Hace una semana, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva militar contra Irán. Por si había dudas, Donald Trump busca trofeos, no la paz. Para el inquilino de la Casa Blanca, el mundo no es un tablero de ajedrez en el que se hacen los movimientos estratégicos de la geopolítica, sino una vitrina en la que hay un vacío histórico sin la medalla de Oslo. Su obsesión con el Premio Nobel de la Paz, solamente para llenar su ego, la hizo política de Estado. Como sea, no son tiempos, físicamente hablando, para hacer propaganda con ese fin. Mucho menos si se lanzan bombas y amenazas sobre hospitales y escuelas de niñas.
La naturaleza de Trump, un personaje complejo y, al mismo tiempo, básico (por más que ello suene contradictorio) le hace entender el éxito como una acumulación de activos: edificios, votos, aranceles y laureles. La FIFA le inventó un premio a la medida de lo que se avecina. Sin el Mundial 2026 en puerta, quizás el planeta se habría ahorrado el numerito de Gianni Infantino, ludópata bursátil en comodísima posición como rector del deporte más popular de todos los tiempos.
Sin embargo, el Comité Noruego, en su tradicional y a veces exasperante hermetismo, subraya que el Nobel de la Paz (ni ningún otro) no se compra con presiones mediáticas ni se arrebata con berrinches en redes sociales ni paroxismos en ceremonias solemnes. Y si se hacen guerras, pues es más difícil alzarse con ese galardón.
En su momento, la Academia aclaró que el premio no es una “propiedad transferible”, a raíz del episodio de la medalla de María Corina Machado. El Comité defendió su protocolo ante un acto tan vulgar. La venezolana hipotecó su prestigio. ¿Por cuántos años?
Bajo la consigna de la “paz a través de la fuerza”, Trump convirtió la diplomacia en una extensión del músculo militar. La frase, que en teoría sugiere disuasión, en la práctica se traduce a una expansión para abrir fuego simultáneamente en múltiples frentes. Así, se genera una política exterior que confunde firmeza con estridencia y liderazgo con intimidación. En la Casa Blanca se habla de estabilidad mientras aumenta su presencia militar y endurece sanciones, siempre con el cuchillo entre los dientes.
Los críticos de Trump tienen razón en sospechar de sus motivos. Hay algo profundamente ambivalente en un líder que desatiende los asuntos de la paz global a contentillo. Es obvio que no merece el Nobel. Nunca lo mereció. Hoy, en los días que corren, menos. La paz, para un estadista real, es un fin en sí mismo. Para Trump resulta el medio para saciar una vieja rivalidad con la sombra de Barack Obama. Hay un dato contundente: Obama se convirtió en el primer Nobel de la Paz de la historia en estar en guerra durante todos los días de sus ocho años de mandato. Quizás en Oslo ya tomaron sus previsiones respecto al ruido y la furia desatada desde el Despacho Oval.
CAJA NEGRA
Según The Washington Post, Rusia comparte inteligencia con Irán para ayudarlo a localizar y atacar fuerzas militares estadunidenses en Oriente Medio. De acuerdo con el diario, un funcionario con conocimiento del asunto describió el intercambio de información como “un esfuerzo bastante amplio”. Según otras fuentes citadas por el Post, los datos proporcionados incluirían la ubicación de buques de guerra y aeronaves militares estadunidenses en la región. Otros reportes señalan que el ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, declaró que la cooperación militar entre Irán y Rusia “no es un secreto”. No, no lo es. De hecho, Rusia ya condenó el ataque contra la república islámica, “un acto de agresión armada no provocado”. Así, Rusia es nación amiga de Irán, Trump ha dicho que Putin es un líder respetado y Putin describió a Trump como “talentoso”. ¿Cómo se llamó la obra?
