de tanto esfuerzo para mantener un espacio cada vez más hundido en la indolencia, la violencia y, por qué no decirlo, en una dolorosa decadencia.

Otis, como todos los cobardes, se cobijó en la oscuridad de la madrugada. El súbito huracán me tomó por sorpresa. La noche previa a la tragedia, Amanda, la leal administradora del condominio, notificó en el grupo de WhatsApp que un enorme ciclón era inminente. Así me fui a dormir y a la mañana siguiente salí de madrugada al aeropuerto rumbo a la República Dominicana.

Desde ese momento, entramos en un agujero negro de anarquía, silencio, y desesperanza. Sólo cuento con algunas fotos de los destrozos, obtenidas gracias a la valentía de nuestra querida Amanda.

Aún no he podido testificar con claridad qué pasó con mi departamento. Todo es especulación y adivinanzas. Los augurios son de destrucción y pérdidas insospechadas. Imposible trasladarse al lugar de la tragedia. Todo ha colapsado en Acapulco.

Los daños han sido brutales. El calentamiento global no perdona. Ante un clima cambiante y caprichoso, la democracia ha fallado contundentemente. Nadie discute los efectos de estos fenómenos naturales en las campañas electorales. Pareciera que a la clase política no le importa o no le reditúa este tema existencial para el planeta.

La vida sigue y aún no sé cuándo ni cómo me reencontraré con mi depa de tantas añoranzas. De lo que sí estoy seguro es de que lo recuperaremos y lo regresaremos a ser un lugar de esperanza.

Acapulco es, ha sido y será el escape natural de miles de chilangos que buscamos en su sol y playa una manera de continuar con la dureza de nuestras vidas.

Correrán litros de tinta y se dirán muchas mentiras y barrabasadas. Los cobardes seguirán escondiéndose y, como siempre, los valientes darán la cara.

En tanto rescatamos nuestro paraíso perdido, la nostalgia y la tristeza, por tantas pérdidas y cristales destrozados, nos agobia y acompaña. Soy de naturaleza optimista; sin embargo, esta vez, la vida me dio una fuerte cachetada.

Estoy seguro de que la fortaleza de los acapulqueñ@s y la fidelidad de toda la chilangada sacará al puerto de esta hora macabra. De mi parte, doblo la apuesta por recuperar lo que la naturaleza se ha empeñado en querer quitarnos. Aquí nadie se raja.

Acapulco es un paraíso eterno que no se quiebra a la primera. Sólo que, esta vez, el enemigo es formidable. El abandono, la inseguridad, la corrupción y el cambio climático nos tienen contra las cuerdas. Habrá que salir de la esquina peleando.

* Los puntos de vista son a título personal.

No representan la posición de la OEA

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