Voto de castigo

Sin buscarle tres pies al gato, el Metro está a merced de funcionarios incompetentes o corruptos (o ambos casos) y un sindicato grosero con los usuarios y manso con las autoridades en turno.

Por razones que en este momento no vienen al caso, en la preparatoria nos aventurábamos a ir de la estación del Metro Taxqueña a la de Hidalgo, y de ahí tomábamos un pesero hacia la Arena López Mateos de Tlalnepantla. No quiero que la memoria me juegue una trastada, pero ese trayecto rara vez pasó de la hora. En ese entonces, igualmente, por la Línea 2, ir al Zócalo desde la estación General Anaya nunca nos tomó 20 minutos. De veras. El memorioso lector y veterano usuario del llamado Sistema de Transporte Colectivo recordará sus idas y vueltas “a la velocidad de la luz” en esos vagones naranjas, ya para ir a la escuela, ya para llegar a tiempo a cumplir con su jornada laboral.

Me refiero a la época en que cayó el Muro de Berlín, años antes, años después. El paleolítico para la chaviza. A los muy jóvenes les cuesta creer que hubo un tiempo en que el Metro del entonces Distrito Federal era considerado uno de los mejores del mundo. Al menos eso se decía, pero tuvimos la suerte de ir a algunas grandes capitales para comprobarlo. El de Londres es eficiente, pero de techos chaparros y asientos compactos, además de que en algunas de sus viejas estaciones los vagones se detienen a varios centímetros sobre la plataforma, como un escalón, a veces con una inclinación, para acabarla. El de París, más o menos lo mismo, pero con olor a orines. En fin.

Así las cosas, el destino alcanzó al Metro de la CDMX. Las goteras en sus pasillos durante las temporadas de lluvias son cosa de risa comparadas con las inundaciones que sufren estaciones enteras, misión surrealista para la gente que debe pasar por ahí. Es patético advertir a cada rato que en la estación Centro Médico, cruce de las Líneas 3 y 9, no operan las escaleras eléctricas, obligando a los enfermos y, peor, a los viejitos, a sortear esos tramos para llegar a su consulta entre el gentío que siempre lleva prisa. De los ciudadanos con capacidades diferentes mejor ni hablamos. ¿Cuándo fue la última vez que usted vio a alguien en silla de ruedas en el Metro?

Si la situación quedara hasta esos reparos lo daríamos de barato. ¿Qué falló, entonces, en el Metro de la CDMX? Básicamente, a lo largo de las décadas, su problema ha sido el mantenimiento preventivo. Y a partir de ahí hay una franja muy delgada que conduce a la tragedia. Para referir únicamente los años recientes, según la Cuenta Pública de 2020 y 2021, el Metro registró 7,874 averías “relevantes”, además de que de 2019 a la fecha han fallecido 28 personas en sus instalaciones y hay, en ese triste recuento, 204 heridos (El Economista, 10-I-2023).

Sin buscarle tres pies al gato, el Metro está a merced de funcionarios incompetentes o corruptos (o ambos casos) y un sindicato grosero con los usuarios y manso con las autoridades en turno. Visto el panorama, una asociación laboral bien integrada desde cuándo hubiera efectuado manifestaciones y mítines en las calles de la capital. Asimismo, los trabajadores del Metro pudieron realizar “paros activos”, cerrar ciertas estaciones a determinadas horas o, de plano, no prestar el servicio cualquier día de las seis a las diez de la mañana, por ejemplo. Ni modo. Las condiciones extremas requieren respuestas extremas. Eso bien lo sabe el residente de Palacio Nacional.

El choque de trenes en la Línea 3 de hace una semana, con saldo de una estudiante de artes plásticas de la UNAM muerta y más de cien lesionados, es una nueva tragedia inadmisible. Ya lo ha marcado en varias oportunidades el presidente López Obrador: se sirve al pueblo las 24 horas, todos los días.

En ese sentido, es Claudia la jefa de Gobierno de la CDMX. Aquí trabaja, aquí fue electa, no en Michoacán ni en cualquier otro punto de la República. El hashtag #EsClaudia es proselitismo sancionable. Y no hay peor sanción para la carrera de un político que el voto de castigo.

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